Un matrimonio realmente liberal

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Una nota que realmente me excitaba pensar en las posibilidades de disfrutar con él y su esposa de una buena sesión de sexo, porque de eso se trataba, no había la menor duda ante la claridad del mensaje “Soy Carlos, el hombre que te metió la verga frente a los chavitos, te dejo mi número en la ciudad, pregunta por mi o por mi esposa, Irene, ella sabe de ti quiere que le hagamos una doble penetración, llámanos”. Así que llegando el siguiente fin de semana decidí llamar al número indicado en la nota.

– Bueno – respondió una voz femenina pero sumamente juvenil al otro lado de la línea.

– ¿Irene? – pregunté en tono dubitativo al no reconocer la voz.

– No, en un momento lo comunico… ¿de parte de quién? – me interrogó y enseguida llamó a Irene para que tomara el auricular.

– ¿Bueno? – se escuchó la voz de una mujer que me pareció reconocer.

– Hola… soy el amigo de Carlos, los conocí la semana pasada en el balneario – argumenté tratando de hacerla recordar.

– Ah, sí ya te recuerdo ¿Qué se te ofrece? – me respondió un poco seria.

– Se trata de una nota que me dejó Carlos y… – comencé a explicar pero ella me interrumpió.

– Mira, ahorita tenemos visitas pero déjame tu número y te llamamos – fue su respuesta tajante así que me limité a darle mi número telefónico y me despedí.

Después de colgar me surgieron muchas dudas. Irene parecía no estar al tanto de la nota y si sabía de ella no parecía estar muy de acuerdo. Así que decidí que lo mejor sería esperar a que ellos se pusieran en contacto conmigo y no insistir más.

Pasaron algunos días después de la llamada y prácticamente había descartado la posibilidad de intimar con aquella pareja, pero entonces ocurrió, estando en la oficina recibí un mensaje en mi celular que decía “Hola soy Carlos, del balneario, ¿te puedo marcar?” Me sobresalté un poco pero decidí salir de la oficina para tomar la llamada.

– Hola espero no interrumpir – me saludó Carlos con gran confianza.

– Hola, no te preocupes, estaba preparando un informe pero ya casi termino… hablé con tu esposa hace unos días – le comenté.

– Sí, sí me dijo pero ese día había reunión familiar y no podíamos hablar con libertad – me explicó y añadió – y para colmo perdió el papelito donde apuntó tu número y apenas anoche lo encontró, y no sabes que nochecita de placer tuvimos ayer pensando en la posibilidad de hacerla gozar entre los dos.

– ¿De verdad? Pues ojalá y lo podamos hacer, la verdad es que el día que platiqué con ella no se oía muy convencida – le respondí.

– Sí, ella lo desea, sólo que como estaba su hija no podía decírtelo el día que llamaste ¿cómo ves? – me interrogó.

– Pues por mi encantado, sólo dime cuando nos vemos – respondí de inmediato.

– ¿Te parece bien el próximo sábado por la tarde? – me preguntó haciéndome ver que era en serio el asunto.

– Sí, sólo dame la dirección y Yo llego – le respondí con rapidez.

– Yo te la mando en un mensaje, ojalá puedas venir en shorts y usar unos calzoncitos sexys, eso nos excita bastante – me dijo en tono sugestivo.

– Claro, por eso no te preocupes – le respondí mientras pensaba que ropa podría llevar para ese encuentro.

Nos despedimos y casi enseguida me llegó un mensaje con la dirección de su casa y la hora a la que me esperaban. Regresé a la oficina recordando lo ocurrido en el balneario con aquella pareja, aquella mujer aceptando que le masajeara las nalgas y por supuesto Carlos con ese delicioso pene que me había brindado tanto placer. Pero apenas era miércoles y habría que esperar.

Los días pasaron y por fin era sábado. Me alisté para salir vistiendo una playera, unos shorts cortitos amarillos con vivos en color verde que seguramente le iban a agradar y por supuesto un pequeño calzoncillo tipo slip color blanco que cubría sólo indispensable, y así me dirigí al encuentro con aquella pareja.

– Hola, buenas tardes – saludé a Irene al reconocerla cuando me abrió la puerta de su departamento y no pude evitar recorrer ese hermoso cuerpo de pies a cabeza, vestía sólo una camiseta roja de tirantes con un generoso escote y bajo la cual estaba seguro no usaba sostén pues sus pezones se marcaban perfectamente y el complemento era un short de mezclilla ajustado que marcaba perfectamente su silueta.

– Hola, me gusta que los hombres sean puntuales – me sonrió y me dio un beso en la mejilla invitándome a pasar.

La seguí por un pequeño pasillo hasta llegar a la sala y pude admirar esas nalguitas apenas cubiertas por el short, contoneándose de una manera exquisita al caminar. En cuanto entramos a la sala me invitó a que me sentara mientras le avisaba a Carlos que ya había llegado. Estando ahí sentado miré a mi alrededor, había fotos familiares en una pared y en varias de ellas aparecía una jovencita muy parecida a Irene e intuí que se trataba de la hija que me había comentado Carlos.

– Hola ¿cómo estás? – se escuchó una voz que de inmediato reconocí, sí, era Carlos, estaba ahí de pie junto a su esposa vistiendo el minúsculo traje de baño con el que lo había conocido, mostrando con orgullo su cuerpo atlético y ese paquetote que tanto me había hecho suspirar.

– Hola, pues no tan bien como Tú pero aquí estoy – le respondí poniéndome de pie y extendiendo el brazo para saludarlo, pero él me sorprendió, pues con la mayor naturalidad me sujetó por la cintura, unió su cuerpo al mío y me plantó un beso en los labios.

– Qué bueno que aceptaste – respondió él y me invitó a tomar asiento.

– Oigan, recuerden que estoy aquí – intervino Irene y se sentó entre nosotros.

Carlos fue a la cocina por unas copas para tomar el vino que había llevado y nos dejó para que platicáramos. Irene resultó ser una mujer sumamente interesante y muy sincera, pues desde el principio abordó el tema del sexo, me contó algunas experiencias que había tenido tanto ella sola como con Carlos e incluso me dijo que en particular Yo no le resultaba tan atractivo porque estaba un poco pasado de peso pero que le agradaba que fuera bisexual y sobretodo me comentó que había disfrutado mucho todo lo ocurrido en el balneario, desde el masaje que le había dado a sus nalguitas hasta la manera en que había tratado a su marido. Ella acompañaba la conversación con una deliciosa y constante caricia a mi entrepierna, consiguiendo que poco a poco mi erección fuera más notoria al frente de mis shorts.

– ¡Mira nada más como lo tienes! – exclamó Carlos, quien colocaba en la mesita de centro las cosas que había traído de la cocina.

– ¿Yo? Pero si sólo estamos platicando – respondió Irene con una mirada inocente pero sin retirar su mano de mi paquete.

– Bueno, pues brindemos por lo que va a pasar hoy – propuso Carlos y los tres levantamos la copa y celebramos que así fuera.

Los tres sabíamos lo que iba a ocurrir, pero no teníamos prisa por acelerar el proceso, por el contrario, íbamos despacio, la conversación resultaba muy excitante pues ellos me contaron con lujo de detalles las tres aventuras previas que habían tenido con hombres solos y cuanto había disfrutado ella tener en su culito y en su coño dos vigorosos penes, pero sobretodo la manera en que uno de esos hombres había iniciado a Carlos como bisexual, lo cual me generó gran curiosidad.

– ¿Y cómo fue que ocurrió? – interrogué a ambos.

– A ver, quítale el shortcito mi amor y quítate el tuyo para estar más cómodos mientras le contamos lo que pasó – le solicitó Carlos a su esposa y comenzó un breve relato.

Narró cómo habían conocido Irene a aquel hombre en el centro comercial mientras ella imprimía algunas fotos. Ella interrumpió y comentó que le había llamado la atención aquel hombre por su indumentaria y su físico, pues aparentemente iba a hacer ejercicio pues vestía sólo un short y una camiseta, y sus brazos y piernas lucían impresionantes, era muy alto y lo pequeño del short permitía ver que poseía un pene de proporciones considerables. A estas alturas del relato, los tres ya estábamos en calzones y era notorio el grado de excitación que teníamos.

– Mmmm… que rico se ve tu calzoncito mojadito – interrumpió Carlos y acarició la rajita de su esposa por encima del calzoncito haciendo evidente su excitación.

– Continúa mi amor – le solicitó ella y Carlos continuó el relato.

– Pues ya te imaginarás que gracias a las deliciosas nalguitas de Irene fue sencillo seducir a aquel hombre y en cuanto llegué a buscarla me presentó y, así como lo hicimos contigo, le propusimos abiertamente la idea del trío y sin dudarlo aceptó, recuerdo que desde que nos subimos al coche Irene y Él comenzaron a cachondearse en el asiento trasero ¿te acuerdas, amor? – le preguntó a Irene.

– Claro, sobretodo la agradable sorpresa que me llevé cuando le bajé el pantaloncillo deportivo para dejar en libertad aquella vergota descomunal, mucho más grande que la de Carlos – me explicó Irene.

– No seas exagerada, sí, la tenía un poco más grande pero no mucho – aclaró Carlos sacando su pene completamente erecto por un lado de su bikini.

– Pues a mi me parecía enorme y más cuando me la metió ¡Uffff, qué vergota! – respondió ella apoderándose del miembro de su esposo.

– ¿Y entonces se te antojó y quisiste probar o qué pasó? – le pregunté a Carlos.

– No, bueno, no para que me cogiera, sólo para tocarla – respondió Carlos y continuó su relato – pues estando en la cama Yo veía como Irene se estremecía con las embestidas de aquel hombre, sus gemidos lo decían todo, así que me acerqué a ella para que me la mamara y ella de inmediato se apoderó de mi verga para mamarla mientras se la estaban cogiendo, y en cierto punto que él buscó los labios de ella se encontró con mi verga pero en vez de retirarse comenzó a lamérmela, ¿te imaginas mi sorpresa?

– Hubieras visto su cara… jajaja – se rio ella y agregó – sobretodo cuando Yo saqué de mi boca este caramelo y dejé que aquel hombre se apoderara de él y comenzara a mamarlo sin mi ayuda.

– ¡Wow! ¿Y qué hiciste? – pregunté mientras extraía mi pene ya en erección.

– Pues intenté apartarlo de mi verga pero lo hacía tan rico que comencé a disfrutarlo y sujetándolo por la nuca comencé un vaivén que en verdad me agradaba y más aún cuando los gemidos de Irene hacían evidente que él había aumentado el ritmo con el que se la estaba cogiendo, pero lo que más me sorprendió fue cuando se sacó mi verga de la boca y me pidió que me lo cogiera – dijo Carlos mientras Irene se apoderaba de nuestros miembros.

– ¿Y te lo cogiste? – pregunté mientras comenzaba a acariciar las tetas de Irene por debajo de la camiseta.

– Lo dudé un poco pero… – dijo Carlos pero Irene sonrió y lo interrumpió.

– Ni siquiera lo dudaste, en cuanto te lo dijo te acomodaste detrás de él y se la metiste de golpe al pobrecito jajaja – aclaró ella y comenzó a mamarle la verga a su marido.

– ¿Y qué tal? ¿Te gustó? – le pregunté mientras mis dedos comenzaban a hurgar bajo el calzoncito de Irene para acariciar ese botón de placer.

La verdad es que el tipo tenía un culito delicioso, y la manera en que se cogía a Irene me excitaba aún más, así que pronto nos acoplamos a un ritmo bastante vigoroso y la consecuencia no se hizo esperar Irene comenzó a venirse y él la acompañó enseguida, y a mi me encantó sentir como su culito se contraía dándome ricos apretones en la verga pero aguanté un poco más antes de llenarle el culo con mi leche – concluyó Carlos.

– ¿Y a poco ahí terminó todo? – les pregunté.

– Pues sí, él tenía ganas de cogerse a Irene por el culito pero ella no quiso, porque tuvo miedo de que una vergota de ese calibre la lastimara – respondió Carlos pero su esposa intervino.

– Yo tuve miedo porque si la tuya no me entra toda imagínate con aquella vergota – le dijo a su esposo y mirándolo a los ojos añadió – pero aquí el señorito también se aterró ante la propuesta de que le estrenaran su culito ¿o lo vas a negar, mi amor?

– No, no lo niego pero además ya te dije que no se me antoja que me cojan, yo soy “machín” – respondió Carlos y sugirió que fuéramos a la recámara.

Vaya pareja, Yo estaba sumamente excitado y ansiaba disfrutar del culito de Irene, toda la ropa quedó en el camino a la recámara. Una vez que entramos, ella se acostó en el centro de la cama y nos dijo – Quiero que se acaricien un poquito.

– Ella manda – me dijo Carlos sonriendo y la obedecimos.

Yo comencé a acariciar la deliciosa verga de Carlos mientras él hacía lo mismo con mis nalguitas palmeándolas con fuerza una y otra vez. Enseguida me atrajo hacia él y nos besamos mientras nuestros miembros se restregaban entre sí haciéndonos disfrutar aún más. Yo miraba de reojo a Irene quien parecía disfrutar lo que veía y se acariciaba su rajita con cierta ansiedad. Entonces Carlos me hizo dar la vuelta y me abrazó por la espalda para restregar su robusto pene contra mis nalgas mientras me besaba el cuello, sus manos se apoderaban de mi miembro para ofrecérselo a su mujer diciendo – ¿Se te antoja mi amor? Creo que este si cabe en tu culito, ¿verdad?

Irene se aproximó al borde de la cama y sentándose en la orilla fue ella quien se apoderó de mi pene para acariciarlo con sus manos y pasarlo por sus tetas antes de introducirlo entre sus labios. Un gemido salió de mis labios y comencé a disfrutar de aquella deliciosa mamada que me estaba brindando aquella cachonda hembra, una mamada que era acompañada por deliciosas caricias de sus dedos a mis cojones pero sobretodo a mi culito, sí, ocasionalmente metía su mano entre mis piernas y sus dedos hurgaban en mi estrecho agujerito produciéndome un placer inmenso. Carlos se había acostado en la cama y acariciaba su descomunal falo mientras miraba como su esposa chupaba mi pene pausadamente y Yo acariciaba su cabello y sus pezones. Así estuvimos algunos minutos y fue Carlos quien solicitó – ¿Quién me la quiere mamar?

Ella levantó la mirada y pareció que nos leímos el pensamiento pues nos acomodamos uno a cada lado de Carlos y comenzamos a turnarnos para chupar aquel delicioso caramelo mientras él acariciaba nuestras nalgas. Realmente era una sesión más intensa de lo que había imaginado y los tres sabíamos que había llegado el momento, ella estaba deseosa y Yo lo comprendí de inmediato, así que dejé que ella se encargara de mamarle un poco el pene a su marido mientras Yo, aprovechando que ella estaba empinadita, decidí comerle el culito. Le separé las exquisitas nalgas y descubrí ese indefenso agujerito color marrón. Carlos intervino diciendo – Ponle un poco de lubricante – y me señaló un tubo de gel lubricante. De inmediato se lo apliqué y con mis dedos y con mi lengua comencé a taladrar aquel estrecho agujerito sin dejar de acariciar su rajita húmeda. Un gemido intentó salir de su garganta pero el pene de su marido hizo que se ahogara un poco. Ella comenzaba a menear su redondo trasero para disfrutar del placer que le estaba brindando.

El momento había llegado y ella solita se acomodó sobre Carlos para introducir su verga en su rajita e inclinándose para besarlo dejó completamente abiertas sus nalguitas. Esa era la mejor invitación, así que me arrodillé detrás de ella comencé a restregar mi pene a todo lo largo de esa línea que separaba sus nalguitas. Mi pene estaba completamente cubierto de lubricante, listo para taladrar aquel indefenso agujerito, así que apoyé el glande contra aquel culito femenino, presioné con firmeza y poco a poco se fue abriendo para dar alojamiento a mi verga. La penetración fue cuidadosa para que ella la disfrutara al máximo.

– ¡Qué culito tan sabroso! – exclamé al sentirme dueño de aquel agujerito y entonces ella comenzó el meneo de sus caderas en forma circular y a un ritmo semilento.

– ¿Te gusta mi amor? ¿Te gusta tener dos vergas dentro de ti? – le preguntaba Carlos a su esposa pero ella por toda respuesta meneaba más rápido sus nalguitas.

Yo estaba sumamente excitado y comencé a darle embestidas un poco más vigorosas que a ella parecían agradarle bastante pues me correspondía impulsando sus nalguitas hacia atrás y Yo aprovechaba para palmearlas y acariciarlas. Ella no decía nada, y la verdad es que no hacía falta, sus movimientos y sus gemidos lo decían todo, ella estaba disfrutando al máximo y el vaivén de sus caderas pronto se tornó sumamente acelerado, los tres estábamos perfectamente acoplados, las embestidas que ambos le dábamos a Irene hacían que nuestros cojones chocaran entre sí y después de algunos minutos el clímax se fue aproximando. Ella se arqueó hacia atrás y Yo la abracé apoderándome de sus tetas mientras depositaba en su culito una buena cantidad de leche. Ambos habíamos terminado y caímos desmadejados sobre el cuerpo de Carlos quien, a juzgar por sus gemidos y el cese de sus embestidas hacia arriba, también se había venido.

– ¡Qué cogida tan rica me dieron! – exclamó ella aún jadeando mientras se abrazaba al cuerpo de su esposo.

Yo aproveché para sacarle la verga del culo e ir al baño. Al regresar sólo estaba Carlos tendido en la cama con su pene descansando sobre sus muslos.

– ¿Y tu esposa? – le pregunté.

– Fue a preparar algo para comer y recuperar fuerzas… – me respondió y comenzó a acariciar su pene.

– Tu mujer tiene un culito delicioso, ¿de verdad nunca se la has metido? – le pregunté.

– Pues lo hemos intentado pero dice que le duele mucho – me explicó mientras Yo me acostaba a su lado y le ayudaba a acariciar su vigoroso pene que ya comenzaba a dar muestras de vida.

– Con paciencia y lubricante creo que podría disfrutar de este delicioso caramelo – le dije y comencé a lamer aquel robusto miembro desde los cojones hasta la cabezota y añadí – deberías aprovechar que ahorita le dejé el culito bien lubricado para intentarlo.

El simple hecho de oír aquella idea hizo que su verga respingara. Y de un salto se bajó de la cama y fue a buscar a Irene. Yo lo seguí y cuando llegué a la cocina los encontré abrazados. Él le decía en tono suplicante – Anda mi amor, vamos a intentarlo.

– No, ya te dije que no, la tienes muy grande – le respondió ella dándole la espalda.

Él volvió a abrazarla restregando su descomunal pene contra sus nalguitas e insistió – verás que te va a gustar más que la enculada que te acaban de dar.

– Claro, como a ti no te van a desfondar el culo, ya quisiera verte en mi posición – le respondió ella y entonces decidí intervenir.

– Creo que deberías intentarlo – le dije a ella y añadí – en el balneario Carlos me dio la mejor cogida de mi vida.

– No, no lo sé – respondió ella con cierto tono de duda y entonces decidí recurrir a su morbosidad.

– Es más, si dejas que Carlos lo intente, Carlos está dispuesto a dejar que le rompa el culito frente a ti… ¿verdad Carlos? – le dije mirando cómo se sorprendía y se separaba ligeramente de ella.

– ¿Lo harías por mi? – le preguntó con una sonrisa maliciosa a su esposo.

Yo me aproximé a ellos, acaricié el delicioso trasero de Irene y mientras clavaba un par de dedos en su culito le dije – Verdad que lo harías para disfrutar de este estrecho culito, además mi pene no es tan grande y lo podrías disfrutar tanto como tu esposa.

La verga de Carlos estaba durísima, signo inequívoco de que la idea de cogerse el culito de su esposa le excitaba al máximo y por lo mismo respondió – Sí, quiero disfrutar de tu culito, mi amor.

Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en el rostro de Irene al escuchar la respuesta de su marido. Era evidente que la sola idea de ver a su esposo siendo sodomizado por otro macho le excitaba demasiado, al grado de estar dispuesta a dejar que su culito fuera invadido por el descomunal pene de Carlos. Y a mi la idea me había generado una erección completa por lo cual, sugerí que regresáramos a la cama.

– Empínate, mi amor, para que sea más fácil – le dijo Carlos a Irene con la intención de disfrutar por fin del culito de su esposa.

– Mi amor, primero quiero ver cómo te estrenan el culito – le respondió Irene besando sus labios y acariciando sus vigorosas y firmes nalgas.

Por unos momentos Carlos pareció arrepentirse, así que me acerqué y lo abracé por la espalda y mordisqueándole una oreja le dije – No te preocupes, seré cuidadoso – y enseguida le pedí que se arrodillara al borde de la cama y que apoyara su rostro en una almohada para que quedara empinadito.

El panorama era delicioso, ese hombre exhibía en todo lo alto sus nalgas musculosas y bien formadas, y justo en el centro un hermoso y virginal agujerito, que se contraía ligeramente como si presagiara lo invasión que se avecinaba. Yo comencé a acariciar las nalgas de aquel macho, palmeándolas fuerte hasta ponerla ligeramente sonrosadas. Enseguida derramé una cantidad abundante de lubricante en el culito y comencé a pasar mis dedos alrededor del virginal agujerito. Carlos daba algunos gemidos de placer al sentir aquella caricia pero los mismos se ahogaban en la almohada que estaba contra su rostro. Por su parte Irene estaba sentada a su lado y acariciaba las nalguitas, los muslos y el pene su esposo, ella sabía perfectamente lo que le esperaba a su maridito y parecía disfrutarlo con anticipación.

– ¡¡¡Ahhhh!!! – gimió Carlos al sentir como le clavaba el dedo medio en su culito y quizás un poco sorprendido por la facilidad con la que había entrado en su agujerito gracias al lubricante.

– Relájate, prometo que te va a gustar – le dije a Carlos y con suavidad le clavé otro dedo para comenzar un delicioso masaje a aquel culito virgen, llenándolo de una buena cantidad de lubricante.

Durante algunos instantes mis dedos masajearon su culito preparándolo para la sodomización, parecía que lo estaba disfrutando y entonces invité a Irene a que le comiera el culito mientras me acomodaba frente al rostro de Carlos para ofrecerle mi pene – Dale una mamadita para que entre más rico – le dije.

El rostro de Carlos lo decía todo, estaba disfrutando al máximo con la lengua de su esposa en el culo y parecía también disfrutar el sabor de mi pene en su boca. Después de algunos minutos, cuando sentí que mi pene parecía que iba a reventar lo retiré de su boca y me paré al borde de la cama haciendo a un lado a Irene. Los tres sabíamos que el momento había llegado, coloqué una abundante cantidad de lubricante en mi pene y comencé a pasar la cabezota entre esas varoniles y vigorosas nalgas, haciendo una ligera presión cuando pasaba por su culito. Cuando sentí que aquel culito estaba más relajado presioné y un ¡ay! salió de la boca de Carlos, pero no me detuve, lo afiancé por la cintura para evitar que intentara zafarse y le di otro empujón consiguiendo que mi pene se deslizara entre sus nalgas un poco más y noté con agrado que él se mantuvo firme ahogando sus gemidos en la almohada. Al ver que Carlos estaba aceptando la penetración, solamente continué el empuje hasta que poco a poco aquel culito virgen dejó de serlo.

– Mi amor, te la comiste toda – le dijo Irene a su esposo al verificar que lo tenía completamente ensartado.

Carlos no dijo nada, simplemente se relajó y Yo entendía lo que quería, así que comencé un mete y saca pausado pero firme, comencé a cogérmelo como se lo merecía aquel macho que tanto placer me había brindado. Supe que él lo comenzaba a disfrutar cuando él solito comenzó a hacer hacia atrás sus nalguitas como si buscara una penetración más profunda. Así fue como comenzamos a acelerar el ritmo de las embestidas y el sonido de nuestros cuerpos al chocar era lo único que se escuchaba en la recámara. Entonces saqué mi pene y le pedí que se girara boca arriba y colocando sus piernas sobre mis hombros volví a penetrarlo de un solo golpe – Ahhhh que rica – gimió él y enseguida su esposa se colocó sobre él para apoderarse de su pene y ofrecerle su rajita mientras Yo continuaba metiendo y sacando mi pene de su culito. Creo que ese fue el momento más excitante para ella, pues podía mamar el descomunal falo de su esposo al mismo tiempo que podía ver cómo era sodomizado.

– ¡Te quiero en mi culito! – exclamó ella mientras me miraba y se giró para quedar nuevamente cara a cara con Carlos al tiempo que Yo extraía mi pene del culo de Carlos para que se acomodara sobre él.

La excitación de los tres estaba al máximo, ella se clavó el pene de Carlos de un solo golpe en su rajita y enseguida la ensarté de golpe por el culo haciéndola estremecer de placer. Yo aceleré mis embestidas, y no pude evitar llenarle el culo de leche tibia y viscosa y entonces sugerí – Creo que tu culito está listo – y así, con gran cuidado, ella solita sacó el pene de su marido de su rajita y lo colocó en la entrada de su culito para que Carlos, con su enorme falo, se abriera paso entre aquellas deliciosas nalguitas y comenzara su entrada triunfal en aquel estrecho agujerito.

– ¡Oh, mi amor, que rica vergota! – gemía ella mientras su culito iba descendiendo y devorando aquel descomunal falo.

– Mi vida, tienes el culito bien apretadito – le respondió él y sujetándola con firmeza por la cintura embistió hacia arriba para consumar la invasión de aquel estrecho agujerito.

– ¡¡¡Ahhhh!!! – gimió ella y arqueó su cuerpo hacia atrás contra el mío y la abracé sujetándola para que no se fuera a caer.

– Tranquila, ya te la comiste toda, ahora deja que tu culito se acostumbre – le dije mientras comenzaba a acariciar sus tetas y su rajita.

Por unos momentos los tres nos quedamos quietos, sólo nos brindábamos algunas caricias, pero fue ella quien comenzó a menear su cadera primero en círculos y después comenzó a subir y bajar lentamente. Yo me separé de ella, me arrodillé entre las piernas de Carlos y comencé a lamer sus cojones y los bordes del culito que aprisionaba su pene. Ella se estremecía al sentir el contacto de mi lengua con el borde de su culito mientras mis manos acariciaban sus deliciosas nalgas. Ella se giró para quedar sentada frente a mi con el grueso falo de su marido aún en su culito. En esa posición, el movimiento de sube y baja resultó más sencillo y a mi me permitió tener acceso a su rajita, primero con mi lengua y en cuanto mi pene volvió a alcanzar una completa erección la penetré por el coño – Ay papacitos que rica verguiza.

Había sido un éxito esa nueva doble penetración, los gemidos de Irene no se hicieron esperar y los de su esposo la acompañaban sin cesar. Yo realmente estaba excitado y comencé a meter y sacar mi pene a un ritmo verdaderamente acelerado haciendo que los gemidos de Irene aumentaran de tono y así, sin poderme contener, nuevamente alcancé el orgasmo, me vacié en la entrada de aquel cálido coño y mi leche comenzó a escurrir hasta el pene de Carlos quien parecía estar disfrutando enormemente aquel delicioso culito. Estaba rendido y aquella pareja parecía haberse acoplado aún mejor, por lo que decidí dejarlos solos para ir a la cocina por algo de beber.

– ¿Y Tú quién eres? – escuché una voz a mis espaldas mientras me servía un poco de vino.

Me giré y me encontré con una jovencita, casi una adolescente que me miraba directamente hacia el pene sin pena alguna. Casi enseguida la reconocí, debía ser la chica de las fotos: la hija de Irene.

– Soy un amigo de Carlos e Irene – respondí lo más tranquilo que pude sin poder evitar dirigir mi mirada hacia sus hermosas piernas, expuestas gracias al pequeño short de mezclilla que llevaba puesto.

– Vaya, así que su “amigo”… Ahora sé por qué no le gusta a mi mamá que salga con “amigos” – me dijo sonriendo y añadió – deberías cubrirte.

Yo me debí haber sonrojado o algo así porque ella parecía disfrutar la escena. Así que de inmediato busqué mi ropa y lo primero que encontré para cubrirme fueron mis shorts.

– Pensé que estaríamos solos el día de hoy – le dije mientras me sentaba en la sala.

– Yo creo que ellos también, sólo que aproveché que una amiga se regresaba hoy y me vine con ella, y vaya sorpresa que me encontré – volvió a sonreír ella y agregó – ¿Te cogiste a Carlos y a mi mamá, verdad?

Yo no supe que decir, así que sólo asentí con la cabeza.

– ¡Quién lo hubiera dicho! Carlitos el semental de mi madre, gozando con la verga de otro hombre – exclamó ella.

Justo en eso, salieron de la habitación Carlos e Irene jugando y riendo un poco pero al ver a la hija de Irene ambos se quedaron serios y en silencio total.

– Creo que será mejor que me vaya – les dije y ellos estuvieron de acuerdo.

Tenían mucho que platicar con su hija y Yo sobraba en esa conversación, así que me despedí y salí de aquella casa con el corazón acelerado. Pero eso sí, satisfecho de aquel maravilloso encuentro sexual que disfruté a plenitud. Sin embargo, al día siguiente recibí un mensaje desconcertante en mi celular de un número desconocido que decía “Creo que el sábado, con las prisas, dejaste tus calzoncitos”. Pero esa es otra historia

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