relatos incesto y filial

Mi madre: leche para todos

Mi madre era el deseo de todos, sus tetazas daban leche para un cuartel. Allí se juntaron dos madres para sus pequeños, dando más que leche, amor filial, incesto, todo era poco para ella, era increíble hasta donde podían llegar con su calidez y ternura. Amor por todos los sitios, erecciones grandes y pequeñas de toda la familia. Aquí veo lo que familias pueden hacer, hay de todo ya veréis, es una familia italiana, pero para el caso, es casi lo mismo que la mía, en minuto 43.20 más o menos es muy bueno, me pone a mil, como pone a la pecadora en su habitación con con el culo para arriba apoyada en una mesita…uff, el padre, le va a dar una buena. Aquí tenemos mamás esperando dar leche…

Cómo iba diciendo, mi familia era una orgía permanente, allí estábamos los cuatro, los nombres ya se irán viendo durante el relato, el caso, el que había dos madres para todos nosotros. Tumbados sobre las mantas, madres e hijos desnudos. Acariciaba a Raquel abrazado a ella, sintiendo el calor de su cuerpo, oliendo el aroma del sexo. Roque hacía lo mismo con mi madre pero su obsesión eran sus grandes tetas, no paraba de acariciarlas y empezó a besar su pezón.

– ¡Quieto mi niño! – Dijo Pili empujándolo para apartarlo. – Hemos tenido algo de sexo pero aún os queda mucho para que podáis introducir vuestros aparatitos en nosotras.

– ¡Vamos Pili! – Contestó nervioso y excitado montando un poco más su cuerpo sobre ella. – ¡No puedo pararme ahora, necesito tus tetas!

– ¡Te ha dicho que no y ya está! – Le dijo Raquel dándole una fuerte y sonora bofetada en la cabeza. – ¡Ya está y ahora a dormir!

– ¡Bueno, vale! – Protestó aceptando la orden de su madre. – ¡Pero déjame que duerma abrazado a ti!

– ¡Nada de eso! – El tono de Raquel fue fuerte. – Ustedes dormiréis en una habitación y ella y yo en la otra.

– ¡Pero… nos váis a dejar así! – Siguió protestando.

– ¡Cariño! – Le dijo mi madre acariciando su cara. – Habéis tenido un poco de sexo esta noche. Sé que tenéis fuerza para seguir, seguramente toda la noche, pero por hoy es suficiente para estas dos madres. ¡Compréndelo, tenemos que asimilar un poco lo que ha ocurrido aquí…! – Le dio un beso a pasionado y él quedó conforme.

– Así que ahora asearos un poco y después cada uno a su cama que mañana hay que levantarse temprano. – Dijo Pili y nos besamos con la misma intensidad que unos minutos antes.

Y así nos levantamos y recogimos las mantas. La chimenea aún daba calor pero sólo quedaba un hipnótico rescoldo que crepitaba. Ellas se colocaron la parte alta de sus pijamas y se las veía muy sensuales con sus traseros medio cubiertos. Uno a uno entramos en el servicio para limpiarnos los restos de nuestro fugaz sexo. Las madres entraron en su habitación y los hijos en la nuestra. Nos tumbamos en la cama, sólo había una cama de matrimonio por habitación, así que Roque estaba junto a mí.

– ¡Recuerda que mi madre está en la otra habitación! – Le dije de broma. – ¡No te pegues mucho a mí que te puedo despertar de forma desagradable! – Reímos los dos.

– Paco, siempre soñé con poder tener las tetas de tu madre, esta noche he disfrutado más que nunca. Estaba como en un sueño. ¡Tu madre es impresionante!

– La tuya también, esa cara siempre me tenía enamorado. Imaginé que nunca podría amarla como mujer, pero esta noche he tocado el cielo al sentirla sobre mi cuerpo.

No sé si él seguiría hablando, pero acabé de hablar y quedé profundamente dormido. Durante el sueño mi subconsciente repetía parte de las experiencias vivida aquella tarde. Acariciaba de nuevo el cuerpo de mi hermosa Pili, sus ojos me miraban y me hacían estremecerme, de nuevo revivía todo.

– ¡Vamos niños! – Sonó la voz de mi madre. – ¡Ya es hora de levantarse! ¡Ya son las diez!

Me levanté antes que Roque y me puse mi ropa. Pasé por la cocina para ir al baño y después de asearme un poco salí. Allí me encontré a Pili preparando café. Me acerqué a ella con un poco de inseguridad. La noche anterior nuestros sexos se habían unido en una masturbación, pero no estaba seguro de que aquella mañana estuviera tan receptiva. Pasé mis brazos por su cintura y la abracé hasta que mi cuerpo estuvo pegado al suyo, apoyé mi barbilla en su hombro.

– Sí, ¡hola cariño! – Me dijo. – ¿Has dormido bien?

– ¡No! – Contesté dándole un beso en la mejilla. – He dormido con tu hijo…

Ella rió divertida y moviendo el culo me empujó de un dulce culazo como queriendo que me separara.

– ¡Anda, avisa a los demás que ya está el desayuno!

Roque lo encontré en el salón, camino del baño y se lo dije. Mi madre entraba por la puerta. Entre todos pusimos la mesa y nos sentamos a desayunar. Mi madre estaba más feliz de lo que nunca la había visto, al igual que su amiga Pili. Las dos madres sonreían y nos miraban.

– Cuando acabéis el desayuno traer un poco más de leña para esta noche… – Dijo mi madre mirando a Roque. – Traed más que esta noche puede ser más larga…

– Nosotras vamos a ir al pueblo a comprar comida para toda la semana… – Pili añadió. – ¿Necesitáis algo del pueblo?

– Tal vez haga falta… – Dije y me entró vergüenza cuando comencé a hablar. – Bueno, hará falta algo para que no pase nada… – Seguía enredándome más yo solo. – Quiero decir que si llega a suceder…

– Paco. – Dijo Roque. – Tú lo que quieres son condones ¿no?

– Bueno, sí, eso… – Bajé la mirada.

– Qué “eso” pase dependerá de ustedes… – Dijo mi madre con una sonrisa maliciosa.

– ¿Cómo de nosotros? – Añadió Roque.

– Si vemos que sois buenos, atentos, estudiáis y hacéis todo lo que se os pida… – Pili miró a su amiga excitada. – ¿Tú le darás placer a mi Roquito?

– ¡Claro! – Dijo mi madre. – ¿Y tú tratarás bien a mi Paquito?

– ¡Lo acogeré en mi seno cómo si fuera mi hijo! – Pili se levantó. – ¡Así que ya sabéis, cuando acabéis recogéis la mesa y traéis la leña…!

– En una hora volvemos… – Mi madre se levantó junto a su amiga y las dos salieron de la casa para el pueblo.

– ¡Vamos Paco! – Me espoleó mi amigo. – ¡Hagámoslo rápido y esta noche nos estrenamos con dos mujeres!

Durante el tiempo que estuvieron nuestras madres fuera, Roque corría para hacer todo lo que ellas habían pedido. Trajo un montón inmenso de leña, tal vez con la esperanza que cuanto más metiera en casa más follaría aquella noche. Después cogimos los libros y nos sentamos en la mesa de fuera. Ya eran las doce y el agradable calor primaveral invitaba a estar allí sentado disfrutando de los sonidos del bosque. Quince minutos de estar estudiando apareció el todo terreno de Pili y nuestras madres salieron de él.

– Venga, ¡Vamos chicos! – Dijo mi madre agitando la mano para que nos acercáramos. – ¡Venid y meted todo esto en la cocina!

– ¡A ti si que te metía yo todo esto! – Dijo Roque en voz baja junto a mí.

Entre los dos cogimos todas las bolsas y las llevamos hasta la cocina. Allí estaban las dos esperando para organizar la comida.

– ¡Estos son nuestros chicos, obedientes! – Dijo Raquel.

– ¡Creo que esto se merece una pequeña recompensa! – Mi madre se acercó a mí y por primera vez sentí el tacto de sus labios en los míos. – ¡Y para ti también! – Se acercó a Roque y lo besó suavemente, pero él la abrazó con fuerza y la besaba enfurecido.

– ¡Estate quieto! – Gritó Raquel a la vez que le daba con una paleta de cocinar en el culo.

– ¡Ah, mamá, eso duele! – Dijo Roque apartándose de la amenazante paleta que su madre mantenía en alto.

– ¿No puedes ser delicado cómo Paco? – Dijo Raquel y se acercó a mí para ofrecerme su boca. La besé al igual que a mi madre y sentí el roce delicado de su lengua. – ¡Y para ti nada por ser como eres! ¡Y ahora a seguir estudiando!

Los dos salimos de la cocina, Roque iba rascándose el culo por el paletazo que le había dado su madre. Llegamos a la mesa y nos sentamos a estudiar. Él no dejaba de sobarse la polla, sin duda estaba que iba a reventar. Nuestras madres iban y venían por la cocina ordenando las cosas. Nos miraban de vez en cuando y no dejaban de hablar entre ellas.

– ¡Esos son nuestros dos niños estudiosos! – Dijo Raquel por la ventana. – ¡Así nos gusta!

– ¡Voy a reventar! – Dijo Roque. – Tu madre me pone tan caliente, pero la puta de la mía me estropea todo. ¡Cago en la puta! Y no puedo ni hacerme una paja.

– ¿Cómo van esos estudios? – Dijo Pili después de llevar una hora estudiando.

Por raro que pudiera parecer, la posibilidad de tener sexo con Raquel me espoleaba a aplicarme y la verdad es que no era tan torpe en los estudios. La necesidad de tener sexo con aquella madura mujer conseguía que mi mente se abriera. Y allí aparecieron, las dos, con los mismos pantalones del día anterior, aquellos que les hacían tan apetecibles. Mi madre llevaba la misma camisa, pero Raquel no se puso la camiseta, si no otra camisa e iba igual de escotada que mi madre. Las dos apoyaron los codos en la mesa dejando sus culos en pompa y ofreciéndonos una visión inmejorable de sus hermosas tetas… ¡No llevaban sujetador! Nuestros jóvenes ojos se las comían.

– ¿Necesitáis alguna ayuda? – Dijo mi madre.

– ¡Sí! – Dijo Roque. – ¡Pero estamos castigados y estudiando! – Pili mostró una pícara sonrisa al entender lo que él pedía.

– ¡Bueno, pórtate bien y serás recompensado con esto! – Se incorporó y cogiendo sus tetas con las manos las movió a un lado y otro.

– ¡Niños, vamos a preparar algo para comer! – Dijo Raquel que se incorporaba y sus tetas se bamboleaban con sus movimientos. – Ya os avisaremos cuando todo esté preparado.

Las dos se marcharon y las mirábamos contonearse, provocándonos e incitándonos a tener sexo a cambio de estudio. Y pasaría media hora cuando mi madre nos llamó desde dentro de la casa para que fuéramos a comer. Allí en la mesa estaba la comida, ellas estaban en la cocina y nos pidieron que nos sentáramos. Obedecimos, cualquiera no lo hacía, estaba en juego nuestro estreno en el sexo con aquellas dos maduras mujeres que eran nuestras madres.

Así, que las dos salieron de la cocina y se acercaban a la mesa. Nos sentamos como el día anterior, Raquel estaba frente a mí y mi madre frente a Roque. Mi pie buscó su pierna y se encontraron. Nos dábamos toscas caricias con las piernas en un intento de estar más juntos. En menos de tres cuartos de hora desapareció casi toda la comida que había en la mesa. Entre los cuatro llevamos todas las cosas a la cocina. Todos estábamos allí dentro.

– ¡Bueno! – Dijo mi madre. – Ahora fregáis y si lo hacéis todo bien os daremos una sorpresa…

– ¿Qué sorpresa? – Pregunté inocentemente.

– ¡No seas impaciente! – Me dijo mi madre pasando un dedo por mi barbilla. – ¡Haced bien vuestro trabajo y ya lo veréis! – Las dos se marcharon de la cocina.

– ¡Vamos Paco! – Volvió la impaciencia a Roque. – ¡Seguro que nos follan después!

– ¡Tranquilo tío! – Le dije. – ¡Te va a dar algo!

– ¡Es que estoy que reviento!

Casi se rompieron dos platos con los nervios de mi amigo. Después de unos minutos salimos al salón y allí estaban las dos, sentadas en el sillón. Nos miraron con una mirada que presagiaba que nuestro trabajo iba a ser escrutado con mano dura. Las dos se levantaron sin decir nada. Entraron en la cocina y miraron todo de arriba abajo.

– ¿Qué opinas Pili? ¿Se merecen el regalo?

– ¡Bueno, parece que todo está bastante bien, Raquel!

– Lo que no me explico es por qué todos los hombres son iguales. – Continuó hablando Raquel. – Si se les promete sexo, hacen lo que sea necesario…

– ¡Bueno hija, de las dos cabezas ya sabes cual es la que manda! – Mi madre se volvió a nosotros. – ¡Desde ahora esperamos no tener que deciros quién fregará después de comer! – Los dos asentimos con la cabeza. – ¡Ahora sentaros en el sillón que traeremos el regalo! – Se volvió a su amiga. – ¿Está en la habitación…?

– Allí lo dejé.

– Pues vamos allá…

Las dos salieron y se metieron en su habitación. Nosotros nos sentamos en el sillón a esperarlas. No sabíamos que pensar.

– Entonces, ¿tú crees que el regalo serán los condones y nos darán aquí una buena follada? – Dijo Roque.

– ¡La verdad es que yo no sé que pensar ya de nuestras madres! – Le contesté pues no se me ocurría nada de lo que estuvieran maquinando. – ¡Nunca imaginé que llegarían a hacer lo que hicimos anoche, ahora no sé hasta donde llegarán!

Se abrió la puerta de la habitación y salieron con una pequeña bolsa en la mano cada una. Las pusieron en la mesa y apartaron la mesa a un lado, como la noche anterior. En Roque brillaba la lujuria en los ojos pensando que iba a follar mientras no dejaba de sobarse la polla sobre el pantalón mostrando su bestial erección. Yo también estaba empalmado y era evidente.

Ellas seguían a lo suyo sin prestarnos apenas atención. Acercaron dos sillas y las pusieron frente a nosotros, cogieron las bolsas y se sentaron. Raquel frente a mí y mi madre frente a Roque. Se quitaron las zapatillas de deporte que llevaban y quedaron descalzas.

– ¡Qué frío está el suelo! – Dijo Raquel. – ¡Hijo, ve por una manta a tu habitación y tírala en el suelo, a nuestros pies!

– ¡Bien! – Dijo Roque y botó hacia la habitación viéndose ya clavando su polla en mi madre.

– ¡Qué exagerado eres! – Dijo Raquel al ver que su hijo traía tres mantas. – ¡Espero que no te estés haciendo falsas ilusiones!

– ¡Vale mamá, pero danos ya nuestro regalo!

– ¡Tranquilo, todo a su tiempo! – Intentó calmarlo. – Hemos comprado esto… – Sacaron cada una caja del interior y empezaron a abrirla. – ¡Pero esto es para nosotras!

Las dos sacaron ropa interior íntima. Mi madre de color negro y rojo y Raquel de color blanco y rosa. Las desenvolvieron y las colocaron en el suelo, sobre la manta para ver como era cada conjunto. Entre ellas hablaban sin echarnos cuenta, comentando que les parecía cada conjunto. Entonces se pusieron de pie y poco a poco se fueron desnudando, sin querer mostrarse sensuales, simplemente se desnudaron delante de sus hijos con toda naturalidad. Mi madre estaba caliente y aunque mostraba indiferencia, sus movimientos la delataban y la volvían totalmente voluptuosa.

Así pues, EntonRoque iba a reventar de placer y su mano se agitaba cada vez más sobre su endurecido miembro. Desabrochó el pantalón y sacó su polla. Raquel le lanzó una patada como castigo.

– ¡Guarda esa cosa asqueroso! – Le gritó y a duras penas la guardó pensando que volvería a ser castigado. – ¡Eres un pervertido y sólo piensas en correrte! – Siguió vistiéndose volviendo a ignorarnos. – ¡Cómo todos los hombres! ¡Sólo piensan en el placer propio, no en el de las mujeres!

Las dos iban colocándose aquella lencería. Mi madre se colocó unas medias negras que sujetaba con un liguero negro con ribetes de color rojo, se giró y nos permitió ver como aquel hilo se perdía entre sus generosos cachetes. Se colocó un tanga con los filos negros y un pequeño triángulo rojo que cubría a duras penas su enorme coño. Después se colocó un sujetador con copas bajas que le alzaban sus enormes pechos y hacía que sus erectos pezones amenazaran a cualquier amante que osara acercarse a ella. Todo en negro y rojo.

Raquel se colocó unas medias blancas con unos adornos rosas en el filo. Después un corpiño en rosa y blanco del que pendían las ligas que sujetaron las medias y en su parte superior tenía unas pequeñas copas que alzaban sus pechos, sus pezones rosados también estaban erectos. Unas bragas blancas cubrieron su sexo y gran parte de su culo, sobre la delicada tela se marcaban los abultados labios que custodiaban su vagina.

– ¿Os gusta ver a vuestras madres así vestidas? – Preguntó Pili. – ¿Estamos apetecibles?

– ¡Dios, voy a reventar! – Exclamó Roque intentando aguantar su inminente corrida. – ¡Te deseo Pili! – Le dijo a mi madre.

– ¡Hijo, aguanta! – Le dijo Raquel. – Esto es para nosotras, para ustedes el regalo es… – Miró a su amiga para hacerle la señal de que ya lo podía sacar de la bolsa. – ¡Esto!

Entonces, nos dieron a cada uno un bote. El mío era de color rojo y el de Roque de color amarillo. Los mirábamos sin entender que era aquello. Con los nervios y la excitación éramos incapaces de leer lo que decían. Las dos sonreían y se acercaron a nosotros. Se arrodillaron delante quitándonos los botes y mirándonos dulcemente.

– ¡Qué dulce es la inocencia! – Dijo Raquel que empezaba a desabrocharme el pantalón. – ¡Quítatelo y ofréceme tu dulce palo!

– ¡Y tú dame el tuyo, Roque! – Escuché a mi madre decir pues mis ojos estaban clavados en la sensual y excitante Raquel que me ayudaba a deshacerme de aquella prenda.

Al momento estábamos desnudos de cintura para abajo, con nuestras pollas endurecidas y apuntando a nuestras progenitoras que no dejaban de relamerse con lo que tenían frente a ellas. Raquel acercó sus labios y besó suavemente sobre mi glande, mi polla botó de forma autónoma al sentir los delicados labios. Mi madre hizo lo mismo, acercó su boca al glande de Roque y lo besó con cariño.

– ¡Oh, no puede ser! – Gritó él. – ¡Me voy, me voy…!

Todos lo miramos al escucharlo y de la punta de su polla empezaba a brotar débilmente algo de semen. Estaba luchando por no lanzar su semen pero se le escapaba poco a poco.

– ¡Déjalo salir! – Le pidió Raquel.
Raquel más o menos se puso como esta gustosa feliz de la vida, como disfruta la perra

La mano de mi madre agarró la polla de su amante y jaló hacia atrás de forma que el gordo glande fue liberado de su cubierta de piel. Un gran chorro de semen salió disparado y pasó junto a la cara de mi madre que dio un gritito de sorpresa. Fue un gran chorro que llegó lejos. Sus piernas temblaban y Pili le dio otro jalón a la joven polla. Otro chorro salió disparado, con algo menos de fuerza pero bastante fuerte. Mi madre no dejaba de sorprenderse con cada eyaculación que lanzaba Roque. Los ojos de mi madre mostraban sorpresa y deseo. Lo masturbó durante unos instantes hasta que él cayó sentado en el sillón para recuperarse de la gran corrida.

– ¡Dios, que fuerza tiene tu hijo! – Dijo mi madre a su amiga sin dejar de mirar como pequeñas cantidades de semen salía por el dilatado orificio de aquella polla. – ¡Dentro de la vagina tiene que ser impresionante!

– ¡Te has adelantado, pero no pasa nada! – Lo tranquilizó dándole un suave masaje en la polla que aún mantenía bastante dureza. – Para esto está esta crema… – Tomó su bote y lo abrió. Le untó crema por encima del glande que se mezcló con el poco semen que lo impregnaba. – ¡Un suave masaje para que vuelva a tomar dureza! – Le extendía la crema y echaba un poco más hasta que estuvo satisfecha. – ¡Y ahora ya está preparada para comer!

Pude ver como mi madre se abalanzaba sobre la polla y se perdía en el interior de su boca. Daba sonoras mamadas y Roque se retorcía y gruñía de placer.

– ¡Pili, qué bien la comes! – Le decía mientras su mano acariciaba la cabeza de mi madre. – ¡Trágatela entera! – Le pedía y empujaba su cabeza.

Mi amigo volvía a estar en plena erección, tenía muchas ganas de follar y su recuperación fue inmediata. Mi madre se tragaba toda la polla empujada por la mano de su amante. Debía de llegarle hasta la garganta y de vez en cuando tenía que apartar la mano de Roque para poder sacarla y respirar. Entonces sentí en la punta de mi polla un frescor extraño. Miré y Raquel empezaba a untarme mi regalo y a extenderlo con su mano. Me senté con las piernas abiertas y ella se acomodó en medio. Su mano jugaba con mi polla, acariciándola de arriba abajo. La presionó e hizo que mi glande aflorara de su prisión. Estaba tan excitado y tan endurecido que mi glande estaba pletórico, nunca lo había visto tan henchido. Parecía una seta, una seta roja de pasión que Raquel empezó a acariciar con la punta de su lengua mientras una mano la agarraba. El caliente aliento de su hermosa boca me producía una deliciosa sensación y mi polla latía entre sus dedos. Quería hundirla dentro de su boca, hasta su garganta como su hijo hacía con mi madre… Pero no, no podía ser brusco con ella. Por los comentarios que le hacía a su hijo, sabía que a ella le gustaba el amor delicado, con pasión. Dejándonos llevar poco a poco por la lujuria. Y así fue como mi polla se fue perdiendo entre sus labios, poco a poco. Primero la punta. Sentí como su lengua acariciaba e intentaba entrar en el orificio de mi glande produciéndome unas descargas de placer que recorrían todo mi cuerpo.

– ¡Te amo Raquel! – Dije suavemente, en un susurro. – ¡Te amo y quiero hacerte mía!

Ella liberó mi glande y su lengua empezó a jugar con el frenillo del prepucio. Otra descarga de placer inundó mi cuerpo. Su lengua se movía rápidamente sobre aquel lugar y parecía que me iba a orinar de placer. La miré a la cara y ella me miraba desde abajo, contemplando cómo gozaba con cada caricia que me daba con su experta lengua, sabía dónde y cómo acariciarme para hacerme gozar.

– ¡Uhm, uhm, uhm! – Escuchamos a mi madre y los dos miramos para ellos.

– ¡Vamos so puta, trágatelo todo! – Le gritó Roque mientras empujaba la cabeza de Pili contra él. – ¡No dejes que se escape nada!

Mi madre tenía más de media polla dentro de su boca y era evidente que él lanzaba de nuevo su semen. Intentaba que no se le escapara nada aferrando sus labios al contorno endurecido de la polla, pero los fuertes chorros de Roque la hacían atragantarse.

Nunca antes había sentido algo así. Una agradable calidez envolvió mi polla. Miré abajo y Raquel se tragaba mi polla acompasando el movimiento de su boca con el de su mano.

– ¡Córrete cuando tengas ganas en mi boca! – Me dijo sin dejar de mover la mano y volviendo de nuevo a degustar mi polla.

La observaba, sus bonitos labios se agarraban desesperados a mi polla, sus ojos me miraban a veces y escudriñaban mi grado de placer para aumentar o disminuir la intensidad de las succiones. Era toda una experta mamadora, sabía bien que era lo que necesitaba en cada momento. No tenía piedad con mi pobre miembro y su mano y boca no dejaban de trabajar. Quería ya su premio por el trabajo que estaba haciendo. Mis dedos se agarraron fuertemente a su pelo y la obligué a que la sacara de su boca. Su mano siguió trabajando sabiendo que pronto recogería el fruto de su trabajo. Su boca abierta esperaba ansiosa a que le lanzara mi líquido blanco.

– ¡Vamos mi niño, dale a mamá tu leche! – Me jaleaba y provocaba para que se lo diera. – ¡Venga, tu mami está caliente y esperándote, dámelo todo!

Mi polla se convulsionó un poco y ella sabía que ya era hora de la comida. Un gran chorro salió disparado y le dio en la boca y parte de su cara. Otro movimiento maestro de su mano y el siguiente chorro emergía hasta impactar contra su lengua que lo esperaba fuera de su boca. La miré mientras no dejaba de lanzar chorros de semen y podía ver como su lengua se iba perdiendo bajo una capa espesa de semen. Su boca se acercaba cada vez más a mi glande para que nada se perdiera. Tenía la mayor parte dentro de la boca. La cerró y saboreó mi sabor más íntimo. Movía su boca haciendo que mi semen pasara por todas sus papilas gustativas. Su mano se movía suavemente en mi polla cuando vi como hacia un movimiento para tragarse mi semen. Ahora estaba llena por dentro de mí.

– Venga, ¡cabrona, siempre he sabido que eras más puta de lo que aparentabas! – Le dijo mi madre a Raquel. – ¡Vaya buena mamada que le has dado a mi hijo!
Para madres éstas

– ¡Es que la polla de tu hijo es perfecta para hacerle buenas mamadas! – Le contestó y lamió los pocos restos de semen que cubrían mi glande.

– ¡Bueno, vamos a la segunda parte! – Dijo mi madre y las dos se levantaron y abandonando las pollas que se habían comido. – ¡Ahora os toca a ustedes aprender a darle placer a las mujeres!

– ¡Ole, te voy a comer todo tu coño hasta hacerte correr! – Dijo Roque.

– ¡Hijo, qué fino eres! – Le recriminó Raquel.

– ¡Sí hija, cómo a mí me gusta! – Dijo Pili.

Nos levantamos del sillón y ellas ocuparon nuestro lugar. Raquel abrió sus piernas y podía ver aquella tela blanca que estaba ya mojada, la mamada la había puesto caliente y su vagina había empezado a lanzar sus flujos para que un macho acudiera a su llamada.

– ¡Hoy tranquilo! – Escuché a mi madre hablar a Roque. – ¡Anoche no me lamiste bien el coño, déjame que te guíe!

– ¡Cariño! – Escuché la dulce voz de Raquel y la miré. – ¡Aquí está el tuyo! – Apartó las bragas blancas a un lado y aparecieron sus mojados y brillantes labios vaginales. – ¿Te explico…? – No dije nada, con mis manos los separé y ante mí apareció su vagina de un rosáceo intenso que me produjo una gran excitación. Mi polla empezó a calentar y a levantarse. – ¡Parece que no te hace falta!

La verdad es que era el primer coño que tenía ante mí, era la primera vez que se me ofrecía tal delicia para intentar dar todo el placer posible a una mujer, a una mujer como aquella que poco a poco se apoderaba de mi ser, tanto en cuerpo como en alma. Lo miré lo observé. Estaba totalmente húmedo, mojado de los flujos que dejaban de salir de su ansiosa vagina. Un diminuto hilo de líquido salía por la parte baja de aquella madura raja y recorría el camino hacia el agujero de su ano, que extrañamente tenía un delicioso y excitante color rosado. No sabía bien que hacer y la única experiencia que tenía sobre el tema era las prácticas que había visto en las películas porno que veía en mis noches de solitaria calentura.

Agarré sus hermosos muslos y se los elevé hasta que ella quedó tumbada y con su sexo totalmente expuesto para que yo trabajara. Pensé que tal vez aquello sería demasiado brusco para ella y la miré a los ojos como si le pidiera alguna ayuda.

– ¡Sí, así, ahí tienes mi intimidad sólo para ti! – Me dijo mostrándome que aquello le gustaba.

– ¡Cabrón! – Escuchamos decir a mi madre pero ninguno de los dos los miramos. – ¡Eres un cabrón, ese es mi culo!

Así que, no sabía que le estaría haciendo Roque a mi madre para que chillara como una perra en celo, pero delante de mí tenía un delicado plato que quería saborear con mucho placer para que ella me diera sus deliciosos flujos. Sus manos sujetaron sus muslos para ofrecerme por completo su sexo. Agarré las bragas y se las quité con prisas. Ella abrió más sus piernas y con mis manos separé por completo los labios. Observé el pequeño hilo de flujos que bajaba hasta llegar a su rosado ano. No lo pude evitar, me agaché y en mi lengua sentí el endurecido esfínter de su ano. Recorrí todo el camino que había hecho aquel líquido hasta llegar a inicio de su raja.

– ¡Ooouf, eso es cariño, que lengua más traviesa tienes! – Dijo con un gemido de placer. – ¡Sigue así, me gusta!

Me separé de ella y busqué su clítoris. Un bulto asomaba en la parte superior de su raja, con el dedo índice lo acaricié suavemente y sus caderas se movieron automáticamente. Lo dejé y lamí toda su raja desde abajo hasta llegar a su clítoris. Un gemido de Raquel fue su premio, una de sus manos se puso en mi pelo y me acariciaba mientras mi lengua jugaba dando vueltas a su clítoris. Me separé y había crecido. Aquel clítoris era ahora el doble de grande, era como una polla pequeñita y no lo pensé, mis labios lo envolvieron y empecé a mamarlo.

– ¡Oh Dios, eres tremendo! – Gemía y se retorcía mientras mi boca no paraba de chupar su bulto. – ¡Ya, ya viene uno! – Su mano empujaba enloquecida mi cabeza contra ella. – ¡Ya me voy a correr!

No sabía bien que era aquello, pero un chorro de líquido golpeo mi barbilla, después otro. Raquel estaba enloquecida mientras yo no paraba de mamar su clítoris. Sus gemidos se volvieron chillidos y casi me asfixiaba por la presión que me hacía en la cabeza contra su coño. Con una mano empecé a tocar su raja mientras seguía castigando su bulto. Estaba totalmente empapada. Mi dedo entró fácilmente en su vagina y empecé a penetrarla. Aquello pareció enloquecerla más y se agitaba convulsivamente. Ya no se le entendía lo que decía, sólo lanzaba ruidos guturales incomprensibles mientras su coño no dejaba de lanzar más y más flujos. Otra nueva ráfaga de líquido empezaba a golpearme. Me aparté para mirarla sin dejar de penetrarla con mis dedos. Ahora más rápido, metí cuatro dedos tocando gran parte de su vagina. Sus piernas cayeron al suelo y sus manos se aferraron con fuerza al asiento mientras yo no paraba de tocar su interior en una masturbación frenética. Ponía los ojos en blanco y golpeaba con fuerza el asiento con la palma de la mano. Lanzaba alaridos de placer y sus ojos estaban en blanco. Un fuerte chorro de líquido salió disparado de su coño y me dio en la cara. Su olor me envolvió y no podía apartarlo de mí. Verla gozar, su olor, sus gemidos, todo había hecho que mi polla volviera a estar de nuevo endurecida de lujuria. A agarré y la acerqué a su raja amenazándola con clavársela hasta el fondo.

– ¡No, aún no! – Me dijo ella apoyando su mano en mi barriga para frenarme. – ¡No me la claves, aún estás castigado y eso no puede ser!

Me quedé extrañado pero le hice caso, puse mi glande sobre su abultado clítoris y lo frotaba. Ella sentía placer, pero se iba recuperando poco a poco del bestial orgasmo que había tenido. Me sonreía y acariciaba mi cuerpo mientras mi polla se deslizaba entre los labios de su coño.

– ¡Qué me estás haciendo cabrón! – Dijo mi madre.

Roque tenía hundida su cara en el culo de mi madre. Ella se había puesto a cuatro patas sobre el sillón y para ofrecerle su redondo culo.

– ¡Disfruto de la parte de tu cuerpo que más me gusta! – Dijo él. – ¡Ahora no preguntes y disfruta so puta!

Sus manos agarraban los cachetes del culo de ella y los separaba. Con su lengua lamía su ano y después su la raja de su coño. Las piernas de mi madre temblaban por el placer que le producía su amante que no dejaba de mojar su culo con su saliva. Se movía bajo ella y la lamía desde distintos ángulos, algunas veces le comía la raja mientras un dedo acariciaba su ano, después lo lamía y sus dedos se perdían en el interior de su mojada vagina. Mi madre estaba gozando y estaba apunto de correrse con todas las cosas que le hacía.

– Ui, ¡uf, uhm, sigue, me voy a correr! – Le dijo. – ¡Eso, eso, ahí!

Empezó a lanzar gemidos al llegarle el orgasmo y sus muslos chorreaban de la cantidad de flujos que brotaban de su vagina. Roque estaba tan excitado viendo a mi madre correrse que no pudo más. Se levantó y se colocó tras ella agarrando su polla con una mano para intentar penetrar su culo.

– ¡Aaaaah, hijo de puta! – Gritó mi madre cuando sintió su endurecido glande que intentaba traspasar la barrera de su esfínter. – ¡Eres un cabrón, hijo de puta! – Le dio una patada en el pecho que lo tiró en medio del salón.

– ¡Eres tonto niño! – Dijo Raquel que se levantó del sillón para golpear a su hijo. – ¿Qué te ha hecho?

– ¡Ha intentado partirme el culo! – Dijo mi madre tocándoselo para ver si le había hecho sangre pues un poco la había forzado. – ¡Es un cabrón!

– ¡Vete a tu habitación y no salgas de allí hasta que no te lo diga! – Le espoleó Raquel.

– ¡Sois una putas viejas que lo que os gusta es calentarnos! – Gritó él y se marchó a su habitación cerrando con un golpe la puerta.

Me senté en el sillón, al lado de mi madre para consolarla. Ella me abrazó compungida por lo que le había pasado y Raquel se sentó junto a mí para consolarla.

– ¿Estás bien? – Preguntó Raquel acariciándola.

– Sí. – Dijo mi madre. – Sabes que no me importa que me follen por el culo, pero cuando yo quiera, no cuando le de la gana…

– ¡Tranquila Pili, a ese lo vamos a enseñar aunque sea a la fuerza! – Raquel besó a mi madre en la boca y después me besó a mí.

Los tres nos abrazamos en el sillón y descansamos. Me observé en aquella situación, abrazado por dos hermosas y sensuales maduras que eran mi madre y su amiga. Demasiado para mí.

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