Una chica super caliente

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La mañana de ese domingo fue especial, solo una idea dominaba mi mente; cómo deshacerme de nuestros hijos. No, no es que los quisiera matar, aunque en ocasiones… Tan solo deseaba perderlos de vista el tiempo necesario para aplacar el cosquilleo con el que me había levantado.

Me acerqué al baño donde te observabas en el espejo con un bote de espuma de afeitar en la mano.

Desde detrás de ti, acaricié ese rostro tan familiar. Primero, de arriba hacia abajo, sintiendo el aterciopelado vello del rostro; luego, desde el mentón hasta las orejas, acariciando la corta barba a contrapelo. Jugueteé con tus orejas, logrando que aflorara esa sonrisilla traviesa que tanto me gusta.

–Cariño, que están los chicos ahí al lado.

–Me gusta que pinches. Te da un aire de chico duro.

–¿Sí?, pues mi jefe no creo que opine lo mismo.

–Vete preparando que voy a ducharme –dije insinuantemente al tiempo que pasaba la mano por tu entrepierna.

Me entretuve unos instantes arreglando la ropa que posteriormente me iba a poner. Desde la puerta del dormitorio llamé a gritos a los niños para ver si necesitaban algo. Para variar ninguno despegó la atención de sus gadgets. Pues yo también necesitaba el mío. ¡Adelante gadgeto…!

Cuando llegué al baño, el alma se me cayó a los pies. Habías vuelto a entender mis insinuaciones a medias. Esperaba que me aguardaras desnudo con tu gadgeto herramienta lista. Concentrado, pasabas lentamente la cuchilla por tu rostro.

Aguardé arrobada durante unos segundos. Me deleitaba viendo cómo la cuchilla dibujaba caminos de bronceada piel sobre la espuma. El contraste resultaba encantador. Admiraba esa espalda desnuda que, en contraste con el pantalón del pijama, te daba un aire muy inocente.

Con la ansiedad alojada entre mis piernas, me desnudé de cintura para abajo. Sé que te encanta verme tan solo con la túnica larga del pijama. Me acerqué hasta ceñir tu cintura con mis brazos. Lentamente, sin dejar de observar tus maniobras, acaricié tu barriguilla y descendí introduciendo las manos bajo el pantalón de tu pijama donde un agradable calor dio la bienvenida a mis frías manos.

Por lo visto mi gadget preferido sí había captado la indirecta puesto que respondió de inmediato a mis requerimientos. Impertérrito, continuaste trazando caminos sobre la espuma mientras deslizaba el pijama hasta tus tobillos.

–Los niños…

–Tú calla y déjame a mí con mis cosas –respondí prestando atención a cualquier ruido.

Con esfuerzo me introduje entre tus piernas y el mueble del lavabo. Lentamente, recorrí tus piernas con mis labios, desde las rodillas hasta las caderas. Juguetona, mi lengua se incrustó en tus ingles. “Me encanta ese sabor ligeramente acre, sabor a lecho, sabor a hombre, sabor a transpiración de piel limpia. De tu piel”.

–¡Ay, mierda! Ya me he cortado.

–Tú concéntrate en lo tuyo que si estás a dos cosas te pierdes –respondí mientras mi mejilla era acariciada por el suave vello de tus testículos.

Con un gesto ansioso, me despojé de la túnica del pijama. Quería sentir tu piel entre mis senos. Deseaba que sintieras en tu muslo la dureza de mis pezones. Gritarte sin palabras que te deseaba, que quería que me tomases.

Mi lengua abandonó tus ingles buscando el objeto de mi deseo. “Cómo explicarte lo mujer que me haces tan solo con ver tu excitación, cómo decirte lo que siento cuando tu virilidad descansa sobre mi mejilla”. En la mente se me agolpaban mil pensamientos ardorosos.

Mis labios contactaron con esa piel tensa, suave. Mi lengua irrefrenable delineó el contorno de las hinchadas venas. Lentamente, saboreando cada milímetro, fui aproximándome a la zona libre de piel. Mi lengua circundó la corona del prepucio, sintiendo los espasmos de mi pequeña amiga. Mi boca abrazó tiernamente la parte más sensible de tu cuerpo, degustando tu excitación, saboreando tu esencia.

–¡Ay!, ¡mierda!, ¡coño, otro corte!

Ascendí sin soltar mi presa con la mano. Tomé la cuchilla de tu mano, depositándola sobre el lavabo.

–Así no te cortarás –afirmé mientras comencé a devorar esa boca repleta de espuma.

–Cariño, los niños…

–Cállate y fóllame.

Tomé tus manos y las dirigí a mi cintura. Como siempre, enseguida bajaste hasta aferrar con fuerza mis nalgas. Tu boca se separó de la mía corriendo a tomar un enhiesto pezón entre tus labios.

Pero no. Aquel día no necesitaba tus besos ni tus caricias. Necesitaba urgentemente ser follada.

–Deja los preámbulos para otro día.

Levantaste la cara de mi pecho con una mirada muy divertida de desconcierto. No era normal que renunciara a los prolegómenos que tanto me gustan, pero aquel día necesitaba sentirte dentro sin más.

Sujetando con firmeza mi trasero, me alzaste hasta dejarme en el borde del lavabo. Yo no había dejado en ningún momento de empuñar tu dura vara y directamente la conduje al mejor sitio donde puede estar.

Tu carne entró en mí, estremeciendo todo mi cuerpo. Tu cara desencajada era un espectáculo. “Adoro esas mandíbulas apretadas, esos resoplidos de toro embravecido”, pensaba mirándote fijamente.

Tu boca, aún con restos de espuma, se acercó a la mía. “Más calor dentro de mi cuerpo, más sensaciones escalofriantes”.

Tu dura polla me taladraba sin compasión. Eso es lo que quería, que me tomases, que me hicieras tuya, que me follaras bien follada. En el interior de las bocas era yo quien mandaba, moviendo mi lengua de forma desesperada.

Entrelacé mis piernas tras tu culo, acompañando tu vaivén apretando con todas mis fuerzas cada vez que te acercabas a mí. Quería sentirte completamente dentro de mí. Tus fuertes brazos ciñeron mi talle haciendo que nuestros pechos se aplastaran. Sé que sentías la morbidez de mis senos refregándose contra tu torso. “Toma mis tetas, siéntelas. Son para ti”, te ofrecía silenciosamente.

Comenzaste a acelerar violentamente, con esa violencia que expresa tu deseo por mí. Desde muy adentro, un tenue cosquilleo comenzó a aumentar de intensidad. Crecía y se acercaba impetuosamente, amenazando con arrasarlo todo, con llevarme al éxtasis.

–¡Mamáaa!, ¿está planchado mi vaquero negro? –gritó la pequeña Ángela golpeando desesperada la puerta.

–Sigue o te mato –susurré a tu oído–. ¡Ahora mismo te lo llevo a tu dormitorio! –grité en voz alta.

Seré una degenerada, pero en ningún momento del percance disminuyó mi libido. Que estuviera nuestra hija del otro lado de la puerta acentuó el carácter temerario y travieso de aquel polvo rápido pero maravilloso.

Reanudaste los movimientos de cadera a los que yo acompañé frotando mis tetas de manera enérgica contra tu pecho, sintiendo en mis acerados pezones el sutil cosquilleo de tu vello.

Y por fin emergió, de lo más profundo de mis entrañas. Llegó crispando mi cuerpo, haciendo que todos mis músculos se tensasen, engarfiando los dedos de los pies y teniendo que ahogar un profundo gemido en el interior de tu boca.

Continuaste lentamente, sin perder esa cara de espanto que te había dejado la interrupción de nuestra hija. Apretaste la mandíbula un instante y a continuación abriste la boca en un grito sordo. Sentí tu polla palpitar en mi interior, hincharse y deshincharse como un corazón que latiera con vida propia. Mi cuerpo se alegró llevándome a un segundo orgasmo. Uno dulce y suave, una pequeña réplica del anterior pero que me supo tan bien como aquel.

–Bueno, creo que tengo que volver a ser madre por un rato, guapetón –te dije mientras me aseaba en el bidet-. ¿Quieres que nos citemos más tarde?

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