El diablo conduce un BMW

Una infiel y sensual pecadora llega al lugar correcto para superar sus aflicciones..

El diablo conduce un BMW.

El padre Patrick despedía a media docena de devotos feligreses del curso de oración junto a Priscila, su rubia y joven asistente. “Sor Priscila” le decían por su beatitud y entrega en la iglesia. Era una bella parroquia, enclavada en un sector rico de la ciudad. El padre Patrick estaba orgulloso de las miradas y halagos que recibía de sus feligreses en sus dos décadas como párroco de aquel lugar.

Justamente, dos mujeres y sus maridos lo felicitaban por la mantención de la iglesia y la compra de un nuevo Cristo tallado, cuya tez blanca, hermosas facciones, y corona de espinas de oro serían la envidia de otros párrocos cuando un negro y lujoso automóvil, un BMW último modelo, se estacionó justo frente en el estacionamiento.

Sin esperarlo, el cura vio aparecer del negro BMW una criatura celestial, un ángel en traje de dos piezas. Era una mujer de aspecto juvenil, de curvas pronunciadas, bonito rostro de pómulos altos, ojos turquesas y labios carnosos. Su cabello trigueño recogido y la falda le llegaba hasta sobre la rodilla y poco le servían para disimular del todo las curvas naturales o las largas piernas y el trasero carnoso y respingón que era acentuado por el taco alto de las elegantes sandalias.

Sin poder evitarlo la siguió unos metros con la mirada, sintiendo algo inesperado en su bajo vientre. Con el acopio de su voluntad, logró desviar la vista a Priscila, su rubia asistente, que lo vigilaba con ojos acusadores. Con la mirada y sin que nadie notara, le dijo que volviera a la iglesia. Priscila se marchó y el cura notó la turbación de los esposos y varones en las escalinatas, que giraban la vista ante el paso de la visitante. Sin embargo, el cura continuó hablando con los fieles, en su mayoría mujeres, mostrándose impasible ante el paso de aquella hermosa mujer, que se perdió tras las puertas de su parroquia.

Cuando terminó las despedidas, volvió a la iglesia. Prácticamente no había nadie, salvo un par de asistentes barriendo y tres ancianos rezando. Con cuidado y buenas palabras, los apremió a abandonar la iglesia. Ya era tarde y la iglesia cerraría sus puertas. Incluso, despachó a los dos asistentes diciéndoles que él mismo terminaría de limpiar. Observó la iglesia en silencio y se sintió contento.

Se dispuso a ir a sus aposentos. Allí, encontró a Priscila conversando con la mujer en una salita que era la antesala a su habitación. Era un lugar pequeño que tenía una puerta al pasillo y otra a su dormitorio, un pequeño comedor, un librero, otra mesita y tres sillones eran todo en el lugar. Los adornos sólo eran cruces y pequeños cuadros religiosos. Con recato y cuidando su mirada entró a la habitación.

Priscila bebía una copa de brandy junto a la invitada.

– Padre. Ella es Ana Beatriz Bauman, aunque me ha pedido que la llame Beatriz o BB, como Bebé –explicó Priscila, sonriendo a la mujer-. Ella es miembro de un importante estudio de abogados y casada desde hace un par de años.

El padre Patrick se sorprendió de que tuviera veinticinco años, pues, él hubiera pensado unos veinte, o tal vez menos edad si hubiera aparecido con jeans en lugar de aquel elegante traje de dos piezas y camisa plateada.

– La Señora Bauman venido a confesarse –anunció Priscila con un brillo en sus ojos.

– Si –repitió Ana-. Sor Priscila me ha explicado que por disposiciones especiales de la iglesia la confesión debe realizarse ante Usted y sor Priscila. Quiero decirle que estoy de acuerdo, siempre que mis secretos no salgan de esta habitación.

– Así es. Los últimos acontecimientos y las acusaciones, muchas veces injustificadas, que hemos recibido, nos ha obligado a modificar ciertos protocolos antiguos –el sacerdote empezó un discurso del sacramento de la confesión o penitencia.

Durante las primeras explicaciones, Ana observó al cincuentón cura. Era un hombre alto, fornido y de aspecto bonachón. Su barriga y su barba le daban el aspecto del papá noé tan típicamente gringo, aunque el padre Patrick tenía el cabello castaño oscuro salpicado de canas. El hombre parecía contrastar con su joven asistente. Era una mujer de su edad, bonita, con enormes ojos azules con el cabello rubio de la gente del norte de Europa. Claro, su belleza era opacada por las prendas holgadas que vestía y que ocultaban las femeninas curvas.

– Así será, hija –le dijo con seriedad el cura-. Pero por el bien de tu alma, espero que seas sincera. Especialmente, te pido que respondas con verdad todas las preguntas que hagamos. Además, quiero que seas detallada en tu confesión. En los detalles está Dios, pero también está el demonio. Te ruego que liberes todo el peso de tu conciencia en esta confesión.

– Así lo haré –anunció Ana, terminando su copita de brandy.

– Bueno, Padre –empezó la hermosa mujer-. He sido y soy una mujer infiel. Le he faltado a mi marido, a mi compromiso con él. Además, tal vez sufro de ninfomanía, no estoy segura.

– Así que era eso –dijo el cura, comprensivo-. Continúa… ¿Desde cuándo eres infiel?

– ¿Desde cuándo soy infiel? –las mejillas de Ana se sonrosaron descolocada con la pregunta directa del párroco-. No lo sé.

– Vamos muchacha, tranquila. Sabes muy bien la primera vez que fuiste infiel. Y seguramente, la segunda y la tercera –las palabras del sacerdote eran duras, sus ojos negros fríos y autoritarios.

– Tranquila, BB. No hay nada que temer –consoló sor Priscila a la chica del BMW.

Ana bebió de una copa de brandy que le ofreció Priscila y luego rememoró.

– Mi primera infidelidad fue un mes antes de casarme –confesó finalmente.

– Detalles, muchacha. Detalles –requirió de inmediato el cura-. Quiero saber si existen atenuantes en tu caso.

– Fue en una fiesta en honor a mi hermano –respondió Ana Beatriz-. El primer hombre con que fui infiel a Tomás, en aquel entonces mi novio, fue un joven oficial. Ramiro era uno de los compañeros de promoción de mi hermano, que siguió la tradición de los hombres de mi familia en el ejército. Ramiro empezó a visitar mi casa y entabló amistad con mi padre rápidamente. Era un chico guapo y varonil, que se transformó en el pretendiente ideal para mí, según mi padre.

“Él será un perfecto esposo para ti, hija”, decía mi padre.

– Por supuesto, yo lo rechacé –Ana continuó mientras mordía nerviosa su carnoso y sensual labio inferior-. Me sentía atraída por Ramiro, pero me era imposible aceptar las imposiciones de mi padre. Yo era la “rebelde” de mi hogar. Mi padre me había sometido durante muchos años a su machismo y su anacrónico mandato en casa, por lo tanto, ya mayor de edad y en la universidad no iba a ceder a aquello. Especialmente cuando encontré a un hombre como Tomás, mi actual esposo es un adonis… -Ana se interrumpió y buscó algo en su cartera.

De su billetera sacó una foto de su esposo. Era un tipo guapo y atlético, vestido en traje de polo. Sin duda, un tipo muy atractivo. Priscila se quedó mirando la foto un buen rato antes de regresársela a BB.

– Tomás era mi vida… es mi vida –Ana se corrigió-. Pero aquellos días me sentía diferente, la víspera de mi matrimonio me liberaba definitivamente de la mantención e influencia de mi padre, de su forma machismo. Había encontrado un hombre inteligente como Tomás, que me había cautivado de la cabeza a los pies.

– Sin embargo –la voz de Ana Beatriz Bauman se apagó-, esa misma efervescencia me hizo creer que el mundo estaba en mis manos, me sentía muy segura.

– Quizás por eso, en aquella fiesta de mi hermano fui descarada con Ramiro. Ya no tenía que rechazarlo por mi padre, era libre de tomarme unas copas con “su elegido”. Ya no tenía que rechazar su mera presencia porque me iba a casar en unas semanas con otro hombre que yo había elegido. Coquetear con Ramiro era inofensivo.

“¿Por qué no?”, me repetí esa noche con unas copas en el cuerpo.

“Sólo faltaban unas semanas y seré la mujer de Tomás ¿Por qué no tontear con el chico un rato?”, pensé.

“Mi padre había perdido la batalla. Era libre de sus mandatos y machistas formas”, me dije antes de decidirme a compartir la velada con “el elegido de mi padre”.

– Así que inicié una conversación amistosa e inocente con Ramiro. Me gustó estar con aquel atractivo hombre y sentirme dueña de mi misma. Nuestros coqueteos, poco a poco, se hicieron más evidentes. Quizás ayudados por el baile y las copas de champaña.

– Era una niña que jugaba con fuego –se tomó una pausa en el relato Ana. Luego, con el rostro entre las manos la abogada empezó a sollozar, avergonzada.

– Tranquila, muchacha. Continúa cuando puedas –susurró palabras de aliento Priscila, acariciando el hombro de la trigueña abogada con ternura.

– Está bien, sólo denme un momento –respondió Ana, luego de probar un trago del brandy que Priscila le dio a beber-. Más tarde, los más jóvenes nos trasladamos a un pequeño chalet. Había bebido un poco más de lo habitual, pero mantenía a Ramiro respetando mi condición de novia respetable. El chico susurraba piropos a mi oído y mis rechazos parecían más un juego coqueto de mi parte que la defensa de mi honor como novia. En algún momento, Ramiro me hizo notar que la fiesta había terminado, mis hermanos no estaban y sólo quedaban desconocidos en el salón. Entonces, me invitó a tomar un poco de aire.

Ana hizo una pausa y bebió de la copa, nuevamente. Sus ojos turquesas estaban brillantes. Se sacó la chaqueta del traje de dos piezas, alegando que tenía calor. La camisa plateada y entallada dejó entrever unos senos grandes bajo la seda.

Los negros ojos del padre Patrick observaron a la mujer. Ahora podía notar lo reveladora de la elegante ropa de la abogada. Las curvas de Ana eran dignas de divina admiración, se sorprendió pensando el padre.

– Ramiro me llevó al balcón de una de las piezas desocupadas –continuó la hermosa chica del BMW-. Yo alegué, pero él me llevaba bien tomada de la cintura y estaba algo bebida, “alegre”. Ramiro es un tipo seguro, divertido y… atractivo. Seguimos hablando mientras bebíamos una copa de algo que no recuerdo. Ramiro me decía cosas al oído. Palabras y piropos que no eran apropiados para una joven que estaba a punto de casarse. Pero eran frases que me hacían sentir halagada, contenta.

“Eres tan hermosa. Si no tuvieras tu boda en un mes más te besaría ahora mismo” “Tu piel es tan suave. Si no estuvieras de novia te comería ese cuello a besos” “Tienes un cuerpo de diosa, Ana. Menos mal que estás de novia o pierdo toda compostura”

– Me decía todo eso y yo lo dejaba seguir susurrando palabras en mi oído. Estaba tan cerca que su aliento producía cosquillas en mi cuello –Ana continuó su confesión frente al padre y la rubia feligrés. Su mirada estaba perdida en el pasado-. Como dije, era una chiquilla jugando con fuego, pero aquel juego travieso me gustaba. Él era todo un galán. Sabía que muchas amigas deseaban a Ramiro, pero yo estaba segura que él sólo me deseaba a mí. Yo amaba a mi novio, pero en ese momento me había olvidado de él… y del resto del mundo.

“Si fueras soltera y me desearas ¿sabes lo que haría?”, me dijo en algún momento.

– ¿Qué? Respondí yo, la muy tonta… estaba siendo todo lo coqueta que no había sido con él desde que nos conocíamos –Ana bebió de un trago su copa y se la entregó a Priscila-. Entones, de improviso, Ramiro me besó. Sorprendiéndome en un estado en que no podía rechazar aquel beso.

– Me fundí en sus brazos y me dejé conducir adentro de la habitación. Me era imposible separarme de él. No pude honrar a Tomás Matías, mi novio y futuro esposo –Ana continuó, su respiración era entrecortada al recordar-. Sus besos y caricias me llevaron a la cama, nos sentamos. Fue el momento en que pude escapar, lancé un reclamo. Pero Ramiro me acalló con una caricia y un nuevo beso. No había vuelta atrás.

Ana quedó en silencio. Sin embargo, Priscila le entregó una nueva copita de brandy. Instándola a continuar.

– Caímos a la cama – prosiguió Ana, con la copa entre los labios y lágrimas aflorando en sus ojos-. Las manos de Ramiro exploraron lo que él siempre había deseado, lo que yo había prometido que sólo sería de mi novio. Ramiro confesaba con deseo su adoración mientras levantaba mi vestido para ver mis piernas y sentía sus manos explorar mi cuerpo. Me llenaba de elogios.

“Dios ¡Que hermosa eres!” “Que cara de ángel” “Que lindas piernas” “¡Que senos!” “Te he deseado tanto tiempo”, susurraba a mi oído.

– Yo estaba excitaba, lo dejaba acariciarme –la abogada limpió sus lagrimas y de inmediato procedió a corregir el maquillaje con ayuda de un espejo-. Pero no me atrevía a tocar. Sentía mucho calor, pero en aquel tiempo era muy tímida y retraída. Mis padres me habían enseñado que los seres humanos deberían compartir el amor como hombres no como animales y una señorita debía ser especialmente virtuosa, incluso en la intimidad. Sólo después de casada logré soltarme en la cama, en el sexo. Primero con mi esposo, luego con mis amantes.

– No te desvíes de la historia, querida –pidió el padre Patrick.

– Esta bien, padre –dijo Ana, bebiendo de su copa. Preguntándose si era la segunda o la tercera copa de Brandy que ingería-. Estaba excitada. Nos besábamos extendidos en la cama, las manos de Ramiro no paraban, iban de mis senos a mi trasero en una caricia profana que encendía mi lujuria.

– El seguía halagándome en susurros, calentándome –continuó la trigueña abogada-. Yo no podía estar más excitada. No tarde en sentir los dedos de Ramiro en mi sexo, al principio opuse resistencia. Era lo que había aprendido, como señorita y futura esposa de Tomás Matías.

– Pedí respeto, aunque no era lo que deseaba –La hermosa abogada empezó a respirar agitadamente-. Deseaba ser tomada por aquel hombre. Quizás por eso me rendí al deseo tan fácilmente, con dos dedos de Ramiro penetrándome rítmicamente. Estaba en la gloria. Me entristece decirlo ahora, pero empecé a hablar, a pedirle a mi amante “cosas”.

– ¿Qué le pedías a Ramiro? –interrumpió el padre, inmerso en el relato.

– Le pedía que me tomara –dijo Ana, los ojos turquesas brillando salvajes-. Le pedía que me follara. Que me hiciera suya. Por supuesto, el no esperó más. Mis ruegos eran todo lo que había deseado escuchar esa noche. Me sacó mi calzón juvenil, se subió arriba mío y me penetró. Fue torpe, pero estaba tan mojada que no me dolió demasiado, incluso la rudeza de Ramiro hizo que deseara sentir su pene más adentro de mi cuerpo. Era una locura, pero disfruté cada envestida. Podía sentir el pene de mi amante, sus labios en mis senos y su aliento en mi cuello confabularse para que yo, una señorita bien enseñada, actuara como una puta. Todo me llevó a que de mi boca salieran frases que jamás pensé decir.

“!Fóllame!” “Cógeme, soy tuya” “Dame más duro, cabrón”

– Estaba hecha una puta –dijo de pronto Ana-. Tal vez, eso he sido siempre… una puta.

Quedó un momento en silencio, como tratando de recuperar la compostura.

– No había forma de detener lo que pasó esa noche –continuó la sensual dueña del BMW, luego de un suspiro-. Cuando mis piernas estaban entrelazadas a la cintura de mi amante, sentí que Ramiro apresuró sus embestidas contra mi ardiente coño. Entonces, empezó a descargar su semilla en mí. Su semen me llenó y tuve un orgasmo delicioso.

– Lejos de huir inmediatamente de la habitación cuando terminó el deseo –continuó Ana, luego de una pausa-, nos besamos un rato más. Mi calentura le permitió a Ramiro tomarme una segunda vez, sin tantos apuros, entregándome otro orgasmo mientras lo observaba correrse sobre mi vientre. Luego de eso, la calentura se transformó en culpa, en vergüenza y en miedo de perder a quien realmente amaba, mi novio. Salí de la habitación y de la vida de Ramiro.

– Aquella fue mi primera infidelidad –terminó Ana-. Reviviéndolo hoy, me parece un desliz torpe e inocente.

La conclusión de Ana no dejaba dudas.

“Aún había mucho por contar”, pensó el padre Patrick.

– Me parece que debes continuar, muchacha –dijo el cura mientras Priscila llenaba la copita del cura-. Necesito saber más antes de conceder la expiación.

Ana levantó la vista con el rostro enrojecido y observó al cincuentón cura y su rubia feligrés. No quería que notaran su estado. Sin quererlo, Ana se había excitado al recordar su primera infidelidad.

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