¡AY, MORITA!

Berto, por Norberto, era un tiarrón de metro ochenta, cumplido, y, más-menos, medio metro de hombro a hombro; era natural de Navarra, de la parte de Tudela, más exactamente, esa zona de la provincia donde navarricos, riojanos y cesaraugustanos se dan la mano…Su nacimiento determinó, en buena medida, el rumbo de su vida, pues sus orígenes más tristes no pudieron ser, al tener por madre a una prostituta y de las “trotonas” de antro y calle, y por padre a saber cuál de los clientes de “momó”… Así, resultó ser bueno para casi nada, malo para casi todo… Pero la vida da un montón de vueltas y por una de tales, a sus veintitrés, veinticuatro años, acabó alistándose en la Legión, la española, claro, encontrando allí el hogar y estabilidad que hasta entonces la vida le negara…

Comenzó en la Xª Bandera, Tercio “Alejandro Farnesio”, IVº de la Legión, en Ronda; pasó luego a la Iª Bandera, Tercio “Gran Capitán”, Iº de la Legión, en Melilla… Entre ambos destinos pasó sus primeros cinco años como Caballero Legionario… Y, bien comenzado su sexto año de servicio, fue destinado a la IVª Bandera, Tercio “Duque de Alba”, IIº de la Legión, con base en el cuartel de “El Serrallo”, en Ceuta… Y aquí empezó su particular Calvario…

Fue una noche cualquiera, a pocos meses de estar en Ceuta; con un grupo de “coleguitas” habíase ido de “fulanas”, recalando en un más que nombrado prostíbulo de la ciudad… Allí conoció a Halima, una más que bella morita de veintidós años, marroquí de nacimiento y naturaleza… La frecuentó algunos días, colándose por ella cada día… Y más y más y más, hasta que un día o, más exactamente, una noche, logró de ella el ansiado sí, con lo que, y como dice “La Madelón”, esa por excelencia canción de soldados, “sin temor al futuro ni al pasado” la desposó como su esposa, si no ante Dios, ya que él era ateo practicante y ella no creía en Allah y, menos aún, en su profeta Muhammad, sí ante los hombres, al decirse un sí más que formal ante un juez de la española y africana ciudad…

Como dice otra canción, por cierto, la mar de vigente en los acuartelamientos de la Legión, al tratarse de los fatídicos amores entre una mora y un “legía”, “pasaron días de alegría y de placer” y no, precisamente, en el corto trayecto de un viaje, sino a lo largo de los tres o cuatro años que siguieron…

Pero esa dicha, esa felicidad, se acabó de golpe un aciago día en que, como ya tantos otros, le tocó estar de guardia… Como cotidianamente sucedía, aquél también salió de casa bien tempranico, despidiéndose de su dulce mujercita hasta el día siguiente… Pero la Diosa Fortuna tuvo la veleidad de gastarle una mala pasada en forma de un accidente fortuito que demandó que Berto tuviera que volver a casa para cambiarse pues de la forma más tonta, de un enganchón, quedó, más o menos, con las vergüenzas al aire, del desgarrón tan tremendo que se hizo en el pantalón…

Llegó a casa a eso de las nueve de la noche y, en principio, le extrañó que su amada Halima no saliera cuando él abrió la puerta, pero no le dio mayor importancia… Habrá salido a cualquier recado, se dijo… De manera que, sin más, se dirigió presuroso al dormitorio… Pero cuando entró en la pieza conyugal ya iba más que descompuesto, pues los gemidos y grititos de ella, junto con los bufidos de una voz masculina que escuchó al aproximarse por el pasillo, le hicieron suponer lo que, una vez dentro de la habitación, se ofreció a sus ojos: Su adorada esposa se lo “estaba haciendo”, y en el lecho conyugal, con un “maromo” cualquiera, al que acababa de ver por primera vez en su vida

La pareja se puso lívida al verle entrar, bramando como un poseso… Los dos intentaron taparse, pero Halima no cayó en lo de “Esto no es lo que parece”, pues aquello sólo parecía lo que era, un adulterio como la copa de un pino… Simplemente, se arrastró hasta él, pidiéndole, por lo mucho que se habían querido, que no la matara, al verle demudado…rojo de ira y, lo que era peor, con la “fusca” en la mano… El “maromo”, aprovechando unos momentos de vacilación…de desconcierto, del iracundo Berto, tal como estaba, en “pelota picada”, se lazó de cabeza por la ventana, pues más valía acabar con todos los huesos rotos que no muerto a tiros por aquella especie de Némesis vengadora… Finalmente, Berto cerró los ojos y abrió fuego sobre su amada… Tres disparos a quemarropa que la abatieron sobre el suelo donde, de rodillas ante él, imploraba por su vida, encharcada en sangre… Seguidamente, tiró la pistola al suelo y, tranquilo aunque lívido, desencajado, salió a la calle y se dirigió a la comisaría más próxima
• Vengo a entregarme… Acabo de matar a mi mujer…

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Berto pasó siete años en la cárcel por asesinato frustrado, ya que Halima, por finales, no las “diñó”… Aunque por poco, pues los tres proyectiles le taladraron los pulmones… Pero la medicina le salvó la vida… De la cárcel Berto salió hecho un guiñapo, aunque de manera mucho más moral y síquica que física pues, aunque adelgazado, demacrado y tal, de cuerpo no andaba demasiado mal… Pero por dentro, estaba destrozado… La traición de su amada y su propia acción, que casi la mata, le habían anonadado… Hundido irremisiblemente… Ya no era caballero legionario, pues a causa de su condena, le expulsaron de la Legión, y con deshonor, por lo que no tenía nada, salvo la calle para correr…

Se quedó en Ceuta, pues tampoco tenía sitio donde ir, viviendo en la calle… Sus viejos compañeros de vez en cuando, si se topaban con él, le ayudaban, por lo que a días comía decentemente y dormía en una cama… Pero esos días eran los menos, enteramente esporádicos, por lo que comía, cuando comía, de verdadero milagro, las más de las veces rebuscando por las basuras, en especial, de bares y restaurantes y como cama, el duro suelo del vano de algún establecimiento o de algún portal que, milagrosamente, lograba encontrar abierto… Y cuando no, el de la calle a todo ruedo

Y lenta, muy lentamente fue pasando el tiempo, con cada día igual al de ayer…y al de mañana… Y con los días, las semanas fueron quedando atrás y tras de las semanas los meses fueron muriendo, hasta tres o cuatro… Berto tenía por costumbre sentarse en el escalón de la acera de algunas de las más transitadas calles ceutíes… No es que ejerciera la mendicidad, hasta ahí podían llegar las cosas, pedir él limosna, como un pordiosero… Todavía conservaba el suficiente orgullo como para no hacerlo… Al menos, a las claras, pues tampoco hacía ascos a lo que la gente, los viandantes, buenamente, dejaban en la acera, junto a él… Sí; en definitiva practicaba la mendicidad acogiéndose a la pública caridad de las gentes, pero vergonzantemente…

Así le andaban las cosas cuando una anochecida, a eso de las ocho-nueve de la tarde-noche, acertó a allegarse hasta él un antiguo colega, el “Chino” llamado así no porque sus facciones recordaran en modo alguna las de los hijos de “Celeste Imperio”, sino por su probada afición a las “chinas”…las que se fuman, no las otras… El tal “Chino” era un más que viejo conocidos suyo, amén de excelente amigo, ya que ingresó al mismo tiempo que él en la Legión allá en Ronda, en la Xª Bandera.

Se sentó con él, compartiendo el escalón de la acera y, en primera instancia, le invitó a un cigarrillo, pero de los sin “china”, para acabar por cederle el paquete de tabaco; luego, se levantó y de un bar próximo le trajo un descomunal “bocata” de calamares con una caña de vino peleón que Berto empezó a degustar con toda tranquilidad y parsimonia, tras agradecérselo con un escueto “Gracias “Chino”… La conversación siguió por rutas de lo más intrascendentes hasta que el “Chino” le preguntó

• ¿Sabes algo de Halima?
• No… Y malditas las ganas de saber nada…
• Nada que decir, “colega”…
Y se calló; así, callados, permanecieron varios minutos, con el “Chino” mirándole de reojo. Hasta que por fin Berto rompió el mutismo
• Y bueno… ¿Qué tenías que decirme?
• Ah; conque “malditas las ganas de saber nada” de ella, ¿eh?
• ¡Joder “Chino”!… ¡No me toques los cojones!…
(No me gusta usar “palabros” gruesos en mis escritos, por respeto al lector, pero poner en boca de un individuo como Berto, hombre “del broce”, florituras idiomáticas sonaría a falso, y yo pretendo darles el mayor realismo posible a mis historias)
• Pues nada macho… Que la “jay” ha desaparecido…
• ¡Quééé!
• Lo dicho… Que Halima ha desaparecido… Va ya para tres años… Al salir del hospital se fue a vivir con el maromo que se la “beneficiaba”… Estuvieron juntos algo más de tres años… Hasta creo que le hizo un crío… Debe tener ya unos cuatro años… El gachó desapareció más o menos, una semana antes de que ella lo hiciera…
• ¡Acabáramos!… ¡Vaya misterio más misterioso!… Se iría tras él…
• Ya; pero es que el tío, luego, apareció muerto en una calleja de Málaga… Le habían rebanado la nuez de oreja a oreja… Al parecer, tenía “negocios” con un mal bicho… Un tal Arkán… Albano-kosovar, de esos paramilitares de la guerra de los Balcanes, allá por los noventa, que se hincharon a hacer marranadas sin cuento a pobre gente, hombres, mujeres , niños, ancianos… Gente indefensa… Era, digamos, el “mayorista” que surtía de droga, y en cantidad, al pobre diablo… Y al gilipollas del andoba no se ocurrió nada mejor que hacer trampas a su “jefe”… Una “jartá” de euros creo que le “mangó”…

El “Chino” calló y Berto guardó silencio algún instante; serio, adusto… Casi que más lívido que pálido, con el rostro más desencajado que otra cosa, Berto se mantenía con la vista fija al frente aunque, sin duda alguna, sus ojos no veían nada, absorto en sus propios pensamientos

• O sea, que ese albano-kosovar no debe ser ajeno a la desaparición de Halima… Y supongo que también de su hijo… Y, ¿cómo sabes tú todo eso?

El “Chino”, parsimonioso, sacó un segundo paquete de tabaco, este entero; lo abrió, extrajo un cigarrillo, lo encendió, pegó una larga chupada, expeliendo luego el humo, tranquilamente, para empezar a hablar de nuevo

• ¿Recuerdas al “Jaro”?… Aquél rubiales, buena pieza, que acabó cargándose al sargento “Lunares” cuando éste la emprendió a tiros con él por los “cuernos” que su parienta le ponía con el “jincho”… Si recuerdas, logró escaparse, desertando a Marruecos… Le vi hace ya algo…en Tetuán… Militó un tiempo con la gente del Arkán… Me contó lo del “guaperas” que se beneficiaba a tu “jai”… Y sí; efectivamente, el Arkán se apoderó de tu “chorba” cuando su “detalle” puso pies en polvorosa… Como el “Jaro” me decía, nada personal en todo ello; sólo negocios… La “pasta” que el “tronco” de la “titi” le había “urlitao” de alguna forma se la tenía que cobrar… Y “dobladas”, además…

Volvieron a quedar en silencio ambos amigos, fumando los dos con toda parsimonia

• “Chino”, como supondrás, estoy sin un “clavo”… Y ahora, más que nunca, preciso “pasta”… ¿Podría?… ¿Podrías darme algo?…
• ¿Vas a buscarla?
• Se lo debo… ¿No crees?…
• Yo no sé ná Berto… Pero si a ti así te parece… (Se metió la mano al bolsillo y la sacó con algún billete de diez y cinco euros, amén de unas cuantas monedas) Ahora sólo llevo esto encima… Para nada de lo que pretendes va a servirte pero, al menos, hoy no dormirás al raso y mañana podrás comer caliente… Aguarda unos días… Una semana… Hablaré con los “colegas” de la Bandera… Seguro que te echan una mano… Ya sabes… “Con razón, o sin ella”, siempre junto al “legía” en apuros…
No hizo falta que Berto aguardara una semana, pues cinco días más tarde el “Chino” se reunía con él, dándole algo más de dos mil “pavos”

Un par de días más tarde Berto estaba en Tánger; buscó, buscó y buscó por cuantos sitios se le ocurrió que podían tener “trabajando” a Halima… Burdeles, “puticlubs”, discotecas donde recalaban prostitutas… Días y días, semanas y semanas, pateándose la antigua ciudad internacional. Berto se desesperaba, temiéndose que Halima no estuviera en Tánger, pues de ser así, sería punto menos que imposible encontrarla, ya que cualquiera sabe dónde la podrían tener… En aquella parte norteafricana del estrecho no podría estar ya que todas las demás ciudades marroquíes de la zona eran muy, pero que muy, musulmanas, para darse una prostitución mínimamente abierta, rentable pues para cualquier proxeneta… Y lanzarse a buscarla por Casablanca, Marrakech, sería como buscar una aguja en un pajar

No sabía qué hacer… Por finales, como agarrándose a un clavo ardiendo, decidió sumergirse en el submundo marginal de los barrios periféricos, los “Beni Makada”, “Casa Barata” etc., surgidos hacia los 80’s, cuando aquél Marruecos de Hassan IIº quiso “europeizarse” industrializándose… Entonces nacen estos barrios como ciudad-dormitorio para dar vivienda barata a las masas de obreros que debían afluir a esas nuevas Tierras de Promisión… Pero ya se sabe lo que pasa en el Tercer Mundo y, particularmente, en Marruecos, que la corrupción acaba por devorarlo todo, con lo que los dineros que debieron hacer realidad tales proyectos se esfumaron por arte de birli birloque en el bolsillo de unos cuantos afortunados… Los de siempre…

Pero el efecto “Reclamo” estaba ya en marcha y en forma imparable, además, pues el “Régimen” bien que voceó a los cuatro vientos la “Buena Nueva” del fin de la endémica miseria, con lo que el despoblamiento de las miserables, atrasadas, áreas campesinas dio comienzo prosiguiendo a ritmo que día a día se tornaba vertiginoso, con lo que esos barrios, más fantasmales que reales, con sus edificios a medio construir, sus calles sin asfaltar, de tierra polvorienta, sin siquiera sombra de medidas sanitarias, alcantarillado etc., que tornaban en densos barrizales lo que debían haber sido plazas, calles y avenidas, fuéronse superpoblando de forma incesante; con una superpoblación que a sí misma se retroalimentó, pues los índices demográficos se dispararon en cotas más astronómicas que otra cosa…

Por finales, esas barriadas se expandieron hacia el sur-sureste de Tánger en nuevos poblados, pero éstos ya abiertamente chabolistas, chamizos construidos, en el mejor de los casos, de adobe o cascote, cuando no con planchas metálicas, tablas, cartones, lonas, pasando por esas planchas de amianto, onduladas, que era la Uralita de aquellos años 50, 60 y 70, ya prácticamente antediluviana… Entre esa barahúnda humana, como las setas en Otoño, se daba todo ese cortejo connatural a la más abyecta miseria, la drogadicción a escala sobrecogedora, la prostitución callejera, no pocas veces a cambio de una simple “papelina” de “jaco”, “caballo” o heroína, la delincuencia más amenazadora y galopante… Hasta tal punto eso era, es, así, que aún hoy día la policía prefiere no inmiscuirse en los “asuntos internos” de tales babeles y los taxista, ni hartos de grifa, kiffi o lo que sea, se quieren aventurar por tales vericuetos…

Y, entreverados con todo eso, nutridos batallones de niños y niñas, desarrapados, hambrientos las más veces, deambulando a sus anchas por aquí y por allí… Y la explotación sexual de niños y niñas, hasta a veces “alquilados” por sus propios padres a occidentales turistas del sexo, cuando no vendidos a proxenetas para sus prostíbulos en la muy demócrata y civilizada Europa Occidental o en los Estados “Juntitos”… Cuánta niña, cuánto niño, de once, doce, trece años no habrán sido “estrenadas/os”, como vírgenes, una y otra vez, por respetables señores cincuentones, sesentones, de esa Europa Occidental, de esos Estados “Juntitos”, muy honorables esposos y padres de familia todos ellos, “faltabe” más…

En ese inframundo, tremendamente peligroso, se sumergió Berto, ojo avizor, por la cuenta que le tenía… Y que el lugar era muy, pero que muy, peligroso, lo pudo comprobar cuando apenas si llevaría cinco o seis días deambulando por tales andurriales, le salieron al paso tres “pavos” de mucho cuidado, equipados con “chairas” de regular tamaño, bastante más de los 11cm, y más que dispuestos a rebanarle la nuez por lo poco que pudiera llevar en el bolsillo, pero los ánimos de los jaquetones se enfriaron bastante cuando Berto les opuso todo un machete-bayoneta de casi 45 cm de hoja que, para más INRI, parecía capaz de cortar el manido cabello en el aire…

Fue pasando el tiempo, con él esperando pacientemente una luz que iluminara su negro horizonte respecto a lo que tanto, tanto, le interesaba… Los incidentes con la “gente guapa” del entorno no cesaron de menudear, solventándolos todos en un santiamén, lo que fue granjeándole fama de bravo… Y lógico, el “respeto” de lo más florido del hampa circundante… Vamos, que se trocó en “gallo entre gallos”… Rebasaría ya los dos meses de vegetar en tal sitio cuando esa lucecita tan esperada le empezó a brillar en lontananza… Para sorpresa de sorpresas, la luz vino de la mano de uno de aquellos matones que, a poco de llegar a aquél “paraíso”, le salieran al paso, tomándole un “panoli” (un idiota), “jincho” que con las semanas se le “pegó” en plan más fraterno que amistoso

La cosa fue que el “andoba” un buen día le sopló que tenía a la vista un “negocio” que podía reportarles a los dos una “jartá e guita”… El asunto era personarse, con unos cuantos “coleguis” más, una determinada noche, por cierto, que no tendría luna, por ser nueva, en una determinada cala de la costa y allí recoger unas cajas que habría que transportar a través de la mitad de África, atravesándola de oeste a este… Ni más ni menos que hasta Somalia… “Cacharritos” para los piratas que operan en el “Cuerno de África”… O para los “Señores de la Guerra” del lugar, los cabecillas tribales entregados al bello menester de destripar a los individuos de las otras etnias, que lo mismo da que lo mismo toma…

Pero es que, además, el “coleguita” dijo a Berto que los grandes patrones del “negocio” eran un atajo de paramilitares albano-kosovares de muchísimo cuidado… Gente que, por un “quítame allá esas pajas”, te rebanan el pescuezo y se quedan tan frescos… Y eso le llegó al alma al bueno del ex “legía”, pues con bastante fundamento pensó que allí podía estar ese cabo de la madeja que con tanto ahínco buscaba… En fin, que el día y hora convenidos allí estaban Berto, su “fraterno amigo” y otros cuantos hombres más, ocho o diez, controlados por cuatro o cinco tipos cuya sola vista pegaría un susto de muerte al mismísimo miedo, los famosos albano-kosovares, aunque luego resultara que el pelaje del mortal rebaño fuera variopinto, ya que allí había toda una muestra de las etnias balcánicas, pues habían albaneses, de Albania y Kosovo, serbios de Serbia y Bosnia, croatas… Vamos, toda la gama de aquellos montañosos lares europeos…

Cargaron la mercancía en cuatro camiones y carretera y manta, un decir lo de carretera, hacia Somalia… Fue un viaje de días y días, semanas y algo más del mes, entre ir y regresar luego a Tánger, pero sumamente provechoso para Berto, pues acabó atrayéndose la atención y el aprecio, hasta cierto punto lo del aprecio, claro, de uno de los controladores, un serbio de Serbia, por cierto… Cuando éste tipo supo que él había estado en la Legión española, le comentó que él ya había conocido a uno, con lo que Berto le dijo que ya sabía que un antiguo compañero estuvo con verdadera “gente guapa”, su amigo “Jaro”…

Charlaron y charlaron durante todo el viaje, ida y vuelta, y Berto, como quien no quiere la cosa, indagando que te indagarás… Sí, era la gente del llamado Arkán y nuestro amigo fue sonsacando a su reciente “amigo” vida y milagros de aquél grupo de asesinos, pues calificativo distinto en absoluto les cabía… Así supo que no había sitio por donde Satanás soltara al tal Arkán: Tráfico de armas, de droga, dura y blanda, que tanto monta, monta tanto; prostitución, lo mismo por libre elección de las tías que por la fuerza, coacción y demás… Y pederastia; el tal Arkán lo mismo compra críos, crías, de incluso seis siete años que los secuestra para venderlos al mejor postor…
Pero también supo de la horrenda, fría, crueldad de aquella gente, en especial del nombrado Arkán, cuando su nuevo “amigo” le habló de un pobre diablo, un “panoli”, que se quiso pasar de listo estafando al Arkán unos dos o tres mil euros y la forma en que su admirado jefe le mató allá en Málaga, donde le “cazaron”… Una muerte lenta fue la que le dio, personalmente, el no va más del jefe… Horas y horas torturando al pobre infeliz para acabar degollándole… Y el destino que aquél demonio humano dio a su “jai”, la hembra que se beneficiaba, aunándola a su “cuadra” de rameras… Pero una ramera muy especial… Muy, muy selecta…

El gilipollas del “maromo” de la “jai” había sido el único mortal que se atrevió a hacerle trampas al gran hombre y el Arkán le tomó un odio feroz… Odio que no se aplacó con las mil y una perrerías que le hizo antes de ultimarle, sino que lo bifurcó hacia aquella desdicha de mujer… Sabido es que hay degenerados que cifran su mayor placer en someterse a “amas estrictas” del sadomasoquismo, pero no es menos conocido que también hay engendros cuyo éxtasis está en torturar a las mujeres al tiempo de “tirárselas”… Y esta especie de “buenas piezas” también se da entre lo más selecto de la sociedad, magnates del dinero en general, que, en añadidura, están más que dispuestos a pagar bien tales “exquisiteces”… Y a eso dedicó esa especie de sanguinaria fiera bípeda a la desdichada Halima, pues a Berto no le cabía duda de que el gachó con el que la sorprendió “haciéndoselo” aquél aciago día era el “panoli” que se atrevió a estafar al Arkán, luego ella la “jai” a que el serbio se refería

Eso lo tenía Berto más que claro, pero ni remota idea de dónde esa gentuza podía tener a la que, a pesar de todos los pesares, seguía robándole el sueño… Regresaron a Tánger y Berto puso especial cuidado en seguir cultivando la amistad con aquél serbio que más no podía odiar; así conoció a otros tipos de su misma calaña, compañeros en aquella manada de lobos humanos que era la gente del Arkán. Conoció a fondo al clan; la columna vertebral la formaba esa hibridación entre guardia pretoriana y asesinos sin entrañas que era la gente balcánica, unos treinta o cuarenta hombres, pero contando con un “peonaje” de cientos de hombres y mujeres, desahuciados de la vida, como aquél marroquí que le introdujo en ese nuevo entorno de la delincuencia de alto “standing”…al de los más despiadados asesinos, sirviendo en tareas menores, pero no menos importantes, como ojos y oídos donde nadie llega, donde nadie ve ni oye… O acémilas de carga, como esas decenas de marroquíes harapientos que entonces les acompañaban

Hasta llegó a conocer, personalmente, al Arkán y su envidiable villa en una de las urbanizaciones más exclusivas de Tánger… Esa urbanización no era lo que todos entendemos por tal… Allí no había cuadrículas de calles festoneadas por primorosos chalets, o villas, “vilas” como en Tánger se dice por asimilación, castellanizada o españolizada, del francés “ville”; no, allí todo era Naturaleza en estado puro… La tal “Urbanización” era toda la ladera de un promontorio o loma elevada que por el nor-noroeste daba al mar por el cabo Espartel, descendiendo hacia el sur-sureste muy, pero que muy suavemente, a la llanura que ubica la ciudad de Tánger, todo ello poblado de arbolado, bosque de pinos y eucaliptos con algunos olivares alternados; y entre tal paisaje, diseminadas, las parcelas edificadas, sueltas al tuntún, todas ellas constituidas por “villas” o “vilas” aisladas las unas de las otras

La “vila” del Arkán se emplazaba en una de esas parcelas aisladas, pero una parcela, digamos, “a lo bestia”, pues cubría varios miles de metros cuadrados, tres o cuatro mil, al menos. La casa en sí no era tan grande pues, en todo caso, no excedería en mucho los cien metros cuadrados, pero enteramente rodeados por espacio verde, sistemas de jardines unificados en un único Edén, a los que no faltaban idílicos paseos con sus bancos de madera, como en cualquier parque público, sombreados por hileras de árboles que, sin solución de continuidad, bordeaban ambos flancos de cada paseo… Palmas datileras, almendros, higueras y, cómo no, naranjos y limoneros… En los espacios delimitados por esas hileras de árboles, un parterre repleto flores, con una gran fuente en su centro en cuya base un somero estanque recibía las aguas emanadas por la fuente… O un pequeño estanque rectangular alimentado por una o dos fuentes menos pretenciosas que las otras. En la parte de atrás, en medio del jardín constituido por su correspondiente sistema de pequeños jardines, paseos y demás, una gran piscina enmarcada en un recuadro de verde césped… Vamos, una especie de “Paraíso Terrenal” digno de las historias de “Las Mil y Una Noches”… Pero, a poco que uno prestara atención, resultaba que el tal “Paraíso” realmente era un fortín… Para empezar, todo eso estaba rodeado de una cerca de obra, ladrillo visto muy del gusto mudéjar, alta en cerca de cuatro metros; no había guardia ni vigilancia a la vista, pero las cámaras de seguridad abundaban lo mismo a lo lago de esa muralla como, desde la casa, explorando el idílico conjunto externo de jardines.

Al gran hombre Berto le gustó; mantenía buen recuerdo de aquél otro “legía” que en tiempos para él trabajara y este otro le pareció igual, sino mejor, que el pretérito, de modo que se mostró interesado en atraerlo a su servicio… Berto se dejó querer por el magnate del crimen, con lo que llegó a disfrutar de una cierta confianza en aquella lujosa mansión… Así que no perdía comba en fijarse en cuanto a su alrededor sucedía, estudiando, reteniéndolo todo celosamente en su memoria, analizando luego, en la seguridad y tranquilidad de su morada en Beni Makada, cuanto viera, cuanto observara

Y de tales observaciones dedujo algo interesante; allí había alguien muy vigilado… A esa conclusión llegó tras constatar que, de vez en cuando, pero casi todos los días, a este o a aquél tipo de los que habitualmente permanecían en la casa, unos doce o catorce de los matones de Arkán, se le decía

• Fulano, tu turno…

Y el fulano desaparecía por una puerta, la misma por la que al poco aparecía otro de aquellos “angelitos” hasta entonces oculto de la vista del ex legía… Luego, sumar dos y dos era deducir que tras esa puerta se vigilaba a alguien. Aquí y ahora, conviene decir que, al entrar en lo que en sí era esa casa, lo que primero se encontraba era un amplio vestíbulo o recibidor e inmediatamente, una puerta que daba a un enorme salón, con más divanes que sofás, al más puro estilo de las casas árabes adineradas, adosados a sus paredes, con varias mesitas, bajas, colocadas por el centro de la estancia dando servicio a los divanes o sofás… Este salón también disponía de un monumental aparato de televisión, un “home cinema” por todo lo alto, que podía convertir la sala en una cinematográfica, mueble bar más que bien surtido y toda la pesca que quiera uno imaginarse, habida y por haber… Otras dos o tres puertas comunicaban con lo que podríamos llamar el resto de la parte noble de la casa, incluyendo las estancias privadas del dueño de la casa. En tanto a la parte del servicio de la casa se accedía por una puerta lateral del edificio, la de servicio… El salón era, sin embargo, el punto neurálgico de la casa, pues allí se desarrollaba diariamente la vida; todo el día estaba la mar de concurrida, pues allí se reunían todos los pistoleros del “Gran Jefe”, ocupados mayormente en haraganear tirados por los divanes jugando a las cartas y tal y tal…

En fin, que un día Berto se “hizo el loco” y se coló por la famosa puerta; se encontró con un pasillo que apenas cubriría dos o tres metros hacia la izquierda que él, decidido, siguió, llegando a otra puerta que comunicaba, al frente, con la parte “innoble” de la casa, la del servicio, pero que a la derecha vio una escalera que bajaba a lo que parecía un sótano… De momento se quedó confuso, sin poderse explicar aquello del sótano, pues no le parecía que fuera eso el sitio más idóneo para mantener encerrada a una mujer que, indudable, le interesaría que luciera mínimamente esplendorosa, pues quienes se gastan “jartás” de “guita” en una titi no la quieren “mu ezcushimizá” que digamos… Pero al momento recordó lo que también le dijera el “Chino”: “Hasta creo que le hizo un crío… Debe tener ya unos cuatro años”… Sí; eso debía ser; era al hijo de Halima quien estaba allí, secuestrado por el gran hijo de perra albanesa… Seguro; lo usaría como resorte para dominarla a ella, obligarla a pasar por cuanto él quisiera: “Mientras obedezcas, tu hijo vivirá” debía decirle… Con todo el cuidado, todas las precauciones del mundo, fue bajando esas escaleras, unos cinco o seis escalones hasta que, amparado en un recodo, vio sin ser visto el fondo de la escalera; al pie mismo, el tipo que relevara al que apareció luego por aquella puerta del salón, sentado en una silla fumando y “enchufado” a los cascos de un “MP 3” de audio y hacia la derecha lo que sin duda era un camastro, con las piernas de un niño asomando… La pobre criatura ya ni se quejaba, pues debía haber agotado ya cuantas lágrimas era capaz de fabricar su organismo

Pero seguía sin tener ni repajolera idea de dónde encontrar a la madre y, lo cierto, es que el pobre Berto ya ni sabía qué hacer, pues todo en torno a Halima era un muro de silencio… O, al menos, eso le parecía a él… Pero sucedió que no; que el león no era tan fiero como parecía… Vamos, que la cosa más bien había estado en su extrema circunspección… En fin, que un día se le ocurrió comentar a ese nuevo amigo suyo, el serbio de marras, así, como quien no quiere la cosa, que qué morbo poderse “cepillar” a la “gachona” del panoli, a lo que el serbio, riéndose, respondió
• Pues nada tío; mil quinientos euros tendrían la culpa… Y un viaje a Kenitra…

Y así, de la manera más tonta del mundo, supo dónde buscarla… Se estuvo llamado idiota, “tonto’l’haba”, lo menos año y medio, pero salió “pitando”, como alma que lleva el diablo, no exactamente a Kenitra, sino algo más al sur, a Casablanca. Berto no era un delincuente, pero el “paño” lo conocía mejor que bien pues el “talego” te enseña cosa fina en tales artes, y pasarte siete largos años a la “sombra” te hace no ya “licenciado”, sino “Doctor Honoris Causa” en esas lides… Pero es que, además”, respecto a lo de “sabérselas todas”, los meses pasados entre la jauría humana de albaneses y demás, ese inenarrable viaje a Somalia, tampoco eran “moco de pavo”, luego no tuvo que esforzarse o cavilar mucho para saber en qué oídos deslizar ciertas palabritas para agenciarse, por una parte, de un artilugio electrónico que, más que minúsculo, era microscópico… Y una pistola “Beretta”, del 9 largo, y semiautomática, con un montón de cargadores de 20 cartuchos

Solventadas estas bagatelas puso proa, finalmente, a Kenitra. Allí, se registró en un hotel que ni los de “Las Mil y Una Noches”, si es que para cuando el libro se escribió, allá por los siglos VIII y IX, existieran hoteles, que me malicio que más bien no, pero, de haberlos habido, los que alojaran al califa de Bagdad Harun al-Rashid mejores no habrían sido… ¡Como me llamo Haníbal, leñe ya!… Y Berto allí se instaló a todo trapo… Continuamente “tirado” en la tumbona de la playa privada del hotel, que hasta de tal lujo disponía la “covachuela”, suntuosas propinas a los camareros… Y palabritas deslizadas a los oídos del recepcionista, de los camareros… Que si era fanático del sexo duro… Que si no le importaría pagar buenos euros por una sesión de sexo un tanto especial… Muy, muy sibarita… Que si lo que de siempre se hacía con una tía ya le aburría y necesitaba experimentar cosas nuevas… ¡Pero con mujeres, ojo, no vayamos a “fastidiar” la marrana!…

Y allí estaba Berto, en el banco de la paciencia, esperando que te esperarás… Pero, la verdad, su espera no pasó de cuarenta y ocho, setenta y dos horas, pues enseguida aparecieron, una tarde cualquiera, poco después del almuerzo, ya que Berto seguía los usos y costumbres hispánicos en tal cuestión, dos tipos que, sin más ni más, se sentaron junto a él
• Tenemos entendido que usted, caballero, desea mantener una relación… Digamos que muy particular con una mujer… ¿Nos equivocamos, señor?
• Pues… Puede que sí… Pero, también, pudiera ser que no… ¿A qué se refieren, concretamente, caballeros?
• Vaya… Esta sí que es buena… Ni sé cómo mejor explicarme… Vamos a ver… Vamos a ver… ¡Ah!… Ya, ya… A ese respecto, ¿le dice algo el marqués de Sade?
Berto se echó a reír, respondiendo
• ¿Saben?… Casualidades de la vida, pues resulta que me dice mucho… Pero que mucho, mucho… Ja, ja, ja… Curioso, ¿verdad?…
• Muy… Muy curioso… Y… Suponiendo que estemos hablando de lo mismo… ¿Cuánto dinero invertiría en lograr sus más íntimos deseos?
• Y, suponiendo que estemos hablando de lo mismo… ¿Por cuántos euros ustedes harían realidad esos deseos?

Se sonrieron los dos y uno de ellos, bajando la voz, dijo
• Una hora con una señorita… Muy… Pero que muy, muy “sufrida”, sólo mil quinientos euros

Berto se rascó la cabeza, haciendo, fungiendo, pensárselo
• ¿No es un poco caro?… Mil quinientos euros son muchos… Muchos euros…
• Y lo que nosotros le ofrecemos es único… ¿Cuánto vale una cosa que es única?… ¿Cuánto vale el “Discóbolo”, “La Gioconda”, las pirámides de Egipto, la Alhambra de Granada, la Giralda?…
• ¡Por favor, señores!… No desvariemos… Que lo que dicen es desvariar
• Pues, como usted decía, puede que sí sea así, pero también puede que no… Simple cuestión de apreciaciones… Claro que si usted no aprecia las cosas como nosotros, en principio, creíamos, pienso que estamos perdiendo el tiempo… Lamentamos habernos equivocado… Perdone usted, caballero…

Los dos hombres se levantaron dispuestos a marcharse y Berto se echó atrás en su indolente postura
• ¡Esperen, esperen, señores!… No se vayan tan rápido, que yo aún no he dicho que no
• Pero, reconozca conmigo, que eso es lo que se desprende de su negativa actitud y nosotros somos personas muy ocupadas… Nuestro tiempo es precioso y no podemos ir por ahí desperdiciándolo… Y con usted ya hemos invertido bastante, luego, por favor, decídase… ¿Le interesa o no le interesa?

Desde luego que no podría decirse que aquellos tíos no fueran más que directamente al grano… Y claro está, Berto dijo que sí… Y hasta pidió perdón por su inicial displicencia… Así ocurrió que dos días después un coche, con los cristales tan tintados que parecían negros, le recogió de la terraza callejera de un conocido café; sin duda alguna, Berto fue consciente de ello, el vehículo dio vueltas y vueltas por la ciudad, en intento de despistar al viajero a fin de mantener en el mayor incógnito el lugar al que le conducía… Ya se lo habían indicado cuando detallaron las condiciones del “negocio”: Su índole era tan “especial”, que mejor mantenerlo todo en el mayor arcano, pues “en boca cerrada no entran moscas”… Y si los ojos no ven, la boca tampoco puede hablar

Por fin el automóvil se detuvo; Berto era consciente de que momentos antes habían atravesado unas portadas que, además, debían ser bastante grandes, pesadas, pues el ruido que hicieron al abrirse y luego cerrarse fue más que sonado; después, momentos más tarde, supo que atravesaban otra portada, doble también, pero que debía ser bastante menos pesada pues su chirrido no fu nada del otro mundo. Allí, el chofer que le llevaba le invitó a apearse; al poner pie en tierra comprobó que estaba en lo que, a todas luces, era un garaje; el chófer le sirvió de guía para encaminarle a un ascensor que le llevó a la planta superior, y allí fue una mujer, marroquí por más señas, quien le recibió la mar de obsequiosa, conduciéndole hasta una habitación
• Ya puede usted ponerse cómodo, caballero… Enseguida tendrá usted aquí a la señorita…

Hizo ademán de salir de la habitación pero, con ya el pomo en la mano en última acción de cerrar la puerta, pareció recordar algo, por lo que añadió
• Ah, por cierto; en el mueble bar hay todo tipo de bebidas, alcohólicas y zumos… Y sobre la cómoda, “canutos” y un poco de coca…gentileza de la casa para con sus clientes… Que lo pase usted muy bien, caballero

Entonces sí que cerró… Suavemente, sin apenas hacer ruido, pero la puerta quedó firmemente cerrada… Y a Berto le empezó a entrar miedo… aquél era el momento más temido de su aventura, cuando ella le viera… Si alguien se daba cuenta de que ambos ya se conocían, todo se podía ir al traste y a saber qué consecuencia podían venir aparejadas… Esperaba que, cuando Halima entrara en la habitación, lo hiciera sola, que a él le diera tiempo para hacerle señas de que guardara silencio y que ella entendiera todo eso, y se callara… No soltara un grito nada más verle… Total nada… Toda una carrera de obstáculos a salvar sobre la marcha…

No le dio tiempo a pensar, a temblar mucho, pues en menos que se santigua un cura loco, la puerta volvió a abrirse dando paso a Halima… Y, al momento, a Berto se le cayó el alma a los pies, pues la que fuera su mujer, la que todavía, legalmente, lo era, no había Dios que la reconociera… Ya no es que estuviera delgada, pálida, demacrada, hasta parecer anémica… Que estuviera hecha una auténtica ruina… No; eso no era lo peor, sino sus ojos, por un lado muertos, pero por otro brillantes, con ese tan especial brillo del “drogata” que ya está permanente “colgado”… Esa apariencia de ido, de loco… De loca, en este caso… Halima, prácticamente desnuda, pues no la cubría más que una bata que, para más INRI, la llevaba abierta de arriba abajo, repetía una y otra vez la misma cantinela, con voz monótona, impersonal…
• Soy muy buena…Sí… Soy muy buena… Ya verás lo bien que te lo pasas conmigo… Soy muy buena…

Berto fue a ella, la estrechó entre sus brazos, la besó…
• ¡Halima!… ¡Halima!… ¡Mi amor…mi vida!… ¡Soy yo, Berto!… Halima, ¡por Dios!… ¡Reacciona!… ¡Reacciona mi amor!…

Pero Halima no reaccionaba, siguiendo con su retahíla…
• Soy muy buena, muy buena…Sí… Soy muy buena… Muy…muy buena…

Aquello era una salmodia repetida y repetida hasta la saciedad… Pero que, en verdad, no era nada… Halima lo repetía, pero como un loro repite lo que oye… Ella ya no era una persona, sino un robot… O, mejor, un zombi, una zombi… Un ser muerto en vida… No se enteraba de nada, no le veía…no le oía… Vivía en su nube… En su nube de drogadicta, sin duda forzada, pues eso, drogar a las mujeres hasta hacer de ellas eso, “robots humanos”, que, estando así, bastante más que en un “viaje”, son dóciles instrumentos en manos de esa…de esa… ¡Ni palabras…ni epítetos suficientemente contundentes para definirlos encontraba ya Berto en su desgarrada jerga mitad legionaria, mitad carcelaria!…

Abrazó dulcemente a la pobre Halima, sintiendo su propia alma, su propio corazón… Todo su ser, en suma, embargado por durísimo, horrísono, dolor ante lo que veía… Ella, Halima, seguía igual repitiendo su salmodiante retahíla, pero algo también en ella cambiaba. Pues Berto supo que la mujer, en un momento dado, se abrazó de verdad a él y fue consciente de que lágrimas ya incontenibles comenzaban a surcar ese su rostro ya, más que macilento… También apreció cómo la mujer, casi continuamente, semi absorta en él, le miraba, dedicándole una sonrisa apenas perceptible… Un odio bestial, irracional, había brotado en él tan pronto vio y asumió lo que con Halima estaba haciendo la ominosa mente criminal del albano-kosovar… Sí, un odio de esos llamados “Cartaginés”, por el mítico juramento que, según la leyenda, que no la Historia, su padre, Hamílcar Barca, obligara a hacer a Haníbal Barca: “Odio eterno a Roma” (1)… Pero, al propio tiempo, combinado con una ternura hacia aquella mujer en verdad inigualable, cuando más, superable…

Así que, lleno de cariño, de dulce suavidad, la llevó hacia la cama
• No te preocupes Halima; cariño mío… Tu tortura se ha acabado… Yo te protegeré… Enmendaré, de verdad, aquello tan horrible que te hice… Duerme, mi amor… Descansa, descansa ángel mío…

Sí; la había llevado hasta la cama y tumbado sobre ella, cerrándole, amorosamente, la abierta bata… Le acarició las mejillas, el pelo, la besó en la frente…con Halima sonriéndole, suspendida ya la aprendida retahíla, mientras suavemente, con infinita ternura y cariño en la voz, le pedía que cerrara los ojos y durmiera… La mujer seguía con sus ojos fijos en él y la feliz sonrisa en los labios, pero hizo lo que Berto le decía: Cerró los ojos y, a todas luces, fue quedándose entregada al sueño… Tal vez fuera la primera vez que, en años, su sueño era tranquilo, sin pesadillas que la aterraran…

Berto entonces, cuando la vio más tranquila, se dirigió resuelto a la puerta, a manos limpias, por cierto, pues cuando salió del hotel para ser conducido hasta allí, ni proyecto tenía de en lo que la tarde iba a derivar; salió desarmado, previendo lo que, en verdad, sucedió: Ser cacheado antes de subir al automóvil… Y así, a manos limpias, salió al pasillo… En tal momento se le acercaban, por su izquierda, la mujer marroquí que le atendiera al llegar, indudablemente la “madame” del antro y un tipo al que no conocía, fornido, alto… Más menos, el tipo general de la banda de pistoleros del Arkán… La mujer le vio y, solícita hasta ser empalagosa, dijo
• ¿Desea usted alg…?

No pudo seguir hablando, pues el ex “legía” la agarró por el cuello y, torciéndoselo contundentemente, se lo tronchó en un santiamén, matándola en el acto… El hombre que la acompañaba, cogido por sorpresa, intentó retroceder hacia atrás al tiempo que se llevaba la mano a la trasera del pantalón… Tampoco pudo hacer más, pues Berto le cayó encima, arrastrándolo al suelo, al tiempo que su mano derecha, grande cual rueda de molino, se aferraba a su cuello, presionando salvajemente las dos carótidas, causándole así mismo la muerte en un par de minutos, sin permitirle emitir ni un mínimo sonido de alarma

Deshecho de esos dos primeros enemigos, registró al hombre, cobrándose una pistola, lo malo que con un solo cargador, pero también una “chaira” de regular tamaño, quince o dieciséis centímetros lo menos… Con un arma en una mano y la otra en la contraria, fue avanzando, cual lobo al acecho, en busca de sus siguientes presas… Hora y pico después, la villa, pues eso era el lugar, estaba libre de esbirros, reducidos a cinco cadáveres cuando Berto, con Halima en sus brazos, se metía en el automóvil que hasta allí le llevara, partiendo, en el acto, hacia Ceuta

Era ya noche cerrada, las diez o las once, cuando Berto, con Halima a su lado, entraba en la española ciudad norteafricana. Directamente se dirigió a la casita baja que en el barrio musulmán habitaba el “Chino” con su “detalle”, una chica marroquí, Muna, de casi treinta años ya y de la que tenía dos críos, niño y niña; no hizo falta que explicara o dijera nada, pues del tirón la pareja del “Chino” se hizo cargo de Halima…
• ¡Dios de mi vida, hijita!… ¡Qué te han hecho, cariño!… ¡Qué te han hecho!…

Berto preguntó al ”Chino” si le podía dar algo de munición y su amigo le alargó dos cajas del 9 largo “Parabellum”, al tiempo que tomaba él mismo dos pistolas y otras cajas de munición diciendo
• Andando Berto; vamos a darles ”matarile” a esos cabrones, hijos de puta, de los eslavos
• Esto no va contigo, “Chino”; esto es sólo cuestión mía…
• Y una mierda “pa” ti… También Halima es amiga mía… Y de Muna… Y a esos hijos de puta hay que “apiolarlos” para que aprendan a respetar a los “legías”… Y eres mi “colega”, mi compañero… “Al grito de “A mí, la Legión”, acudirán todos y, con razón o sin ella, ayudarán al compañero en apuros”… Ya lo sabes… O, ¿has olvidado nuestro “Credo”…el que nos legó nuestro fundador, Millán-Astray?…

No hubo más que hablar, y los dos partieron rumbo a Tánger; llegaron a la “Urbanización” donde el Arkán tenía su lujosa morada con las primeras horas de la madrugada; valiéndose de un corta-alambres abrieron un boquete en la alambrada que circundaba toda esa zona, colándose dentro sin que nadie se apercibiera de ello, llegando en minutos a la vista del predio del albano-kosovar y, una vez allí, se dedicaron a esperar, oteando de continuo su objetivo. Dejando transcurrir el tiempo hasta hacerse próximas las cinco de la mañana; entonces se pusieron en movimiento. Previamente, con un inhibidor de frecuencias, anularon la acción de las cámaras de seguridad, dejando ciegos los monitores de dichas cámaras; bajo tal protección cubrieron la distancia hasta la casa, cuya puerta echaron abajo a tiro limpio, para seguidamente entrar en el salón disparando a quemarropa sobre todo cuanto se movía… Fue algo así como un abrir y cerrar de ojos el dejar toda la estancia cubierta de cadáveres en las más ridículas poses imaginables… Al ruido de los disparos empezaron a llegar a la sala nuevos hombres que, al instante, pagaban cara su osadía de entrar allí impunemente… Vamos, que no fueron más que minutos los transcurridos desde que entraron en la casa hasta que allí no quedó títere con cabeza…

Por cierto, que al Arkán lo “cazaron” vivito y coleando… El “gran hombre” estaba durmiendo tranquilamente, en sus particulares habitaciones, cuando empezó el “fregado”, atrapándole en “cayumbos” (calzoncillos/calzones)… Se derrumbó al instante, arrojándose por el suelo implorando piedad y misericordia… En su vida Berto odió y despreció tanto a nadie como entonces odiaba y despreciaba a aquella fiera sanguinaria… Aquella alimaña bípeda… El sádico criminal, postrado de hinojos ante ellos, rogaba, llorando, por su vida, prometiéndoles, además, el “oro y el moro” si le dejaban vivir… Primero, la mitad de cuanto poseía, luego la totalidad de su fortuna…

Berto le miraba fríamente, en silencio, y el “Chino” se mofaba, se reía de él en sus narices, amagando dispararle con el consiguiente espanto del amenazado… Por fin, hablándole suavemente, casi amistosamente, Berto le pidió, si no tenía inconveniente, claro, que les sirviera sendos whiskys, y el albanés casi ve entonces el cielo abierto… ¡Cómo iba a tener él inconveniente en servir, personalmente, a tan insignes “amigos”!… Servilmente hizo cuanto le pedían, sirviendo los vasos, con su hielo, y dejando la botella al alcance de sus “huéspedes” sobre la mesita baja junto a la que ambos se sentaban en dos sofás pareados… Berto bebió un par de sorbos de su vaso, para decir a continuación
• ¿Sabes Arkán?… Eres una rata asquerosa, pero es que, además, resultas ser un cobarde… Muy “macho” tú, ante gente indefensa… Pobres diablos…inermes mujeres… Pero cuando te toca perder, pierdes la compostura… Mírate, temblando de miedo… De rodillas, pidiendo clemencia… La clemencia que tú no tuviste con tus víctimas, a las que no te limitaste a, simplemente, matarlas, sino que tenías que torturarlas… Tenías que recrearte en su dolor… Sólo mereces la muerte… Pero no una muerte rápida… No; una muerte lenta es lo que mereces…

Arkán lanzó un alarido de terror, se revolcó por el suelo, maldijo a sus dos “amigos” hasta la enésima generación de sus antecesores y, por finales, intentó lanzarse contra Berto, que lo detuvo de un contundente golpe en la cara con la pistola que empuñaba… La alimaña de dos patas volvió a caer al suelo, lanzando aullidos de dolor, con la boca destrozada, sangrando como un cerdo a medio degollar, escupiendo esquirlas dentales… Y Berto, cual Némesis vengadora, disparó; un solo proyectil al estómago del odiado ser… Para qué más… Uno era suficiente para causarle, finalmente, la muerte, tras horas de dolorosa agonía… Tranquilamente, esta especie de Némesis, se repantingó en su sofá o diván, bebiendo su whisky a sorbos, regodeándose en la lenta, espantosa, muerte del causante de los males de Halima… Peo el “Chino” fue algo más caritativo con el cuitado, finiquitando, de un disparo en la cabeza, su agónica tortura

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La recuperación de Halima fue lenta… Muy, muy lenta… En un principio, ella no tenía nada claro… Recordaba cosas, pero no discernía si eran ensueños, fantasías oníricas de su cerebro o realidades… Le parecía que, cuando entró en aquella habitación para someterse a una nueva sesión de sexo duro…de tortura aniquiladora, se encontró con Berto, lo que al momento la tranquilizó… Pero, casi de inmediato, todo se desvaneció en su mente… Luego, incomprensiblemente, se vio en una casa, con Muna… Su amiga Muna, la mujer del “Chino”, el íntimo amigo de Berto… Luego, el tiempo fue pasando y, lo que en principio creía ensueños, alucinaciones incluso, se fueron trocando en faustas realidades… Sí, estaba en casa del “Chino” y Muna, su mujer… Y Berto, a diario, también estaba allí, con ella…

En principio, lo que en Halima más preocupaba era una anemia algo más que perniciosa; lógicamente, lo inmediato fue ponerla en manos del médico, que en no tanto tiempo la fue poniendo en vías de solución, pero entonces comenzó a hacer acto de presencia el problema de la droga… Mientras la anemia la dominaba, Halima se pasaba casi todo el día durmiendo, pues el sueño es un poderoso reparador de energías y las personas con excesiva falta de ellas suelen dormir bastante… Pero cuando fue saliendo de ese estado de postración en que llegó a la casa del “Chino” y Muna, el drama del “síndrome de abstinencia” se hizo espeluznantemente patente… Pero ella no quería aquello, no lo eligió por sí misma, sino que se lo impusieron… Y estuvo más que de acuerdo en salir de tal pozo

Así que fue ella misma quien propuso a Berto que allí, en casa de sus amigos, por muy solícitos que éstos fueran, no podía seguir… Por los niños, en primer lugar… Por su propio hijo… no era agradable verla en esos momentos álgidos, en que el cuerpo exige droga al precio que sea… Se fue con él, a la casa que Berto se agenció tan pronto volvió, de todas-todas, a Ceuta, a su vida… A una vida, en verdad, normal… Como la de cualquier hijo de vecino… Fueron días, semanas, de prueba, de abrigo y gabardina, pues superar los “monos” tampoco es moco de pavo… Pero Halima salió airosa del reto… Se “desenganchó” y pudo volver a vivir con normalidad…

Pero ella no tenía a donde ir… Tampoco de qué vivir, como no fuera volviendo a prostituirse… Y eso, Berto no quería ni pensarlo… Se la llevó pues a vivir con él… Pero no revuelto con ella… Halima quiso ser su mujer… Su hembra…
• Quiero hacerte dichoso –le decía- Que seas dichoso conmigo… De verdad que lo deseo… Me devolviste la vida… Te la debo… Te debo la vida… Marido…

Sí; él era, todavía, legalmente, su marido… Y ella su mujer…su esposa, pues nunca se divorciaron, por lo que su matrimonio seguía siendo válido… Para Berto fue una prueba horrenda el negarse a sí mismo la felicidad con aquella mujer que le tenía algo más que embrujado… Pero ya no quería soñar… No quería seguir engañándose a sí mismo… Sin duda alguna, ella le estaba agradecida… Muy, muy agradecida, y sabía que no mentía cuando le decía que quería hacerle dichoso… Sabía, además, que si él aceptaba lo que ella le ofrecía, para ella no volvería a haber más hombre que él, Berto… Pero también sabía que ella no le quería… Que nunca le había querido… Que nunca le querría… No como él deseaba, como una mujer ama a un hombre…

Cómo, ella, tan bella, tan escultural, iba a fijarse en un hombre como él, con esa cara que Dios le dio, que más parecía un culo… Un ser tan rudo… Tan zafio como él, sin gracia ninguna, que ni siquiera sabía hablar a una mujer, que a la primera de cambio se aturullaba y a la postre se quedaba callado, como un pasmarote… Y sí; podría, si tuviera los suficientes hígados para ello, disfrutarla…gozar de ella con la entera colaboración de la mujer…su mujer, en añadidura… Pero no los tenía… No podría hacerlo… Ya no; antes, cuando creía que Halima le quería como él la amaba a ella, sí pudo, pero ahora… Ahora ya no… Ahora sabía que aquello fue un sueño que él se empeñó en creérselo… Pero ya había despertado del “dulce desconcierto” y aceptaba las cosas como eran… Ella no le amaba… Le quería, eso sí, estaba seguro, pero amarle… No… Y sin amor él no quería disfrutar de ella… Le parecería que la prostituiría… Y cómo iba él a prostituir a la mujer que más que amarla la adoraba
• Ya; en todo caso, te he devuelto una vida que de milagro no te quité… No Halima… No me debes nada… Antes bien, te debo yo la dicha que antes me diste…

Así que empezaron a vivir en la misma casa, bajo el mismo techo, pero en diferentes habitaciones; ella, en una, con su hijo, él en la otra… Aquí convendrá saber que las “visitas” que Berto hizo, primero a la villa de Kenitra donde los “malos” tenían retenida a la mujer, luego, con el “Chino”, al “cubil de la fiera”, tampoco fueron tan gratuitas, pues en ambos lugares se dio un minucioso registro, y los billetes de banco, las joyas, no fue, precisamente, lo que faltó, con lo que ambos amigos acabaron aquél día con unas fortunas que, sin ser, en sí mismas, nada del otro mundo, para ellos era algo así como el tesoro de Alí Babá… Eso les permitió, a Berto, comprar esa casita de dos habitaciones, con su cocina, su estar-comedor, su cuarto de baño… Y su mijita de huerto, con su parra sombreando las horas de calorina del estío, sus arbolitos, almendros, naranjos, limoneros, sus tomates, sus verduras… Toda una especie de paraíso en la falda del monte Hacho, combinando lo montaraz con la proximidad del mar, a tiro de piedra del lugar

Luego, los dos amigo montaron una taberna donde servían tapas y comidas a quién lo pidiera, con su menú diario por pocos euros… Atendiendo la barra, sempiternamente, Berto, con el “Chino” a su lado siempre que sus deberes militares lo consentían; y en la cocina, Halima y Muna, buenas cocineras ambas, pues había que ver cómo les salía el “pescaíto” frito, al más puro estilo andaluz… El “choco” adobado, tan típico de la cercana Cádiz… Y qué decir del cazón, también en adobo…el “plusquam” famoso “Bienmesabe” gaditano… O los callos a la madrileña, las gambas “con gabardina”, (sin piel, rebozadas y fritas) o al ajillo… O esas estupendas paellas… Vamos, para chuparse los dedos todo ello…

La vida entre Berto y Halima discurría con normalidad… La normalidad propia de dos hermanos que conviven juntos… Berto, desde un principio, se encariñó de todas, todas, con el crío de ella… Le encantaba jugar con él, tenerlo en brazos, llevarlo de la mano cuando salían a pasear… Y besarle por todo y por nada… Le traía loquito el chaval… Pero es que también el chiquillo le tomó a él cariño de verdad, con lo que en nada acabó llamándole “papá”, con lo que Berto se hinchaba como pavo real, enorgullecido, aunque bastante más dichoso que enorgullecido pues, para él, el chico pronto fue ese hijo que hubiera querido tener de ella, y no tuvo

Ya sabemos que él no aceptó el sexo que ella, desde que Berto la volvió a acoger a su lado, le ofrendó… Pero Halima, desde ese principio, cada noche esperaba que, finalmente, él la llamara a su cama… O fuera el propio Berto quien viniera a ella, a su propia cama para ser dichoso con ella… Pero tal cosa no pasó y, cuando Halima se convenció de que tal cosa no sucedería se sintió rara… No era despecho por sentirse, como mujer, postergada… No… Era algo más hondo…más profundo… En tiempos se cantaba un bolero que decía: “Eres como una espinita que se me ha clavado en el corazón”… Y, más bien era eso; como una espina clavada en su corazón…

El tiempo, días, semanas, meses, fue pasando, lánguido, y a los cuatro, el negocio les fue muy bien, pues la tasca se convirtió en punto obligado, no solo para la gente de la IVª Bandera sino también para la de Regulares y la intemerata de gente más… Hasta el punto de que el “Chino” se empezó a pensar, seriamente, que qué hacía él marcando el paso, “pelando” guardias, pegándose panzadas de correr o andar en esas marchas inacabables… Y por no hablar de los ejercicios de supervivencia, cuando un helicóptero te deja allá por donde Cristo perdió el gorro… Y, hala, sin más bagaje que una brújula y un machete, y ni “pastelera” idea de dónde estás, a buscarte la vida para volver al cuartel antes de la hora marcada… Y mucho cuidado con los “compis”, pues tienes a casi toda la bandera loca por “cazarte” antes de que llegues al cuartel, que al que te agarre le dan una semana de permiso y tú al pelotón, a picar piedra, tirando de pico y pala… Que bien lo decía aquél “Inglés que vino de Londón: “Yo quererme licenciar Tercio de Millán-Astray, que pico y pala hay”…

Pero con ese paso del tiempo Halima se empezó a “coscar” de las miraditas que, de vez en cuando, creyendo que ella no se apercibía de ello, él, Berto, le dirigía, con aquella carita de corderito degollado que tanta gracia le hacía a ella… Le gustaba enormemente verle así, mirándola embobado…arrobado… ¡Se lo comería!… ¡Le comería a mordiscos…a besos esa carita tan divina!… Sí; tan divina, entonces, para ella… A pesar de que, en efecto, y como Berto bien se sabía, más pareciera un culo que un rostro… Y es que, bien se dice, que el amor es ciego… Porque ve más allá de lo aparente… Porque no sólo ve el cuerpo, sino también el alma del ser querido

Así llegó una noche cuando los tres, Berto, Halima y su hijo llegaron a casa tras todo un día de trabajo, como cualquier otro día, cualquier otra noche… Como era ya habitual, era él, Berto, quien cargaba con la criatura, dormidito del todo el chiquillo… Entraros en el saloncito y allí él tendió el niño a su madre, disponiéndose a despedirse de ella… Como siempre, comenzó por besar al que para él era un verdadero hijo y luego, como cada noche hacía, sus labios acariciaron la frente, las mejillas, de la madre… Pero esa noche, se detuvo un pelín más en tales caricias, aunándose la mano a los labios al acariciar las femeninas mejillas… Hasta su dedo pulgar se posó sobre los labios de la mujer, que, sonriéndole, besó ese dedo…

Berto agachó la cabeza, pidió disculpas por su atrevimiento y se dispuso a dar la vuelta, enfilando la puerta que llevaba a su dormitorio, pero Halima le detuvo
• Espera Berto… ¿Por qué no vienes conmigo a dejar al nene en la camita?

Berto dudó un momento, pero enseguida, sonriendo, volvió a acercarse a ella, con la sonrisa en los labios
• ¡Buena idea!… Ni sé cómo no se me ocurrió antes a mí… Anda, déjame al crío… Yo lo llevaré…

Halima, sonriente, feliz, le tendió al niño, colgándose, por vez primera desde que regresó con él, de su brazo y, así emparejados, se encaminaron los dos a la habitación que madre e hijo compartían; llegados allá, entre los dos quitaron al niño la ropa que llevaba para ponerle el nocturno pijamita, con lo que el pequeño despertó, tendiendo a ambos sus bracitos… Los dos le besaron y entre los dos le metieron en la cama, abriendo sábana y mantas ella y depositándolo en la cama él… Seguidamente, dijo Halima a su hijo
• Cariño… Tú ya eres muy grande… ¿Verdad?… Mamá…mamá ya no va a seguir durmiendo contigo…
• Y, ¿Por qué no, mamá?
• Porque mamá, desde esta noche, dormirá con papá… Vamos a ver cariño… ¿Te gustaría que papá y mamá te trajeran un hermanito?
• ¡Pues claro que sí!
• ¿Ves?… Por eso mamá va a dormir con papá… Tendremos que escribir muchas cartas a la cigüeña para que ella te traiga un hermanito…

Mientras decía esto, Halima miraba, pícara, a Berto
• ¡Vale mamá!… ¡Hasta mañana mamá!… ¡Hasta mañana, papá!
• Eso es cariño; que seas valiente… Y bueno… ¿Vas a llorar cuando papá y mamá nos vayamos?
• No mamita… No voy a llorar…
• ¿Palabra?
• Palabra mamá
• Adiós cielo… Hasta mañana… Venga… Que te vea yo cerrar los ojitos…

Y el crío cerró los ojos con fuerza… Halima besó a su hijo en la frente en tanto Berto hacía lo propio… Luego, la mujer tendió la mano al hombre y salieron de la habitación; ya en la sala, Berto clamó
• ¡Pero…pero!… ¿Qué te propones, Halima?… Yo…yo no te he pedido nada… No…no quiero que hagas nada que no desees hacer…
• Y no haré nada que no desee… Simplemente… ¡Te quiero, Berto!… ¡Te amo!… ¡Dios mío, sí…sí…sí!… ¡Te amo, te amo, te amo…marido!… Sí… ¡Marido, marido, marido!… ¡Mi marido, amor; eres mi marido…mi maridito!… ¡Y yo soy tu mujer!… ¡Tu mujer, querido mío; tu mujer…Dios mío…Dios mío!… ¡Y eso, eso es lo único que quiero ser!… ¡Tu mujer…tu esposa!… ¡Ay, Dios mío…tu hembra!…

Berto reía y lloraba al propio tiempo… Lloraba y reía de alegría… De dicha… De felicidad… Y Halima también, reía, y reía y reía… Dichosa, feliz, como nunca se sintiera… Se besaban, se mordían… Y, por qué no decirlo…se “magreaban”, metiéndose mano, a modo y manera… Por fin, Berto la tomó en brazos, levantándola en volandas como si fuera una pluma, y con ella abrazada a su cuello, besándole, lamiéndole, mordiéndole, traspuso el dintel de lo que, desde esa noche, sería su conyugal habitación, su tálamo, en lo que fue una auténtica, verdadera, Noche de Bodas…

FIN DEL RELATO

NOTAS AL TEXTO
• Por uno de los más famosos himnos de La Legión, “El Novio de la Muerte”… “Soy un hombre al que la suerte hirió con garra de fiera; soy un Novio de la Muerte que va a unirse en lazo fuerte con tan leal compañera”… Esta canción, hoy día convertida en Oración por los Caídos y que se interpreta a paso lento, de procesión, originariamente no tenía nada de marcial; surgió como un cuplé que cantaba la cupletista Mercedes Fernández, “Lola Montes” en el mundo del espectáculo; el entonces teniente coronel José Millán-Astray, fundador del “Tercio de Extranjeros”, como empezó llamándose La Legión, ve en esa canción retratado el espíritu que imprime a sus legionarios; la letra de la canción es de un romanticoide muy al gusto de la época, muy trasnochado hoy día, el hombre atormentado que busca bálsamo a su alma herida en el combate y muere heroicamente: “Supo morir como un bravo y la enseña rescató”, y que al dedo encaja en la sicología de aquellos primeros legionarios… Una curiosidad: La primera película sobre la Legión es “La Bandera”, “peli” francesa rodada en 1934 y protagonizada por Jean Gabín
• Esta leyenda arranca de las “Historias” de POLIBIO, historiador greco-romano (200-118AC). Es éste el único historiador que habla de que Hamílcar exigiera ningún juramento, respecto a Roma, a su hijo Haníbal, y Polibio no dice que el padre exigiera al hijo ese odio eterno, sino sólo que “Nunca sería amigo de Roma”… De hecho, en sus “Historias”, narrando la Segunda Guerra Púnica, Polibio dice que, cuando en 216ac, tras la aplastante victoria de Haníbal en Cannas, establece la alianza con Filipo Vº de Macedonia, las cláusulas de dicho acuerdo contemplan que Roma, tras ser derrotada, seguiría siendo República independiente, si bien reducida a potencia de segundo orden, sometida a la influencia de Cartago, como todo el centro-sur de Italia, mientras el norte quedaría bajo la influencia macedónica

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