16 dias cambiaron mi vida4

Mi cabeza. El dolor no me deja abrir los ojos. Clau está conmigo en la cama. Ana y Claudia no están, pero oigo ruido por abajo, estarán trasteando en la cocina. Golpea mi mente el recuerdo borroso de la noche. ¡Joder! ¿Qué he hecho? Ahora puedo entender lo que sentía Lot, después de ser seducido por sus hijas.

Al moverme Clau se despierta. Su mirada es dulce. Sus ojos claros, como el cielo que se cuela por el cierre de la terraza, me miran, sonríe. Se estira hasta posar sus labios sobre los míos. Tiene el poder de hacer que se diluyan mis preocupaciones.

–¡¡Papá!! ¡Aquí hay un señor que viene a instalar el teléfono!

–¡Ya bajo, cariño!

Busco un pantalón corto, una camiseta sin mangas y bajo corriendo.

–Hola, buenos días, la instalación está hecha, el propietario anterior tenia instalado el teléfono y solo tengo que conectar la roseta. Solo serán cinco minutos. Su hija ha sido muy amable y me ha dicho que está en el garaje.

–Bien, tómese el tiempo que necesite.

Se marcha hacia el garaje.

Un muchacho joven, fuerte, supongo que guapo para las chicas. ¡Joder! ¿Dónde están las chicas? Me asomo al garaje y veo a las dos lolitas mariposeando alrededor del técnico. No me ven. El muchacho esta encima de una escalera de mano, conectando cables. Claudia se acerca y le coge una pierna. Ana de la otra.

–No quiero que te caigas, yo te sujeto. ¿Luego me enseñaras lo que hay en esa cajita?

El chico, muy turbado.

–Si, claro, señorita. En cuanto termine de conectar, sube usted para que lo vea.

Se le cae el atornillador. No me extraña. Estas muchachas ponen nervioso a cualquiera. Ana lo recoge y se lo da.

–Gracias.

–Para eso estamos, bueno para eso y para lo que quieras.

Clau me da un golpecito en el hombro.

–¿Qué haces, cotillo? Anda déjalas y vamos a desayunar.

Sentados en la mesa, mi mente no descansa, los recuerdos de la noche pasada me atormentan. Entran las chicas acompañando al técnico.

–Ya he terminado, solo me tiene que firmar la orden de trabajo, si no le importa.

–Sin problemas. ¿Cuándo podre conectarme a internet?

–Cuando quiera. Ya he llamado para activar el enlace y está disponible.

Firmo la orden y el chico se despide, las chicas lo acompañan a la puerta. Vuelven las chicas, se sientan a la mesa en silencio.

No puedo levantar la vista de la taza de café, estoy terriblemente avergonzado.

–Papá, ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

Sin levantar la vista.

–No, Ana, no me encuentro bien. Lo que hice ayer me afecta mucho. No debía haberlo permitido. Por ti, por mí. Ha sido un error.

–¿Por qué papá? ¿Cuál ha sido el error? ¿Hacerme feliz? ¿Hacer que me sienta más cerca que nunca de ti?

–Ana, hemos roto algo, que no puede recomponerse. Nuestra relación ya no podrá ser nunca la misma. ¿Qué soy ahora? ¿Tu amante? ¿Puedo seguir siendo tu padre después de esto?

–Si papa, seguirás siendo mi padre siempre. Ahora te quiero más.

-Pero, si lo que hicimos te plantea problemas, no te lo pediré nunca más.

Se gira hacia Clau que la abraza y le mesa los cabellos. Ana Llora. Claudia me reprende.

–José, estas siendo muy duro con Ana, no se lo merece. Tu represión no te permite ver la belleza de esta relación. Ana no se merece sufrir y tú la castigas con tus preceptos religiosos.

–Quizá tengáis razón, pero no puedo evitarlo. No quiero lastimarte, Ana. Te quiero demasiado y no quiero que sufras. Tal vez necesite vuestra ayuda para superarlo. Pero por favor, no lo repitáis. Yo lo sufro.

La mirada de Clau es de comprensión.

–No te preocupes. No volverá a suceder. No pensamos que te afectaría tanto. Te queremos demasiado y no queremos que lo pases mal. Las chicas prepararon la danza mientras estabas fuera, querían sorprenderte, solo querían hacerte feliz. ¡Queremos hacerte feliz!

–Bien, no hagamos de esto un drama. ¿Qué le habéis hecho al pobre técnico?

Me miran sorprendidas.

–¿Al técnico? Nada. ¿Por qué?

–Porque ha salido algo nervioso ¿No?

–Bueno le hemos gastado una broma. Nosotras lo hacemos mucho. Además hemos quedado para salir con él y un amigo esta tarde.

–Es un poco mayor para vosotras ¿No?

–Papá, por favor. Ya no somos niñas.

–Eso es lo que creéis, pero sí, aun sois niñas y no sabéis aún las consecuencias de vuestra actitud. No quiero reprenderos. Solo os pido que seáis responsables. Vuestra vida anterior os ha marcado, ya lo entenderéis más adelante.

–Papá, esto para nosotras es solo un juego, lo pasamos bien, nada más. ¿Recuerdas el restaurante donde paramos a comer en La Roda?

–Si, claro, ¿Porqué?

–Pues que fuimos las dos a los servicios, había una muchacha de nuestra edad, muy bonita, parecía tímida. Al verla, nos miramos y empezamos a besarnos en la boca, se quedó de piedra.

–Nos acercamos a ella y le pregunté si quería participar, asintió con la cabeza, nos liamos a besos con ella y pillo un calentón impresionante. Cuando le toqué, encima de las bragas, parecía que se había meado, las tenia empapadas.

–La metimos en la cabina del wáter, le quitamos las bragas y mientras yo le comía la boca, Claudia le chupaba su cosita. Después cambiamos. La corrida que se pegó fue impresionante. Tuvo que sentarse en la taza para no caerse.

–Cuando se recuperó nos dio las gracias. Era su primer orgasmo y seguía virgen. Nos besó a las dos y se fue. Nosotras tuvimos que hacernos unos dedos, nos habíamos puesto muy cachondas. Yo me traje sus braguitas ¿Las quieres ver?

–No gracias, Ana, déjalo, te creo. Sois unas golfillas.

–Déjalas, José, son más responsables de lo que piensas. Han madurado muy pronto. Debes comprenderlas.

–Intento hacerlo Clau, lo intento, pero solo veo a dos niñas con cuerpo de mujer. Bien, dejemos esto. Esperemos no tener que lamentarlo.

–Déjate llevar y no lo lamentarás. Vamos chicas despertad a las pequeñas, que desayunen y nos vamos a la playa.

Todas las chicas en la playa, yo solo en casa. Instalo el equipo que me permite observar el piso de Madrid. Accedo a la grabación de las últimas horas. Encuentro una secuencia en que Mila y Marga están en la cama retozando.

Veo a las dos amigas acostadas en la cama juntas, besándose.

–Mila, ¿Qué te ocurre? Te veo rara.

–¿Te parece poco lo que me pasa?

–Por primera vez en mi vida no tengo ganas de follar. O mejor dicho, no puedo follar con quien quiero. El último en metérmela en el culo fue Isidro, como pago por su actuación como abogado en la compra del negocio a José. Y con Gerardo tuve que fingir que me moría de gusto.

–Vamos Mila, déjame que te coma el chochito, cariño, a ver si te relajas

–Gracias Marga, si no fuera por ti. ¿Qué sería de mi?

Paso rápido las imágenes en que ambas se comen el chocho en un sesenta y nueve. Ya no me excitan. Terminan sus juegos y se tumban de espaldas en la cama, las dos juntas.

–Mila, ¿Qué ha pasado con José? ¿Cómo lo has visto?

–No se qué pensar, Marga. Por una parte parece que su relación con Claudia funciona. Seguramente acabará enamorándose de ella. Eso será bueno para él. Aunque a nosotras se nos parta el corazón. El sufriría con nosotras, no podríamos evitarlo. Lo mejor ha sido apartarlo de nuestro lado y facilitarle una vida mejor. ¡Le he hecho tanto daño!

–No podía seguir adelante con el plan que habíamos forjado. Tenerlo para las dos. Él no lo hubiera soportado. Por eso hice lo que hice en el club de intercambio, quería alejarlo de mi, de nosotras. Después ocurrió lo de Gerardo y se aceleró todo.

–Le pedí a Gerardo ayuda para marcharme, sin intención de hacerlo. Luego intentaría que él se enterara, sabiendo como reaccionaria. Lo conozco muy bien. Lo quiero mucho, tanto como para renunciar a él, por su felicidad, aun a costa de nuestra desdicha. He llamado a Ana y me ha dicho donde están. El viernes quiero ir a Alicante. ¿Vienes conmigo?

–Sabes que sí. Te seguiré a todas partes. Lo que tú has descubierto con José, tu verdadero amor, lo descubrí yo hace mucho tiempo. Te quiero Mila, y quiero a quien tú quieras. Os quiero a los dos, y como tú dices, estoy dispuesta a renunciar a él por ti. La diferencia, es que yo tengo el consuelo de estar contigo, de tenerte, tú, no lo tienes a él.

Me dejo helado. Mila había planeado todo para alejarme de ella. ¿Qué estaba planeando ahora? Debo reconocer que posee una inteligencia prodigiosa. No puedo dejar de admirarla.

–Por cierto, mañana tengo que ir al banco, quedé con el director de la sucursal en hacerle un trabajito extra por haber liberado el dinero que te di, que estaba a plazo fijo. Quería cobrarme una pasta en concepto de comisión por adelantar el reintegro.

–Después puedo acompañarte a Alicante o donde quieras.

–Gracias Marga. Vamos a dormir, mañana hablamos.

¡Coño! ¡Han salido esta mañana, dentro de un rato estarán aquí!

Que querrán. Puede que solo quiera ver a sus hijas. No sé. Lo cierto es que no me puedo librar de ella. Por cierto. ¿Y si monto cámaras para ver qué traman? Arriba, en el dormitorio y en el salón. Más adelante veremos. Instalo las cámaras vía radio. Tengo un receptor portátil con el que puedo recibir la señal dentro de un radio de 500 metros. Será suficiente.

Clau vuelve de la playa, viene a preparar la comida. He terminado de hacer el trabajo. No he tenido tiempo de probar los equipos. Ya veré.

Clau entra directamente a la cocina, sobre la encimera, corta verdura para una ensalada. Me acerco por atrás, la sorprendo besando su cuello, se envara, respira hondo, gira su cara y me ofrece su boca entreabierta. Mordisqueo sus labios. Mis manos van de la cintura a los pechos, que se crispan, las meto bajo la tela del sostén del biquini, los pellizco. Bajo la derecha por la cintura y el muslo, su piel erizada. Introduzco la mano por el elástico del vientre, abro sus labios vaginales, está mojada y no es agua de mar. Sigo mordisqueando su cuello. Me encanta sentir como se estremece con el contacto de mis dedos, de mi boca, de mi lengua. No lo soporta más.

–¡Fóllame! José, me pones muy caliente. ¡Ahora!

Desabrocho el enganche del sostén y se lo quito. Con las manos en las tiras del biquini lo bajo y ella se libra de él con los pies. Desnuda, acaricio su espalda, sus brazos, los suaves globos de las nalgas. Se vuelve. Frente a mí, tira de mi camiseta hacia arriba, del pantalón corto hacia abajo. Queda de rodillas, con mi polla a la altura de su cara, la sujeta con una mano mientras acaricia los testículos con la otra. Saca la lengua, lame él glande y la introduce suavemente en su boca. Acaricio su cabeza. Me mira desde abajo. Es muy bonita, sus pechos rozan mis rodillas, siento sus pezones duros por la excitación.

No puedo más.

–¡Clau, me corro! ¡Me corro!

Afirma con la cabeza mientras sigue mamando.

–¡¡AAHHGGGG!!

Descargo en el fondo de su garganta, tose, necesita aire, escurren por la comisura de sus labios goterones de lefa.

La cojo por los hombros y la levanto hasta besar su boca inundada por mi corrida y la compartimos, las lenguas se debaten, se entrelazan, bajo hasta lamer los pezones. Con mis manos, bajo sus brazos, la levanto hasta sentarla en la encimera. Separo sus rodillas y entro con mi lengua en su deliciosa, salada, gruta. Paseo la punta desde el ano hasta el pubis, mordisqueo los labios, subo hasta el vértice superior del ángulo de su sexo, penetrándolo, me detengo en el botoncito que se descubre bajo el capuchón, lo excito, lo torturo, me detengo, ella aprieta mi cabeza sobre su coño y empuja con las caderas. Respiración acelerada, miro hacia arriba, su cabeza inclinada hacia atrás, sus dedos, sus uñas se clavan en mi cráneo, me tira del pelo. Y explota, tiemblan sus piernas, su cuerpo se mueve adelante y atrás.

–¡¡¡AAAAHHHH!!! ¡¡Me matas, me matas!! ¡¡AAAAHHHH!! ¡¡Que gusto!!¡¡Joder!! ¡¡MMIERDA!! ¡¡Que gusto me das!! ¡¡Es un orgasmo permanenteeee!! ¡¡PARA!! ¡¡No puedo más!! ¡¡Va y viene!!

–¡¡Joder!! José, que gusto. ¡¡Bésame!! Te necesito, te quiero. Abrázame.

Cojo su cintura, la deposito de pié, en el suelo, estrecho su pecho entre mis brazos. Nos comemos a besos. Me siento muy bien, sus ojos reflejan felicidad. ¡Quiero a esta mujer!

Un griterío en el césped nos dice que acaban de llegar las niñas. Entran en tropel a la cocina. Me besan las pequeñas. Ana me mira, con esa mirada que habla en silencio. Cojo su mano, tiro de ella y la acerco a mí. Rodeo su carita con mis manos y beso su frente. La abrazo y ella me rodea con sus brazos apretando con fuerza. Es mi hija. ¡Cuánto la quiero!

Comemos, las niñas hablan de lo que han estado haciendo en la arena, en el agua. Son muy felices. Están disfrutando de lo lindo. Quiero que sigan haciéndolo.

Están agotadas, las enviamos a dormir la siesta. Clau y yo subimos a descansar. Hace calor.

Un claxon suena en la cancela de la parcela. Ya sé quién es. Clau me mira extrañada, encojo los hombros. Bajamos los dos, Clau coge mi brazo y aprieta hasta hacerme daño. Ha visto quien es, quienes son. Abrimos con el mando y el vehículo entra en el carril de acceso. Se detiene en la puerta del garaje. Nos miran desde dentro. Están indecisas. Empujo a Clau hacia ellas. Abren las puertas y salen del coche, cierran y se acercan a Clau, la abrazan, se abrazan las tres, vienen hacia mí. No sé cómo comportarme. Mila me mira suplicante.

–José, por favor, no nos rechaces, solo venimos a ver que estáis bien, vosotros y las niñas. Nos alojaremos en un hotel. No queremos molestaros.

–Pasad, no tenéis que iros a ningún hotel, podéis quedaros aquí y estar, todo el tiempo que queráis, con las niñas. Por mí no tenéis que preocuparos. ¿Y pepito?

–Este fin de semana, se lo ha llevado a una finca, que tiene en Navacerrada.

–Bien. Vamos, entrad.

Se sorprenden al ver la casa, parece que les gusta. Clau las coge de las manos y se las lleva arriba a ver a las niñas. Oigo los gritos de Mili y Elena. Ana, sorprendida.

–¡¡Mamá!!, ¡¡Que alegría!!

Me encierro en la salita, conecto el receptor, sintonizo la frecuencia de la cámara de la habitación. No hay nadie. Siguen en los dormitorios de las niñas.

Bajan al salón, todas, Mila lleva a Ana en un brazo y a Mili en otro, sobre los hombros.

Clau está triste, parece preocupada. No sabe cuáles son las intenciones de las dos amigas. Salgo para que no sospechen. Me siento en el sofá. Ana me mira interrogante. Encojo los hombros. Se acerca y se sienta en mis rodillas. Pasa su brazo tras mis hombros, me besa en la mejilla.

–¿Estás bien, papá?

–Si, cariño, no te preocupes. No sé cómo han averiguado donde estábamos. Pero no importa. Es lógico que quiera veros, es vuestra madre.

–He sido yo, papá. Se lo dije cuando hable con ella por internet.

Acaricié su cabeza. Y la atraje hacia mí, la besé. Mila nos miraba, empuje suavemente a Ana hacia su madre, se levantó y fue a sentarse a su lado. Charlaron de cosas intrascendentes. Le hice una seña a Clau para que se acercara.

–Clau, necesito unos cables para instalar los ordenadores. Voy a salir a comprarlos, así os dejo tranquilas. No sé a qué vienen. Espero que sea como dicen, ya veremos.

–No tardes mucho, no me gusta esto. Tengo miedo por ti.

–Por mí, no tienes que preocuparte. A ver si averiguas algo.

–Marga, por favor, mueve el coche que voy a salir con el mio.

–Voy José.

Salimos juntos, cuando estamos solos se detiene, me mira de frente.

–¿Cómo estás José? Parece que te llevas bien con Claudia.

–Es una gran mujer. Creo que estoy enamorado de ella.

–Muy pronto nos has olvidado.

–Ella me ha ayudado mucho, lo sigue haciendo. Y quiere mucho a las niñas. Intentamos ser felices.

–Me alegro, de corazón, José. No sabes cuánto. Y debes saber que seguimos queriéndote, aunque tú no lo creas.

–Por favor Marga, no sigas, lo he pasado muy mal, he sufrido mucho. No sé hasta qué punto, por mi culpa. Quizá si hubiera aceptado el papel de cornudo consentidor ahora estaríamos todos juntos y felices. ¿No crees? ¿Vosotras podríais seguir queriendo a una mierda de hombre que consienta que docenas de tipos se follen a su mujer? O, peor aún. ¿Qué se dedique a prostituir a las mujeres que quiere? No Marga. Yo no podía soportar eso. No puedo y no quiero. Dejadme seguir con Claudia. Ahora la quiero. Vosotras ya no significáis nada para mí. Dejadnos vivir. Anda, aparta el coche por favor.

Marga mueve el vehículo lo suficiente para yo salir. Me marcho, doy la vuelta a la manzana y me sitúo en una calle cercana, donde no pueden verme desde la casa.

Conecto el receptor y el ordenador portátil, alimentados con un convertidor de tensión, de 12 a 220 voltios, conectado a la batería de la ranchera. Escucho con cascos auriculares.

Las pequeñas quieren irse a jugar con los vecinos, se quedan las cinco mujeres solas.

–Claudia ¿Cómo te va con José?

–Mila, es lo mejor que me ha ocurrido en mi vida. He sabido lo que es amor, me tiene sorbido el seso. Te lo suplico, no lo estropees. Le quiero como no sabía que se podía querer.

–No te preocupes. No pretendo arrebatártelo. Yo también lo quiero, precisamente por eso, porque lo quiero, debo renunciar a él y tratar de que sea feliz contigo y con las niñas. No dudes en llamarme si necesitas algo, si peligra vuestra relación, te ayudaremos. No desconfíes de nosotras. También te queremos.

–Pero mamá, ¿Por qué lo haces? Si lo quieres, ¿Por qué no luchas por el?

–Muy sencillo Ana. Tu padre con nosotras seria un desgraciado, con Claudia puede ser feliz, podéis ser felices. Es lo que queremos ¿O no?

–Tienes razón. Y tengo que contarte algo. Le dimos a beber vino con una substancia excitante, nos acostamos con él, follamos con él. Claudia no lo sabía.

–¡Dios mío! ¿Qué habéis hecho chiquillas? ¿Estáis locas?

–Si Claudia, estamos locas. Yo estaba loca y lo sigo estando. Como mi madre, sé que le he hecho daño. No podía imaginar que reaccionaria así. Pero lo deseaba y no pensé en las consecuencias. Ha sido un error. Un gran error. Ahora ya no tiene remedio.

Cubre su cara con las manos y solloza. Su madre la abraza.

–Esto de cometer errores, con los hombres a los que queremos, debe ser cosa de familia, cariño. Tú lo has dicho. Las dos hemos cometido errores. Claudia, ayúdala a superar esto. Te lo pido por favor.

–Creo que infravaloramos a José. Todas. Es un buen hombre, incapaz de hacer daño a su hija. Porque la quiere. Incapaz de hacer daño a su mujer, porque la quiere o la quiso, aun no lo sé. Mila, ayúdame con José. No sé si aun te quiere.

–Y ¿cómo podemos ayudarte?

–No sé, quizá si tuvierais un encuentro. Intenta seducirlo, si él sigue enamorado de ti, yo no tengo nada que hacer. Si te rechaza, quizá tenga esperanza. Él dice que me quiere y no es hombre de mentiras. Lo cree, pero puede que se equivoque.

–Voy a pedirle a José que folle con vosotras. Con las dos.

–Y ¿Cómo se lo vas a pedir?

–Con la verdad. Necesito saber si aun te quiere u os quiere, no sé.

–Por nosotras no hay problemas, ¿Y tú? ¿Lo podrás soportar?

–Con tal de salir de este mar de dudas, soy capaz de lo que sea.

__Pues adelante. Pero veo difícil que lo puedas convencer.

Vuelvo a casa, entro con unos cables en la mano que ye tenia preparados en el coche.

Están las tres solas, Ana y Claudia han ido a buscar al muchacho de la instalación telefónica y su amigo para salir. Claudia está nerviosa, se retuerce las manos.

–¿Que te ocurre, Clau?

–Tengo algo que proponerte. Necesito que aclares nuestra situación. Necesito saber a quien quieres, a Mila, Marga o a mí.

–Cariño, sabes muy bien que te quiero, no tengo nada que aclarar. Te quiero y ya está. No le des más vueltas.

–Si, se las doy. Pruébame que me quieres. Sube y acuéstate con Mila y con Marga, hazlo con ellas y dime después a quien quieres. Aceptaré lo que me digas.

–Tú no andas bien de la cabeza. ¿Para qué quieres que folle con ellas? ¿Qué vas a probar?

–Te lo suplico, hazlo. Si te convences de que no me quieres dímelo, lo aceptare. Si por el contrario, no sientes nada por ellas, dímelo. Te querré más.

–Si es tu voluntad. Sea. Vosotras que decís.

–Que lo estamos deseando.

Subimos a la habitación Marga, Mila y yo. Nos desnudamos. Me tiendo. Marga se apodera de mi manubrio. Mi mente está lejos, en el tiempo y el espacio. Mila me besa, noto su calor, hay momentos en que parece que voy a desfallecer. No consiguen que mi verga se enderece. Se mantiene fláccida. Se intercambian, rozan con su sexo el mío, que sigue sin responder. Se esfuerzan, usan sus conocimientos y experiencia.

Yo tengo en mi mente la imagen de Mila llena de lefa de un montón de hombres, que se pajean a su alrededor y eyaculan sobre su cara, llenándole el pelo, los pechos, orinándose sobre ella, apestando a lefa, sudor y meados. Así consigo controlar la erección. Que no se produce.

Mila llorando abandona el dormitorio. Marga de pie sobre la cama con un pie a cada lado de mi cintura y abriéndose el coño, trata de excitarme.

–No Marga, no podéis hacer nada. Mi voluntad es quien me controla. Os aprecio y me dais lastima, las dos. No insistas. Déjame.

Claudia entra.

–¿Qué ha pasado? ¿Por qué llora Mila?

–Porque no ha aprendido a controlar la frustración. Sigue siendo una niña caprichosa. Cuando no consigue lo que quiere llora. Ven, vamos a ducharnos. Me han dejado pegajoso con sus flujos, lávame.

Cojo su delicada mano y me dirijo con ella a la ducha. Desnudo su cuerpo, abro el grifo y dejo que el agua corra por mi cuerpo. Clau, con una esponja en una mano y jabón en la otra me lava, amorosa y concienzudamente.

Libera sus manos y acaricia mi verga que, con el contacto de sus manos y su imagen en mis ojos, crece hasta alcanzar el máximo tamaño. Se gira, dándome la espalda e inclinándose hasta coger con sus manos el borde de la bañera.

La forma de su grupa es la de una guitarra española. La delicadeza de su espalda, la estrecha cintura, el ensanchamiento de sus caderas. Toda ella invita al placer.

–Por el culo José. Por el culo, sin piedad. No la merezco. Tengo que pagar el mal rato que te he hecho pasar.

En aquel momento sentía verdadera ansia de venganza. No era por Clau. Debía habérselo hecho a Mila, pero hubiera disfrutado. Algo dentro de mí me empujó a hacerlo y colocando el glande en el ano. Empujé.

–¡¡¡AAAHHHHH!!! ¡¡JODER, QUE DOLOR!!!¡¡SIGUE!! ¡¡PARTEME EN DOS!! ¡¡ME LO MEREZCO POR TONTA!!

Empujé. Empujé, hasta que, sin que dejara de gritar, sentí mis huevos golpear sus muslos. Me paré. Espere a que su esfínter se adaptara y continué.

Ha sido un buen polvo. Me está gustando esto de joder culos estrechos. ¿Por quién me decidiré después?

He visto a Mila y Marga en el dormitorio. Han oído todo lo que hemos hecho. Salgo abrazando a Clau. Me miran las dos, implorantes.

–Este es mi futuro Mila. Quiero a Claudia.

–Vámonos Marga, aquí no podemos quedarnos.

–No, Mila. Quedaros. Podéis dormir con las niñas y marcharos cuando queráis. Para mí no supone un problema y, supongo, para Claudia tampoco.

Entran Ana y Claudia en la casa.

–Carrozas, ¿dónde estáis?

–Aquí arriba, cariño.

Suben y nos ven a todos desnudos. Mira a su madre, sabe que ha llorado.

–Vaya, ¿Qué nos hemos perdido?

–Nada cariño. Tu madre se queda, dormirá con vosotras.

Se marchan a las habitaciones.

–Ven Clau, tenemos que hablar.

–¿De qué? ¿Estás enfadado conmigo?

–No cariño, comprendo tus dudas. Yo también las he padecido. Ahora estoy tranquilo. Solo quiero que no te queden dudas sobre mi amor. Te quiero y siento haberte hecho daño. No me gusta hacer sufrir a nadie. El sexo, para mí, es una fuente de placer y no concibo el placer en el dolor. Me parece enfermizo. Vamos a la cama. Quiero hacerte el amor, a ti, a mi mujer, a la mujer que quiero.

Yacemos juntos, abrazados, juntas nuestras bocas….No es solo placer, es una emoción que trasciende lo físico, que va más allá, es, simplemente inexplicable. Si no lo has sentido nunca, no podrás saber a lo que me refiero. Es como intentar explicar cómo es el cielo, a un ciego de nacimiento.

Despierto por los ruidos en el pasillo. Las niñas, Mila, Marga. Espabilo a Claudia y salimos a ver. Se marchan, están bajando las bolsas de viaje. Les ayudo. No me gustan las despedidas, aunque sean temporales. Mila me mira, avanza hacia mí, me da la mano. Las demás están expectantes. Cojo su mano, tiro de ella, me acerco a Mila y beso superficialmente sus labios. Es un instante, infinitesimal. Pero una descarga eléctrica recorre mi espalda. Disimulo. ¡Joder! ¿Hasta cuándo? También beso a Marga. Ahora sé que las dos me quieren, que han renunciado a mí, por amor. Me siento en deuda con ellas. Anoche tuve que esforzarme para no descubrirme. Las sigo queriendo, claro. Pero, como dice Mila, no podemos estar juntos.

Mila y Marga se alejan en su coche. No podre olvidarlas, pero ya no duele. Claudia es una buena mujer. Me esforzare en hacerla feliz, se lo merece y estoy aprendiendo a quererla. No es difícil.

Guardo en un pendrive Los cuadernos de Mila. Cuando esté preparado los leeré. Los ordenaré y quizá los suba. Aun no sé lo que encontraré en ellos.

Seguimos en la costa de Alicante. Nuestra vida es sencilla, he visto los planos del proyecto original y aparece una piscina en la parte de atrás. La construiremos. A las niñas les hará ilusión. Mi objetivo es hacer felices a las que me rodean.

Esta saga ha terminado. José vive actualmente en su casa de la costa de Alicante con su pareja, Claudia. Sus hijas Claudia, Ana, Elena y Mili. Somos felices.

El pasado se olvida, el futuro aun no es. Vivo el presente y lo disfruto.

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