Lío en los baños de estudiantes

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Había acabado la carrera el año anterior y ahora me disponía a hacer un máster que me diera alguna entrada a la posibilidad de conseguir algún trabajo. Siguiendo un poco el sentido común, decidí hacerlo sobre algo que ya había estudiado y continuar especializándome en lo mío. Algo que, en mi opinión, aparte de sentido común, era algo lógico. La sorpresa fue mayúscula cuando, después de matricularme, me enteré que íbamos a ser, a lo sumo, cinco alumnos por clase. Casi todos habían decidido dejar de estudiar e ir a buscar trabajo fácil, algo que con las condiciones actuales significaba poco sueldo, poca estabilidad laboral y un largo etcétera de malas noticias.

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Empecé con ilusión el máster. A fin de cuentas, la literatura era mi pasión, lo que había estudiado y de lo que quería trabajar. Lo bueno de tener poca gente por clase es que todo era más particular, más personal. Se veía un poco el temario que al alumno más le interesara y se estaba más relajado que tal vez en una clase a rebosar de gente donde se debía ceñirse a lo que mandaba la asignatura. Pero no todo era tan bueno. Por un lado, el horario, acabando casi siempre a las nueve de la noche. Por otro, el edificio donde nos había tocado, el más antiguo del campus, un tanto alejado del mogollón, al lado del campo de futbol y del gimnasio. Tener a los deportistas al lado no era malo. Lo malo es que no había casi nadie más dentro. Debido a su “edad” se había relegado para cursos con baja asistencia. Es decir, el nuestro y unos pocos más que, afortunadamente para ellos, no tenían clases por la tarde. Así que los valientes del máster de literatura nos aventurábamos cada día en un edificio casi solitario. Por suerte las aulas no estaban mal y estaban bien equipadas.

Normalmente acostumbraba a irme a casa directamente después de clases, coger el coche y ponerle punto y final al día. Pero ese día, a mediados de curso, tuve la urgente necesidad de ir al baño. Había estado comiendo con unos amigos y la bebida parecía que ansiaba por salir de mi cuerpo. Cuando se acabó la clase le pregunté a la profesora donde quedaba el baño, pues nunca había tenido la necesidad de ir hasta el momento y el edificio lo desconocía totalmente. Ella me miró un segundo pensativa.

“Pues creo que tendrás que subir al tercer piso, al fondo del pasillo a la derecha, porque los de por aquí abajo sé que están cerrados y me han dicho que las de la limpieza suelen cerrar los de las otras plantas cuando acaban la jornada. Pero como arriba hay despachos de profesores puedes probar”

Le di las gracias y me encaminé enseguida hacia arriba, subiendo los escalones de dos en dos. Al final del pasillo vi la puerta del baño, pero lo que más me extrañó fue ver a dos chicos al lado. Con las prisas que llevaba, pasé a toda prisa al lado de ellos y entré. Me dio la sensación de que se sobresaltaban un tanto al verme, pero no le di más importancia. Delante del urinario me bajé la cremallera del pantalón y dejé ir todas mis preocupaciones, quedándome en la gloria. Pero hasta que no vacié el depósito completamente no me percaté de que había alguien más en el baño. Comencé a oír ruidos de succión y al aguzar el oído creí saber que provenían de uno de los reservados, detrás de mí. No hacía falta ser un genio para imaginarse que a alguien le estaban haciendo una mamada, sobre todo cuando escuché claramente: “Sí, así puta, chupa bien”.

Estaba claro que pensaban estar solos. Y ahora entendía la presencia de esos dos en la puerta. Rápidamente me subí la cremallera y me iba a dar la vuelta para salir cuando vi que a los que había pasado volando entraban poniéndose ante la puerta y cerrándome casi el paso. Para hacer ver que no le daba mayor importancia fui a lavarme las manos, aunque las piernas me temblaban. Además, el chico que estuviera en ese reservado seguía diciendo lindezas y animando a quien fuera a seguir su trabajo.

Cuando estaba a punto de secarme las manos los dos chicos se colocaron a mi lado. Me fije en que no eran más altos que yo, pero imponían más, sobre todo por la musculatura que tenían. Llevaban el pelo corto y vestían de vaqueros y camisetas, mostrando lo que habían conseguido en el gimnasio.

“Hey, hola” dijo uno de ellos. Hice un gesto con la cabeza a modo de saludo, sin querer contestarles pero sin querer provocarles tampoco. “Yo me llamo Leo” continuó “Y él es Manuel, pero todos le llamamos Manu.” El susodicho saludó con una sonrisa. “El que está ahí dentro” dijo señalando el reservado “es nuestro colega Hugo, que está… relajándose, pero no tardará mucho, ¿sabes?” Yo hice un gesto con la cabeza, dándole a entender que le entendía perfectamente. “¿No le dirás a nadie que estamos aquí fumando, verdad?” me preguntó. “No, no, para nada” contesté apresurado, esperando que todo pasara rápido y me dejaran ir. No pensaba decir a nadie que dos tíos estaban fumando en un baño perdido de la mano del estudiante medio mientras otro recibía una limpieza de tubería.

“Bien, gracias tío”. Por cierto, ¿cómo te llamas?” Para no ofenderles les contesté “Nacho.” “Genial Nacho, pues este será nuestro secreto. ¿Quieres un piti?”

En ese momento se escuchó desde el reservado la fuerte voz del tal Hugo: “Oh, joder. Sí, trágatelo todo, zorra”, seguidos de varios gruñidos de satisfacción después de un buen orgasmo. La puerta se abrió y a través del espejo pude ver a Hugo salir. Si esos dos eran grandes, este era enorme. Me sacaba una cabeza y tenía unos brazos que parecían tallados en piedra. Tenía el pelo corto, rizado y una fuerte mandíbula. Me quedé un poco en estado de shock al verlo. Sin duda era alguien a quien no te esperas en una universidad. Pero lo más sorprendente era que había salido sin ni siquiera ponerse los pantalones, dejando ver un pene enorme que se balanceaba de lado a lado.

“¿Satisfecho?” le preguntó Leo mientras Hugo iba a mear.

“No ha estado mal. Aunque la próxima vez a ver si aguantas más de dos sin que se te salga de la boca” dijo dirigiéndose a quién hubiera en el reservado. La puerta había quedado entornada y no veía de quien se trataba, solo un par de converse rojas moviéndose. “¿Y este quién es?” dijo reparando en mi presencia y avanzando a mí, todavía con los pantalones sin ponerse. Ante su presencia yo notaba como iba menguando.

“Es Nacho, un amigo” contestó Leo pasándome su brazo musculado por los hombros. “Tenía una urgencia así que le hemos dejado pasar. Pero tranqui, Hugo, que nos ha dicho que no contará nada” Para reforzar lo que decía negué vehementemente con la cabeza. “¿Seguro? No me fio para nada. ¿Qué coño hacía aquí? Seguro que venía a espiarnos para chivarse” siguió Hugo. “No, para nada, yo solo me estaba meando y es el único baño abierto y…” quise continuar con la sarta de explicaciones, pero Hugo me cogió de un brazo y me callé al instante. “¿Qué vamos a hacer contigo para que estés callado?”.

La situación no podía ser más rara. Un tío musculado, enorme y sin pantalones, agarrándome del brazo mientras sus dos amigos estaban uno a cada lado. Sin duda, la cosa pintaba negra. Entonces, como salida del cielo, una voz femenina se escuchó en el baño.

“Venga, Hugo, deja en paz el chaval. Ya te has divertido hoy, ¿no?”

El mastodonte se giró para ver de dónde venía y como me agarraba del brazo, giré yo también. Entonces vi quien era la que se había encargado del monstruo que Hugo tenía en la entrepierna y, sin lugar a dudas, me sorprendí. Era una chica de mi estatura, más o menos, con un par de buenas tetas, delgadita, y el pelo moreno corto por los lados y más largo por arriba. Vestía una camiseta algo vieja y ancha y unos vaqueros cortos. Y por supuesto, esas converse que ya había visto. Por lo visto, antes llevaba maquillaje, pero ahora lo tenía todo corrido por la cara, por lo que se dirigió al lavabo al lado del que yo estaba para arreglarse un poco. Era una grata comparación entre la nube de testosterona que se respiraba en el ambiente.

“Eh, zorra, tú quédate fuera de esto” le espetó el gigante. “Y el chaval este…” dijo, echándote una mirada y sonriendo a continuación “he visto como me miraba cuando he salido de ahí dentro. He visto que no dejabas de mirarme la polla, ¿verdad?” Yo intenté negar lo evidente. A ver quien no iba a ver ese monstruo. “Cállate, claro que me la has visto. Y seguro que te ha dado envidia oyéndome como disfrutaba, ¿a que sí?” Iba a contestar que no, para nada, pero la chica se me adelantó, ya con el maquillaje más arreglado: “Joder Hugo, que lo dejes y vámonos”. El tío la empujó hacia atrás. “Cierra el pico. A ver, hagamos un trato. Si prometes que no le vas a contar nada a nadie y le das un besito a mi polla para cerrar el trato, dejo que te vayas, ¿vale?” Quedé blanco al oír eso. Nunca había estado con otro tío. A mí me gustaban las mujeres. Aunque claro, ver a ese monstruo balancearse, pues había despertado algo mi curiosidad. Antes de que pudiera hacer nada noté dos fuertes manos en mis hombros que me obligaron a arrodillarme ante Hugo, quedando su enorme aparato ante mi cara, despidiendo un fuerte olor, mezcla de orina, semen y sudor. Notaba que la situación de poder que ostentaba le ponía porque veía como se le iba hinchando lentamente.

“Venga, no lo dudes. Bésala. Sé que quieres”. Sabedor de que si no hacia lo que quería no iba a salir de ahí, me decidí. No era gay, eso lo sabía. Pero al tenerla tan cerca, despidiendo ese olor mezcla de sudor y sexo, notaba que me había excitado. Leo y Manu, los poseedores de aquellas fuertes manos que habían hecho que me arrodillara ante Hugo miraron con curiosidad por encima de mis hombros. “Joder, se ha empalmado” dijo Manu. Miré hacia abajo y vi que era verdad. El pantalón se me había abultado. Ante el comentario Hugo estalló en carcajadas. “Otro que se rinde ante el poder de mi polla” exclamó lleno de júbilo. “Ahora sí que sé que quieres besarla. Y otras cosas…”

Tragando saliva miré hacia los lados, solo para ver como ellos dos y la chica miraban con curiosidad lo que iba a pasar. Acerqué más mi cabeza a su pene, que ya se había alzado a media asta. Noté que le temblaba ligeramente mientras se ponía más dura.

“Esta zorra se ha tragado una buena corrida, pero estoy seguro que puedo tener otra para ti” dijo mientras se sujetaba la polla y comenzaba a restregármela por los labios. No podía creer su arrogancia, al igual que no podía creerme la situación en la que me había metido, solo por querer ir a al baño. Ahí estaba él, todo musculo, forzándome a besársela y actuando como si quisiera hacerlo.

Le solté un rápido beso y comencé a ponerme en pie, pero Hugo rápidamente puso su mano libre en mi hombro y sin esfuerzo me mantuvo en el suelo. Al mismo tiempo me empujó hacia su arma, cargada y lista. “¿Y bien? ¿La vas a chupar o quieres afrontar las consecuencias?”

No sabía dónde meterme, pero no me gustaba el sonido de esas “consecuencias” y más por el tono con que lo dijo. Abrí ligeramente los labios con la intención de hablar, de negociar con ellos, pero Hugo aprovechó ese instante para echar las caderas hacia delante, metiendo su polla dentro de la boca. Lentamente empujó más fuerte, haciendo que tuviera que abrir más a la boca para dejar paso a ese pedazo trozo de carne. Antes de darme cuenta tenía ambas manos en mi cabeza y me forzaba a metérmela y sacármela de la boca, como si mi boca no fuera más que un agujero en el cual satisfacerse. Viendo que hacía lo que quería, cerré los ojos y le dejé hacer, por miedo de las “consecuencias”.

Igual que le había oído en el reservado, Hugo comenzó a soltarme lindezas ante sus amigos. No sabía si su intención era mostrar su poder ante sus amigos y esa chica, excitarse a sí mismo o humillarme más de lo que estaba. O tal vez una mezcla de las tres cosas. “Oh, sí, trágate mi polla” “Cuidadito con los dientes putito, a ver si quieres que te los saque de golpe” “Joder tío, como me gusta follarme bocas de maricones”. Entre todo eso, la verdad, solo me sorprendió lo rápido que se me había adaptado la boca a ser follada por ese trozo de carne, aunque todavía me ahogaba cuando iba demasiado lejos. No creo que hubiera garganta que pudiera con todo eso sin ahogarse. Pero cada embestida parecía que el concepto de demasiado lejos era más amplio, pues veía, las veces que me atrevía a abrir los ojos, que cada vez estaba más cerca. Estaba siendo humillado y degradado en ese baño, de rodillas, con una erección que cada vez era más palpable, mientras me follaba salvajemente la boca un idiota de gimnasio. Y además estaban mirando dos tíos y una chica bastante mona. Ya creía que no podía caer más bajo.

Y entonces, lo que creía cambió. Sí que podía. Con un gruñido de placer metió su polla hasta el fondo de mi boca y se agitó. Noté como chocaba contra el fondo de mi garganta y se escurría hasta el estomago una masa líquida que supuse que era su corrida. Por fortuna, no pude saborearla al haberla disparado directamente al fondo. Pero la suerte parecía que no estaba conmigo esta noche, pues Hugo, sacándola, disparó los últimos chorros directamente en mi boca. Estaba asqueado por el simple hecho de haber probado la corrida de otro tío. Pero la cosa no había terminado, pues la volvió a meter y comenzó a deslizar lentamente dentro de mi boca, hasta casi sacarla por completo, para impregnar bien su sabor en mis papilas.

Entonces la sacó finalmente. Manu le dio sus pantalones, que se puso enseguida. “No ha estado mal. Tenemos que volver a hacerlo alguna vez”. Y con una fuerte risotada se dio la vuelta, con sus amigos pisándoles los talones. La chica se arrodilló ante mí y con un pañuelo comenzó a limpiarme los restos de la boca. Hugo se asomó otra vez por la puerta: “Venga zorra, deja al maricón disfrutar y vente con nosotros”. “Vete a la mierda Hugo” le espetó ella mientras él se iba riéndose.

Abrió el grifo y me mojando un trozo de papel me limpió la boca. Cuando conseguí salir un poco del shock, intenté levantarme, pero tenía las piernas muy flojas, así que ella me ayudó, y comencé a limpiarme la cara en el lavabo. Me tiré un rato, intentando no pensar en lo que acababa de pasar. La chica continuaba a mi lado, mirándome. Sin decir nada.

Cuando me adecenté y recuperé todo lo posible me miré en el espejo. Entre mis babas y la corrida llevaba la camiseta pringada. “Joder” exclamé. Intenté limpiarme con agua, pero fue peor. Parecía un fracaso de míster camiseta mojada.

“No te esfuerces. Saldrá cuando lo laves” me dijo “Por cierto, me llamo Diana.”

“Ah, eh… Nacho” le dije. “Por si pensabas que me llamaba zorra o puta” se rió ante su propio chiste, flojito”Sé cómo te llamas, ya se lo he odio decir al gilipollas ese. Lo has hecho bien, ¿sabes?” En ese momento creo que le dirigí una mirada entre furibunda, asesina, incrédula… una mirada con muchos significados. Pero el de orgullo, seguro que no estaba. “No, quiero decir, que has hecho bien haciendo lo que te decía, es un tío muy bestia. No sé que podría haberte echo”

Mirándola detenidamente, parecía entre avergonzada y culpable, como si ella tuviera la culpa de que hubiera acabado así. Sin decir palabra, salimos del baño y nos dirigimos hacia la salida de la facultad. Como un caserío fantasma, no había nadie. Al llegar a la salida, se despidió de mi y vi como se dirigía hacia la parada del autobús. Yo sabía que a esa hora no pasaría ninguno hasta dentro de un buen rato, hacía fresco y el centro no estaba como para llegar a él andando, lo malo de las universidades alejadas. Así que me acerqué a ella.

“Oye, ¿quieres que te lleve?” le dije. Ella sonrió. “No quiero ser una molestia”

“Tranquila, mientras no me pongas de rodillas en un baño y me saques una polla gigante, será un placer llevarte a donde sea” le dije. Ella rió ante el comentario y nos dirigimos al coche, aparcado un poco más allá. Puede que en palabras de Hugo fuera un maricón traga pollas, pero eso no impedía que pudiera ser un caballero con alguien que también parecía una víctima. ¿Quién sabe? Tal vez si los débiles se unían podían conseguir algo. Era uno más entre ellos.

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