Encuentros nocturnos

Relatos chat porno

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Estoy caliente solo de pensar en él, me excita, me provoca, solo hemos hablado una vez por el chat y ya hemos quedado. Le espero ansiosa.

Miro el móvil y es media hora después de que habíamos concertado la cita. No me gusta esperar. Doy vueltas alrededor del lugar. Odio tener que esperar. Me siento en un café y ordeno algo caliente para esta noche fría. Saco un barniz de uñas rojo cereza. No tengo nada más que hacer. Me dedico a pintarme las uñas mientras te espero. Frustrante. El café frente a mi humea y se ve invitante. Pero la verdad es que no tengo ganas de tomarlo. Estoy irritada… voy por la penúltima uña. Muy concentrada en lo mío escucho un ‘Hola’

Un hola y me giro para comprobar la excitación

Alzo la vista y ahí estás. Alto, delgado, con unos ojos miel que me matan. Una cara preciosa, de esas de un niño que no rompe ni un plato, vistiendo una camisa del color de un excelente vino de oporto, pantalón negro y zapatos de vestir. Recién afeitado y bañado.

Te sientas junto a mi y me observas curioso de lo que hago. Te pido esperes un momento mientras me pinto la última uña… Listo. Guardo mis cosas y estiro la mano hacia mi café. Relatas una historia de una semana pesada y un pleito en tu casa. Te escucho atenta. Me miras detenidamente y te disculpas, pues siempre hablamos de trabajo. A mi no me molesta… no entiendo ni jota de lo que me dices, pero no me molesta. Sonríes y me preguntas si he cenado. No, la verdad no. Mi última comida fue hace varias horas ya, pero no tengo hambre. Me preguntas si estoy cansada… tampoco. Preferí verte a ti. Sonries. Nos levantamos y vamos a otro sitio.

Mi coño estaba caliente solo de estar a su lado

Pides cerveza y algo de comer. La banda de rock es algo mala, pero toca lo suficientemente fuerte como para no dejarme escuchar bien lo que dices. Estamos ahí un rato, platicamos, reímos, nos abrazamos, nos besamos. Me muerdes el cuello. Me gusta… Yo no me acabo mi trago y la comida se queda ahí, casi intacta. Es hora de cerrar. Me acompañas a mi auto… y antes de dejarme entrar preguntas si me tengo que ir. En el fondo sé que sí lo tengo que hacer, pero te miento y te digo que no.

Subo a mi auto y me sigues en el tuyo… vamos a otro lugar con menos gente, menos ruido. Conducimos a través de las calles de la ciudad, hacia uno de los cerros que circundan el valle. Me estaciono en la orilla de un parque en desnivel, que hace las veces de mirador. Cambio de auto introduciéndome al tuyo. La poca gente que hay me observa sin decir nada, vuelven a lo suyo en cuanto se cierra la portezuela.

Platicamos un rato más, sonries, me vuelves a mirar fijamente y me besas. Despacio primero. Me muerdes el labio inferior y gimo, duele pero no me retiro. Lo tomas como una invitación y me sigues besando y mordiendo, cada vez un poco más fuerte.

Esa sensación de tus dientes sobre mi piel, tus dedos sobre mi cintura, tu mano derecha jugando con mi cabello, la izquierda acariciando mi pecho por arriba de la ropa; tu lengua recorriendo mi cuello… No puedo controlar mi respiración, tu nombre entrecortado se escapa por entre mis labios… el cristal empañado en una noche fría, tu calor y el mío haciendo obvia la situación, en un lugar en el que nadie camina por la noche. Sólo otros autos estacionados alrededor y las luces de la ciudad son testigos de nuestra circunstancia.

Tu lengua se desliza en mi oído, mi piel se eriza y una de mis manos dirige las tuyas a mis nalgas. Mi cuello se estira mientras sigues recorriéndolo con tu lengua. Tu nombre sigue flotando en el aire. Te inclinas sobre mi y tu mano se desliza por debajo de mi blusa, tus dientes vuelven a pellizcar mi piel hirviente. Una de tus manos entre mi cabello, la otra encontrando su camino hacia mis pezones. Los encuentra, los siente, los acaricia, los frota y finalmente los presiona mientras me muerdes el labio inferior. Gimo más fuerte. Me gusta lo que haces.

Sabía cómo hacer enloquecerme de deseo

Te separas de mi. Me miras, sonríes y me acomodas el cabello. Me dices “Me encantas” y me vuelves a besar. Arremetes contra mi labio y tu mano izquierda se desliza por la parte trasera de mi pantalón. Me aprietas la nalga con fuerza mientras muerdes mi labio inferior hasta que sale una pequeña gota de sangre. La pruebas y sonríes… dices que ya no me morderás más. Te digo que puedes morderme lo que quieras, mientras mi mano derecha se desliza entre tus piernas y comienza a frotar el bulto entre ellas. Siento que crece un poco más hasta que ya no cabe en el pantalón.

Te sigo besando y jugando tu lengua con la mía mientras maniobro con una sola mano para liberarte, un movimiento algo complicado. Intentas ayudarme, pero tú tampoco puedes. Me las ingenio y termino lográndolo sin separarme un instante de tus labios. Adivinas mi intención y en un solo movimiento diriges mi cabeza a tu entrepierna. Con cuidado saco tu pene de debajo de tu ropa y, sin tomarlo entre mis manos, lo introduzco en mi boca.

Me gusta su sabor. Hay una gota en la punta. Su sabor salado me vuelve loca. Lo succiono y lo introduzco lo más profundo que puedo en mi boca hasta mi garganta. Inicia el vaivén. Lo presiono con mis labios mientras muevo la cabeza hacia arriba y abajo. Tu cadera instintivamente se eleva. Lo hundo aún más y tus manos empujan mi cabeza hacia abajo. Tocas el fondo de mi garganta. Gimes. Lo haces cada vez más rápido. Te gusta sentir el fondo, lo haces dos, tres, cuatro veces. Sientes como mi garganta se cierra sobre de ti con cada movimiento. Paras. Tomas mi barbilla y la elevas. Me vuelves a mirar fijamente. Lo dices de nuevo “Me encantas” y me vuelves a besar.

Mientras me besas, tu mano izquierda se desliza por el frente de mi pantalón. Busca… busca… Encuentra mi clítoris y tus dedos empiezan a frotar como desenfrenados. Se deslizan más abajo y encuentran mi humedad. Se bañan en ella y vuelven a subir y siguen frotando. Tu nombre vuelve a salir de mis labios, entrecortado, más fuerte… Encuentro tu oreja y deslizo mi lengua a su alrededor. Te estremeces mientras sigues frotando y estoy a punto. Tiemblo. Tu nombre se escucha aún más fuerte. Nunca imagine que tú, con esa carita, con esa actitud tan tímida desde que te conocí, me pudieras hacer sentir así.

Navego en un mar de placer y el deseo crece

Exploto. Siento como mi humedad se acrescenta… Quiero respirar un poco, pero no me lo permites. Sigues frotando mi clítoris e introduciendo tus dedos en mi. Dos veces… estoy temblando mientras continúas besándome, pero no me das tregua. Sigues haciendo tu faena. Tu nombre sale en un grito. Sonríes de una manera pícara y un tanto malévola. Creo que te gusta tenerme así.

Saco tu mano de mi pantalón. Ya no puedo más. Me hinco sobre el asiento y me vuelvo a inclinar sobre ti. Tomo tu verga entre mis manos y la vuelvo a introducir en mi boca. Te acomodas en tu asiento y respiras profundamente. De repente dejas salir un gemido casi imperceptible, pero no puedes permanecer quieto. Vuelves a deslizar tu mano por detrás de mis nalgas y buscas mi vagina húmeda. Introduces tu dedo y lo mueves adentro y afuera, al mismo ritmo en el que yo mamo tu falo erecto y duro…

Suena un celular… mi celular… contesto, guardas silencio. Es él… ‘Dónde estás?’… su voz resuena en el silencio del auto y de la noche… ‘Qué no me oyes? Dónde estás?’…Sí, te escucho, voy para allá… cuelgo. Te miro y me regresas una mirada llena de resignación… Tu carita angelical, esa en la que parece que no rompes ni un plato. Sonrío. Me inclino sobre ti y te comienzo a besar de nuevo. No puedo parar, me encantan tus labios, tus manos, tu cuerpo. Pasas tus brazos a mi alrededor y continuas besándome.

En un acto impulsivo me abalanzo sobre de ti y paso mi pierna derecha sobre tu cuerpo. Quedo a horcajadas sobre de ti. Me tomas de la cintura y tú mismo empiezas a mecer mi cuerpo arriba y abajo, mientras mi cadera se frota contra la tuya. Me besas el cuello, el pecho. Levantas mi blusa y besas mis pezones. Jugueteas con ellos con tu lengua y los mordisqueas. Sigo moviendo la cadera sobre de ti. De verdad me gustaría sentirte dentro.

Un final inesperado y gustoso para mi coño

La excitación ha provocado en mí algo vergonzoso y hasta insultante para mi persona: ganas irremediables de orinarme del gusto y del impacto de su presencia de todo este rato.

-Me orino, no me puedo aguantar- le digo avergonzada

-¿A eso has venido?, ¿a mojarte y luego orinarte?. Sal del coche, que te vea, con las bragas en las manos, y a mear como una perra caliente. Te abres y me miras mientras lo haces.

Yo no supe en ese momento si podría salir del coche y hacer lo que me pedía. Lo hice rápido y nada más abrir las piernas un chorro bien caliente salió de mi coño produciéndome el placer que nunca ni una polla logró provocarme. Acabé, con las bragas en la mano, volví al asiento. Él me miró con un ademán de aprobación.

En ese momento, y sin mediar palabra, me das una nalgada y me separas de ti. “Tienes que volver”… suspiro en resignación… lo sé… Te beso dulcemente sobre los labios y me muevo hacia el asiento del copiloto. Acomodo mi cabello frente al espejo. Observo las huellas de la batalla. Me has dejado marcada en el pecho y el coño con un calor y humedad inexplicable. Me coloco la chaqueta y me recargo en el respaldo. Arrancas el auto y lo diriges unos cuantos metros hacia delante hasta el mío. Te beso por última vez y salgo de tu auto para entrar en el mío. Los dos nos perdemos en la oscuridad de la noche y la complicidad de las calles de la ciudad…


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