Las zapatillas de Isabel

Mamar tetas lactantes

Pepe vivía, en una gran ciudad, en un barrio, en un piso como tantos otros con varios vecinos, tenía 14 años y su vida sexual se reducía a las pajas, como cualquier chico de su edad, la única diferencia es que él no basaba sus fantasías en gente famosa ni en modelos, para él tenía más morbo imaginarse follando con cualquier mujer que viese por la calle y le gustase o con alguna vecina, la verdad es que había varias que en su imaginación estaban dispuestas a hacer cualquier cosa que él ideara, últimamente había empezado a masturbarse pensando en su vecina de al lado, Isabel.

Era una mujer de unos cuarenta años, con un hijo de tres, al que a pesar de su edad le seguía dando el pecho, Pepe nunca la había visto, pero muchas de sus pajas consitían en imaginarse que era él el que chupaba esas tetas.

Isabel y la familia de Pepe se llevaban muy bien, tenían las llaves de su casa para echar un vestizo o regar las plantas cuando se iban de vacaciones.

A Pepe le gustaba entrar a casa de la vecina para jugar con su hijo y para estar cerca de ella, le gustaba fijarse en la ropa que llevaba y así luego cuando se masturbaba pensando en ella imaginar que se la iba quitando poco a poco.

Isabel no era nada provocativa, en invierno solía llevar una bata de paño hasta los tobillos y en verano o bien un sueter y una falda no muy corta, casi siempre por encima de la rodillas, o bien una bata abotonada de arriba abajo que le llegaba a la misma altura más o menos.

Un día estaba Pepe jugando con el hijo de Isabel, en un momento dado este dio un golpe a una mesa, con tan mala suerte que un jarrón se cayó al suelo y se hizo añicos, al oír el ruido Isabel se acercó haber que había pasado, en esta ocasión llevaba una falda negra y una blusa que le estaba bastante holgada.

    • ¿Que ha pasado? Preguntó Isabel.
    • Nada, dijo Pepe, que Luis (era el nombre de su hijo) ha tirado el jarrón.
    • Eres un demonio, Luis, se quitó la zapatilla y se agachó para darle con ella a su hijo en el culo.

Al agacharse Pepe pudo ver sus tetas, la blusa se echó hacia delante y dejó ver sus pechos, ese día Isabel no llevaba sujetador, Pepe no podía quitar los ojos de esas tetas con las que tanto había soñado.

Se despidió como pudo y se fue a su casa, al servicio, esta vez iba a hacerse una paja, no imaginándose las tetas de Isabel, sino viéndolas porque ya sabía como eran, cuando se iba a correr se le mezcló la imagen de las tetas y las zapatillas, se corrió, no supo si pensando en sus tetas o en sus zapatillas.

Hay que recalcar que las dichosas zapatillas eran unas zapatillas normales, de las de estar por casa, de mercadillo, su madre tenía unas parecidas y nunca le habían parecido nada eróticas, pero ver como le daba a su hijo con ellas en el culo le despertó la lujuria.

A partir de entonces, Pepe, aprovechando que tenía las llaves de su casa entraba en ella cada vez que sabía que Isabel no estaba, siempre hacía lo mismo, iba al lugar donde tenía las zapatillas y se las ponía, después iba a la lavadora a ver si entre la ropa sucia había unas bragas, posteriormente se dirigía al dormitorio y cogía un sujetador de su ropa interior, se tumbaba en la cama de matrimonio con las zapatillas puestas, se ponía las bragas en su nariz para sentir el olor del coño de Isabel y empezaba al masturbar con la copa del sujetador en su polla, lo hacia lentamente y cuando se iba a correr cogía una zapatilla, metía su polla dentro y echaba toda su lefa dentro, esperaba que no le pillasen si no no sabía como iba a explicar su afición y también se imaginaba a Isabel mirando sus zapatillas sin comprender porque siempre aparecían manchadas y con una humedad pegajosa. Joder que placer le daba todo eso.

Un día que Pepe estaba en plena faena volvió Isabel antes de lo previsto, entró en su casa y oyó ruidos en el dormitorio, Pepe ni se enteró, estaba muy concentrado en sus cosas para ver lo que tenía alrededor. Isabel se asomó al dormitorio y lo que vio la dejó alelada, allí estaba Pepe con una de sus bragas en la nariz, con un sujetador en su polla y con sus zapatillas puestas, su primera intención fue entrar y echarle a patadas, pero se quedó mirándole y se lo pensó mejor, la verdad es que el mocoso tenía una polla nada desdeñable, era más pequeña que la de su marido, pero de grosor estaban a la paz, quiso evitarlo, pero se estaba poniendo cachonda, se levantó la falda y empezó a acariciar su coño, lo tenía completamente húmedo, Pepe la había excitado de mala manera, se llevó los dedos a su nariz y olio sus flujos, se había corrido de mala manera, de pronto vio que Pepe se quitaba la zapatilla y echaba todo su semen dentro de ella, ahora se explicaba todo, no le dio asco de haber metido el pie en la lefa de Pepe, le dio más bien un cierto placer, la verdad era un poco viciosilla aunque lo disimulaba bien.

Viendo que Pepe había acabado y se iba a levantar se fue al cuarto de al lado y esperó a que saliese, se quedó pensando en como conseguir estar al lado de ese niño que podía ser su hijo para hacer cosas sucias pero muy agradables.

Se le ocurrió una idea que iba a poner en práctica en cuanto supiese que Pepe estaba solo en su casa, esperaba que fuera pronto porque no sabía si iba a poder contenerse cuando le tuviese cerca.

La ocasión se le presentó pocos días después, llamaron a su puerta, abrió y era la madre de Pepe.

    • Hola, Isa, me tengo que ir, me han llamado diciéndome que está mi hermana enferma y voy a ir a verla, tardaré un poco ¿puedes echarle un vistazo a Pepe?
    • Claro que si, no te preocupes.
    • Gracias, Isa, adiós.
    • Adiós.

Isabel entró en su casa, cogió las zapatillas y a su hijo, para no dejarlo solo y fue a casa de Pepe. Llamó al timbre y Pepe abrió.

    • Hola, Pepe.
    • Hola Isabel, contestó Pepe alucinado al ver a su vecina con las zapatillas en la mano.
    • ¿Puedo pasar?
    • Claro que si.
    • Mira, le traigo estas zapatillas a tu madre, a mi me están algo justas y como ella tiene un pie un poco más pequeño a lo mejor le sirven.
    • Bueno pasa, ¿quieres tomar algo?
    • Si, dame un vaso de agua, por favor.

Pepe se fue a la cocina a por el agua e Isabel al salón con Luisito.

Cuando Pepe volvía con el agua y llegó a la puerta del salón, se quedó alucinado, Isabel estaba dándole el pecho al niño, tenía las estas fuera de la bata que llevaba, pero lo más extraño es que había colocado sus bragas encima de la mesa, junto a las zapatillas.

Isabel levantó la vista y vio a Pepe en la puerta, paralizado, mirando fijamente sus tetas.

    • Ven aquí, Pepe, le estoy dando de mamar al niño, es su hora, si no se pone insoportable, ¿nunca habías vista a una mujer dar el pecho.
    • No, nunca.
    • Ven, anda siéntate a mi lado.

Pepe se sentó, no quitaba los ojos de los pechos de Isabel, ésta miró a su entrepierna y vio el bulto en su pantaló, quitó a Luis de su pecho.

    • Venga, Luis, vete a jugar un rato.
    • Si, mamá.

Cuando su hijo se hubo alejado, Isabel le dijo a Pepe.

    • ¿Que pasa, tienes el pajarito contento?
    • No se, Isa.
    • Yo creo que si, dijo pasándole la mano por encima del pantalón, vamos a sacarlo de su jaula no se vaya a lastimar.

Le desató el botón del pantalón y se los bajó a la vez que el calzoncillo, apareció su polla totalmente tiesa.

    • Vaya, niño, ni pajarito ni nada, es toda una señora polla, como engañas, Pepe.

Comenzó a hacerle una paja, Pepe estaba en la gloria, su vecina, su amor platónico le estaba masturbando, no era un sueño, cuando se iba a correr Isabel cogió su zapatilla de encima de la mesa, le metió la polla dentro y le apretó fuerte, Pepe sintió un gran dolor y a la vez un gran placer y se corrió dentro.

Se quedó exhausto y pensando como habría descubierto Isabel lo de las zapatillas.

    • Vaya, resulta que al mocoso le gustan más mis zapatillas que yo, dijo Isabel con un tono de desagrado y empezando a levantarse para irse.
    • No, Isaa, tu me encantas, no te vayas por favor, me encanta tu culo y tus tetas.
    • ¿Estas?, dijo Isabel cogiéndoselas con ambas manos.
    • Si, me gustaría mamarlas como Luisito.
    • ¿Pues a que esperas mi niño?

Isabel cogió la cabeza de Pepe y se la llevó al pecho, éste comenzó a mamar inmediatamente, además Isabel cogió sus dedos y los metió en su coño, hundiéndolos y haciendo que los metiese y sacase al ritmo de una polla, de repente apareció Luisito.

    • Anda, mamá, le estás dando de comer a Pepe.
    • Si, cariño, tenía hambre y como su mamá no está le doy yo mi lechecita.
    • ¿Te gusta la leche de mi mamá’
    • Me encanta, Luisito, tienes mucha suerte de poder tomarla todos los días.
    • No le digas nada a papá, Luisito, él quiere que toda mi leche sea para ti y se enfadaría.
    • De acuerdo, mamá.

Lo morboso de la situación hizo que Isabel se corriese, Pepe sintió sus dedos mojados, los sacó del coño y empezó a chupárselos.

    • ¿Te gusta su sabor?
    • Si, saben a pescado.
    • La próxima vez me beberé yo tu leche y te diré a que sabe, nunca me he comido ninguna polla, la tuya será la primera.. Desde que te vi en mi casa pajeándote estaba deseando estar contigo.

Así es como se enteró de lo de las zapatillas, pensó Pepe, que puta.

    • Bueno, me voy que va llegar mi marido y le tengo que preparar la comida.

Se levantó, se abotonó la bata tapando sus tetas, cogió sus bragas y se las metió en el bolsillo, agarró a Luisito de la mano.

Cuando se iba miró las zapatillas y le dijo a Pepe.

– Cuando quieras jugar con ellas o conmigo, ya sabes donde estoy, eso si, procura que no esté mi marido, se podría enfadar.

Comparte:

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.